¡Basta de manipulación! (4/4)
La ingeniería “histórica” impulsada por la UE coincide con la de los franquistas y neofranquistas contra los aportes de la historiografía sobre la dictadura y su contribución a una memoria democrática. Combustible ideológico al servicio de los poderosos, más madera para sus guerras.
¿Incrementar hasta el 2% del PIB, como mínimo, en 2030, los presupuestos militares de cada miembro de la OTAN? ¡Demasiado poco y demasiado tarde! Rubio y el holandés Rutte, secretario general de la OTAN, no discrepan: 3,5% del PIB, 5% o más…, ya se verá. Las modificaciones en el modo de cómputo de los gastos militares propuestas por el presidente Sánchez para avenirse cuanto antes a las urgencias ordenadas no parecen haber tenido acogida favorable, pero sí han supuesto una forma de reconocimiento de ingenierías contables que ya vienen incluyendo, de hecho, una parte de estos gastos en otros capítulos de los presupuestos del Estado Español.
Reparto de tareas entre la UE y el gran “socio” americano. Los europeos “se preparan” contra la “amenaza” de una Federación Rusa que ningún análisis medianamente objetivo avala y cuyo presupuesto militar es ahora varias veces menor que el totalizado por las potencias militares de la UE (incluso sin sumar el británico). Y EEUU se concentra principalmente en Asia, y sobre todo en su gran rival “sistémico”, la República Popular China. Los intereses comunes a ambos lados del Atlántico pueden más que “pequeños” desencuentros, como los apetitos y provocaciones del mandatario estadounidense y su entorno sobre un territorio bajo soberanía de uno de sus “amigos” europeos, o su amago de OPA (bastante hostil) sobre su vecino canadiense. Aranceles aparte, como costosa propina, aunque, con suerte –nos cuentan gobernantes y medios europeos– podrían “negociarse”, tal vez con mayores compras de combustible caro al amigo americano. ¿Carestía? ¿Recesión? Bueno, pero Europa ya está un poco acostumbrada a lo que “solo” serían “efectos colaterales”, pequeñas servidumbres de un tipo de “amistad” que las altas esferas de la UE y los gobiernos europeos aceptan (y que ellos imponen a los pueblos del continente) como irrenunciable. Que le pregunten, si no, por ejemplo, a Alemania por lo que significa para su industria la renuncia a los suministros de gas ruso, a buen precio, y por su ominoso disimulo ante el sabotaje grotesco de los gasoductos Nord Stream en septiembre de 2022…
Se comprende que con un amigo así, haya que buscarse un enemigo…

El secretario general de la OTAN, Rutte, y el secretario de Estado de EEUU, Rubio, en Múnich,
febrero 2025 (https://www.flickr.com/photos/9364837@N06/54328907761/)
El rearme de Europa como camino de “salvación”. ¿Pero para quiénes? Para las grandes empresas de la industria militar: las alemanas Thissenkrupp y Rheinmetall; las francesas Thales, Société Générale y Dassault; las italianas Leonardo e Iveco… Para ellas, ya, una orgía de beneficios. No es aventurado imaginar quiénes se frotan las manos con el plan de los 800.000 millones de euros en “rearme” o “preparación” hasta 2030, que manda cumplir Bruselas, y tampoco qué lobbies lo dictan.
Pero no son los únicos… La posición dominante de los fabricantes estadounidenses en los suministros militares a Europa creció exponencialmente durante la última década: Lockheed Martin, Boeing, General Dynamics, Raytheon, Northrop Grumman… La envergadura del objetivo marcado por la Comisión Europea es –a nadie se le oculta– incompatible con una posibilidad de autoabastecimiento por las industrias europeas, a corto o medio plazo. Por el contrario, asegura las mejores perspectivas de ventas a los conglomerados gigantes norteamericanos en los próximos años, previsiblemente a buen recaudo de cualquier “guerra de aranceles” imaginable. El plan de rearme, las altas instancias de la UE y los jefes de gobierno europeos lo tienen claro. 55% de las importaciones de armas realizadas por los Estados europeos en el período 2019-2023 procedían de EEUU, frente a un 35% en 2014-2018. [1]F. Lebaron y P. Rimbert, “L’Europe martiale…”. Firmas exportadoras y comisionistas tienen motivos para estar exultantes.
