La Strada

El alegato final produjo un gran impacto en los espectadores. Fellini cuenta que Giulietta Masina, tras el estreno de la película, recibió miles de cartas de mujeres abandonadas cuyos maridos habían regresados a ellas después de ver la película.

La Strada

La Strada, carretera en castellano, es una película de 1954 dirigida por Federico Fellini. Tullio Pinelli y Ennio Flaiano, junto con el director italiano, participan en la elaboración del guion. El texto fue rechazado por el productor Luigi Rovere, que estimaba que siendo literatura exquisita, como película, sin embargo, «no generará un centavo. No es cine». Finalmente, la financiación de la cinta corrió a cargo de Dino De Laurentiis y Carlo Ponti. Ambos quisieron que el papel de Gelsomina fuera para Silvana Mangano y el de Zampanò para Burt Lancaster. Fellini acabó imponiendo a Giulietta Masina y a Anthony Quinn, sin duda una firme y certera decisión. El tercer protagonista, el Loco, lo interpreta el actor Richard Basehart.

Oscar a la mejor película de habla no inglesa en 1956.

El rodaje comienza en octubre de 1953, pero se interrumpe poco más tarde como consecuencia de una torcedura de tobillo que sufre Masina en la escena del convento. Se reanuda en febrero de 1954, con el contratiempo añadido de que Anthony Quinn, en ese momento, participaba en la interpretación de Attila, junto a Sophia Loren, en la cinta de este nombre dirigida por Pietro Francisci. Durante un tiempo, Quinn se verá obligado a participar en el rodaje de La Strada por las mañanas, desde la  madrugada, y por las tardes y las noches en Attila. El actor recordaba este incidente señalando que «aquella era la razón de la mirada demacrada que tenía en ambas películas, perfecta para Zampanò pero apenas aceptable para Attila».

Nino Rota compuso una excelente banda sonora para este film. El tema principal es una melodía que entroniza el relato y que se expone de manera orquestada en la presentación del film. Se repite más tarde, sucesivamente, mediante violín y trompeta, para ser cantada al final en la penúltima escena.  Este bello motivo musical se inspira en el Largheto de la Serenata para cuerda en mi mayor de Antonín Dvořák.

La Strada no es una cinta enteramente neorrealista. Fellini introduce en este drama social elementos espirituales, incluso religiosos, como la resignación, el arrepentimiento o la redención, que dejan entrever lo que será más tarde un estilo propio y personal del gran director italiano en su posterior obra cinematográfica, en la que destaca títulos como La dolce vita, Amarcord o Casanova.

La película fue objeto de muchas críticas por la izquierda italiana de entonces, a quien Fellini respondía con la afirmación de que el neorrealismo debería comprender «no solo la realidad social, sino también la realidad espiritual, la realidad metafísica, todo lo que hay dentro del hombre». Con La Strada, Fellini inicia su personal ruptura con el neorrealismo.

Tres son los protagonistas del relato. Zampanò, un hombre rudo, primitivo, solitario e incapaz de mostrar sentimiento humano respetable. Su vida transcurre entre la supervivencia y el deseo irrefrenable de saciar constantemente el apetito carnal. La cerrazón mental le impide descubrirse débil, salvo en su habitual número circense en el que rompe la atadura metálica que rodea su pecho solo mediante una profunda espiración. A través de este personaje, Fellini formula una dura crítica contra el machismo. En el epílogo de la cinta, Zampanò se humaniza y rompe a llorar en ese mismo espacio marítimo que Felline nos enseña en la primera escena de la película. Sus lágrimas evocan arrepentimiento.

El contrapunto a Zampanó es Gelsomina. Una mujer desprovista de atributos carnales a la que Fellini le hizo cortar el cabello. Le enjabonó la melena restante para darle un aspecto de chica desaliñada, y añadió ciertas dosis de talco en su rostro que le otorgaba una peculiar palidez. Lo importante de Gelsomina era, sin duda, su interior. La humanidad que encerraba aquella pequeña gran mujer la exteriorizaba en sus ojos, con su mirada y con sus movimientos, mediante una interpretación más corporal que oral (44 m. 30s.). Es una mujer ingenua, bondadosa, soñadora y sensible que actúa más que por el raciocinio, por el impulso de unas emociones y de unos sentimientos que la conduce a un mundo de sueños e ilusiones, siempre deseosa por ser feliz pese al contexto desolador de un reciente conflicto bélico que ignora con actitud resiliente.

Il Mato -el Loco-  es el tercer personaje de este relato. Un funambulista que nos ofrece cordura y razonamiento en contraste con la brutalidad de Zampanò y las ensoñaciones de Gelsomina. En una conversación (1h. 8m.), el Loco le dice a esta que todo tiene un propósito en la vida. «Hasta una piedra, incluso esta piedra tiene un propósito. ¿Cuál es su propósito?» pregunta ella. «Pues su propósito es… ¿cómo voy a saberlo? Si lo supiera sería… ¿quién? ¿el todopoderoso que lo sabe todo? No, no sé cuál es el propósito de esta piedra. Pero debe tener uno. Porque si esta piedra no tiene un propósito, entonces nada tiene sentido. Ni las estrellas. Al menos así lo pienso yo. Y tú también. Tú también tienes un propósito.» Gelsomina responde más tarde: «si no me quedo con él (Zampanò) ¿quién se quedará?» La resignación es su propósito vital. Asume que su destino es con Zampanò y cree con firmeza que este acabará reconociendo el valor de su compañía. No se equivoca, pero el gesto de gratitud que espera y desea no llegará a tiempo.

Fellini no nos cuenta la historia de cada uno de estos tres personajes. Lo que nos transmite es la relación entre ellos. De forma especial, la imposibilidad entre Zampanò y Gelsomina de comunicarse aún estando juntos y necesitándose mutuamente.

La Strada es una radiografía social, un retrato de la miseria y una mirada penetrante sobre sus tres protagonistas principales, con sus particulares modos de relación y comunicación. Fellini crea a dos personajes -Zampanò y Gelsomina- muy diferentes y los hace convivir en un destartalado carromato entrecruzando la dulzura de ella y la brusquedad de el, entre la bella y la bestia. El trapecista es en cierto modo el contrapunto de ambos, un joven con los pies en el suelo que incorpora razonamiento entre la ensoñación de Gelsomina y la brutalidad de Zampanò.

La película tiene un final abierto que nos invita a la reflexión: no deseamos para nosotros mismos el destino de sus personajes, ni tampoco la redención tardía que nos ofrece.

El alegato final de la película produjo un gran impacto en los espectadores. Fellini cuenta que Masina, tras el estreno de la película, recibió miles de cartas de mujeres abandonadas cuyos maridos habían regresados a ellas después de ver la película.

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