De todas formas, resulta llamativa la focalización excesiva (y a menudo exclusiva) de las críticas al rearme, por parte de sectores del “progresismo” europeo, en este punto de la “nacionalidad” o el emplazamiento geográfico de las industrias proveedoras o de sus sedes empresariales. Se ha manifestado, por ejemplo, en “observaciones” formuladas por el componente minoritario del actual gobierno de coalición español al incremento de partidas de gastos militares. Su preocupación, dicen, es la “autonomía estratégica” europea. En abstracto: ¿de qué Europa?; “autonomía” ¿según qué intereses?, ¿con qué objetivos? No plantearse estas cuestiones básicas, fundamentales, es dar por buena la visión ideológica de una UE basada en “valores”, el “jardín” del que alardeaba Borrell… y, bajo este envoltorio, las realidades que esconde: las de esta UE, la que hay; instrumento de los intereses hegemónicos del gran capital, subordinada desde sus inicios al imperialismo estadounidense; la que alimenta la guerra contra Rusia, a la vez que tolera y sostiene la barbarie contra el pueblo palestino. ¡Como si la historia del siglo XX no incluyera un antecedente muy poco tranquilizador de otro proyecto de “autonomía” europea!
“Vuelta” de Alemania, anunciada por el jefe de la nueva “gran coalición”, en ruptura con todas las limitaciones a su militarización que supuso la derrota del nazismo. Macron se agita y anima la puja y reclama protagonismo para Francia contra el enemigo designado, desde la colaboración europea. El “laborista” Starmer confirma que el Reino Unido no falta a la cita del “ardor guerrero”, en el grupo de los más frenéticos (con los gobernantes polacos y los de los estados bálticos). No faltan algunos rasgos comunes con otras “colaboraciones” o convergencias de un pasado, aunque al discurso dominante le convenga ocultarlo (y a sus “críticos” más tímidos, ignorarlo o evitar el recuerdo).
Que se sepa, todas las principales formaciones de extrema derecha de Europa apoyan el crecimiento de los gastos militares: desde la Agrupación Nacional de Le Pen, en Francia, hasta Alternativa para Alemania; desde la de Meloni, gobernante en Italia, a Vox: unión sagrada, que no disgustará al amigo americano.
En España, el presidente Sánchez proclama que el fuerte incremento del presupuesto militar no repercutirá negativamente en los gastos sociales (sanidad, educación, vivienda, dependencia…), y sus socios de gobierno así lo reclaman. Solo que las cuentas no cuadran. 150.000 millones de euros, de los 800.000 en los cuatro próximos años que contempla el Plan de Rearme de la UE, se invertirán en compras conjuntas; los otros 650.000 millones deben salir de las cuentas de cada Estado miembro. Hay que sacar dinero de las pensiones y demás gastos sociales: lo exigió sin disimulo el secretario de la OTAN, Rutte, y lo confirman los anuncios presupuestarios de gobiernos como el británico o el francés. Más endeudamiento para financiar la carrera armamentística: empobrecimiento y degradación de las condiciones de vida de la inmensa mayoría, los perdedores, para ganancia exclusiva de muy pocos. Sin contar las aportaciones al nuevo plan de Bruselas, España tiene gastos militares ya comprometidos hasta 2037…
El europeísmo biempensante de uno u otro signo suele buscar rédito electoral del espantajo de la extrema derecha en ascenso, eludiendo su responsabilidad en el auge del neofascismo, por las políticas neoliberales que lleva décadas imponiendo y que han causado estragos en muy amplias capas sociales, precarizadas y desclasadas. Nos incita a situar a orillas del Volga el origen de un monstruo que, en realidad, está mucho más cerca del Rin, el Sena y el Támesis (y del Manzanares). A la vez, lo engorda haciendo suyos, de hecho, puntos importantes de su “programa”: militarismo, autoritarismo, xenofobia, deterioro de derechos y libertades democráticas, desprecio de mayorías populares, represión de la disidencia. Con su doble moral, da cobertura a un genocidio, a la vez que nos acerca al abismo. En el horizonte de la guerra que prepara hay muertes y destrucciones masivas.
Escribió el escritor francés Paul Valéry (1871-1945) que “la guerra es una masacre entre personas que no se conocen, en beneficio de otras que se conocen, pero que no se masacran”. Parece poco probable que las von der Leyens y Kallas, los Ruttes, Borreles y otros Macrones que compiten en entusiasmo guerrero, se empujen para hacerse sitio en las primeras filas de combate… El valor de millones de vidas se hundirá, como sucede, trágicamente, insoportablemente, desde hace año y medio, con las de millones de palestinos. Las probabilidades de que una guerra generalizada conduzca a un desastre nuclear crecerán paralelamente a las ganancias y expectativas cada vez mayores de fabricantes y mercaderes de las armas para librarla.
Hace sesenta años había dirigentes occidentales que admitían lo peligroso que era poner a una potencia nuclear entre la espada y la pared. Estas cautelas parecen haber caído en desuso.
El 10 de junio de 1963, en un discurso pronunciado en la Universidad de Washington, el entonces presidente estadounidense, John F. Kennedy, pudo permitirse constatar que “ninguna nación en la historia de las guerras ha sufrido tanto como la Unión Soviética en el transcurso de la segunda guerra mundial”: 25 a 27 millones de muertos. En Francia, durante muchos años, la celebración del “Día D”, designación del 6 de junio de 1944, fecha de inicio del desembarco de las tropas aliadas en las playas de Normandía, popularizado por Hollywood, fue sumamente modesta. Las cosas cambiaron a partir de 1984, bajo la presidencia de Mitterrand, en un contexto de agudización de las tensiones entre EEUU y la URSS. [2]Benoît Bréville, “L’histoire face aux manipulateurs”… Veinte años antes, el propio general de Gaulle se negó rotundamente a acudir a los actos organizados en Normandía. Lo cuenta en sus memorias uno de sus asesores de confianza: “¿Pretenden ustedes que vaya a conmemorar su desembarco, cuando fue el preludio de una segunda ocupación del país? No, no, ¡no cuenten conmigo!” [3]Alain Peyrefitte, C’était de Gaulle, t. II, París, Fayard, 1997.
Hoy, propósitos como los citados de Kennedy y de Gaulle arruinarían las aspiraciones de cualquier candidato a tertuliano en nuestros medios de “comunicación”… El “fin de la historia” (como realidad dinámica) que proclamaba hace treinta años un propagandista de cabecera estadounidense sigue esperando…, a golpe de bombardeos contra la historia como conocimiento y análisis. Misiles de desinformación, ocultaciones, falsificaciones y burdas mentiras. La “posverdad” manda.
En mayo de 1945, inmediatamente después de la capitulación de Alemania, el IFOP (Instituto Francés de la Opinión Pública, similar al CIS español) hizo la siguiente pregunta a los franceses: “¿Cuál es, en su opinión, la nación que más contribuyó a la derrota de Alemania?” Los hechos eran muy recientes, los recuerdos estaban frescos. El de los gigantescos sacrificios de los pueblos de la Unión Soviética contra el nazismo y el del compromiso con la Resistencia frente al ocupante del PCF, enseguida confirmado como primer partido de Francia (26% de los sufragios en las elecciones legislativas de 1946). 57% de las respuestas señalaron a la URSS, frente a 20% que lo hicieron a EEUU. En 2024, los porcentajes, para la misma pregunta, se invierten: 60% de los encuestados responden EEUU y 25% la URSS. La Unión Soviética se disolvió en diciembre de 1991 y el “bloque socialista” del Este europeo había desaparecido antes. El PCF lleva más de cuatro décadas en caída libre. Hundido e irreconocible en sus líneas programáticas, su práctica y su presencia social.
La “tierra” y el “cinemá” (aquí como metáfora que englobaría a “redes sociales”, “periodismo de combate” y otros aparatos…). Llueve sobre mojado. Consciencia e inconsciencia social tienen historia, están en la historia. Su evolución no es ninguna “variable independiente”, ni es espontánea.
El revisionismo histórico no es solo el terreno en el que se desenvuelven escritores, casi siempre con más lanzamiento publicitario que avales o méritos académicos en el gremio de los historiadores. Desde hace más de treinta años, se puso en marcha en Europa una operación de normalización de una memoria anticomunista que, bajo la amalgama del “antitotalitarismo”, ha llevado a políticas sistemáticas de invisibilización y deslegitimación de cualquier memoria antifascista en el continente. Los países bálticos que formaron parte de la URSS y los antiguos países socialistas del Este abrieron camino. Ahí, la campaña fue radical. Tabla rasa, incluidas rehabilitaciones de los más notorios colaboradores de los nazis y fascistas locales. Ilegalización de partidos, criminalización de opiniones y símbolos. Revisionismo elevado a cuestión de Estado, bajo el celo vigilante de muy oficiales “Institutos de la Memoria Nacional”. La historia es relevada por una memoria ajustada a las visiones e intereses de la política dominante, con fuerte apoyo exterior (de todo tipo). La UE impulsa el movimiento y erige sus fines en señas de la identidad europea que promueve con carácter exclusivo y excluyente (totalitario, en el más exacto sentido). El fenómeno no es nuevo. Lo llamativo en este caso es la imposición institucionalizada, invocando unos “valores democráticos europeos”, de una versión única y sesgada, a menudo groseramente alterada o absolutamente falsa, de hechos muy relevantes del pasado reciente europeo, ignorando o relegando al análisis histórico, con la pretensión de sustituirlo, al menos de hecho. Víctimas y perpetradores equiparados. Instigadores de masacres blanqueados y libertadores condenados o borrados.
En 2006, una resolución del Consejo de Europa propugnó la equiparación señalada. En 2009, fue el Parlamento de Estrasburgo el que instauró una Jornada europea en honor de “las víctimas del nazismo y del estalinismo”, fijando a este fin la fecha del 23 de agosto, es decir, la del pacto de no agresión germano-soviético de 1939. El 19 de septiembre de 2019, cerrando el círculo, la cámara europea votó otra resolución que afirma que “los protocolos secretos” de aquel pacto recogían el “reparto de Europa y de los territorios de Estados independientes entre los dos regímenes totalitarios, según esferas de influencia, abriendo la vía al desencadenamiento de la segunda guerra mundial”. Así pues, las responsabilidades de la guerra se imputan por igual a Alemania y a la Unión Soviética (!). Ni una palabra sobre las dictaduras nacionalistas o fascistas, fuera de Alemania. Tampoco sobre la pasividad deliberada del Reino Unido y de Francia frente ante las nada misteriosas ambiciones expansionistas alemanas, culminada en el acuerdo de Chamberlain y Daladier con Hitler y Mussolini, en Múnich, ¡casi un año antes de la firma del pacto Molótov-Ribbentrop! Nada, igualmente, de la calculada inhibición estadounidense. Silencio total, también, sobre el aplastamiento de la República española y sobre aquel “primer acto de guerra fría” que, en 1945, reforzó a un dictador superviviente del fascismo, apoyado, primero, por la neutralización británica de una propuesta soviética y, después, por el sostén estadounidense, encauzado por los acuerdos de Madrid de 1953. [4]Pierre Vilar, La Guerra Civil Española…
No podía faltar Ucrania en el voraz apetito por determinados expedientes del pasado que han mostrado las instituciones europeas durante las últimas décadas. El 23 de octubre de 2008 (apenas había inscrito formalmente la Alianza Atlántica el objetivo de incorporar a Ucrania), una resolución del Parlamento Europeo declaró “artificialmente provocada” la hambruna sufrida por Ucrania los años 1932 y 1933, designada como el Holodomor (muerte por inanición). El 15 de diciembre de 2022, la cámara completó otro círculo al “reconocer que [esa] hambruna constituye un genocidio”: ¡el término que se evita o proscribe si se trata del infligido hoy a los palestinos! El de Estrasburgo seguía así los pasos de varios parlamentos occidentales: el Senado y la Cámara de Representantes de Estados Unidos, en enero de 2021; el parlamento canadiense, en marzo de 2022, y el Bundestag, en noviembre de 2022. La Asamblea Nacional francesa lo hizo en marzo de 2023. La problemática histórica se resuelve (imperativamente) por mayorías parlamentarias, con contribuciones variopintas y, evidentemente, aseguradas de antemano. Poco importa que baste una rápida consulta a un anuario estadístico para comprobar que, lejos de tratarse de una excepción ucraniana, las caídas pronunciadas de la producción de granos en aquellos años se dieron en la mayor parte de las regiones y repúblicas soviéticas, y afectaron a otros países del Este de Europa. Se pasa por alto. Asimismo, se ignoran u ocultan investigaciones históricas rigurosas (Robert W. Davies, Stephen G. Wheatcroft y Mark Tauger) que ponen de manifiesto una interacción de factores causales (internos y externos; meteorológicos, políticos y económicos, con repercusiones en la producción y sus asignaciones, la distribución, el almacenamiento y el abastecimiento de la población) y desmienten la imputación a una conspiración o un castigo colectivo contra Ucrania. Las fuerzas que dominan la política europea se erigen en “tribunal de la historia” y sentencian: la hambruna “que causó la muerte de millones de ucranianos, fue planificada y aplicada de manera cínica y cruel por el régimen soviético para imponer por la fuerza la política de colectivización de la agricultura y eliminar al pueblo ucraniano y su identidad nacional…”. Instituciones y Estados miembros de la Unión son llamados a “construir una historia y una memoria europea comunes y reforzar la resiliencia de nuestras sociedades frente a las amenazas que pesan hoy sobre la democracia…”. De acuerdo con las directrices, naturalmente.

Cartel del Ministerio de Instrucción Pública de la República Española
“La Historia es el producto más peligroso jamás elaborado por la química del intelecto”. ¡Cuánto conviene esta definición del citado Paul Valéry a la clase de “historia” que invocan los anteriores ejemplos! Hemos escuchado y leído muchas veces que “olvidar” determinadas “tragedias” colectivas del pasado es condenarse a repetirlas. La frase suele aludir más a motivos morales y de coyuntura política que a una necesidad de comprender y conocer que sirva a una ordenación racional de las sociedades hacia un progreso compartido. La tergiversación promovida es exactamente lo contrario. La ingeniería “histórica” impulsada por la UE coincide, en el fondo y no pocas veces en la forma, con la de los franquistas y neofranquistas contra los aportes de la historiografía sobre la dictadura y su contribución a una memoria democrática. Como han puesto de manifiesto las conmemoraciones de Auschwitz de estos últimos años, sin cortarse ante representaciones de un mundo al revés. Pero sin nada del sueño tiernamente subversivo del poema de José Agustín Goytisolo que cantó Paco Ibáñez. Al revés: combustible ideológico al servicio de los poderosos, más madera para sus guerras.
“¿Es usted quien ha hecho Gernika?”, habría preguntado a Picasso un oficial alemán. “No, ustedes”, respondió. “Verdadera o no, la anécdota deja las cosas en su sitio”. [5] Pierre Vilar, La Guerra Civil Española…
Es tiempo de gritar, como Atahualpa, ¡basta ya! Basta de mentiras. Basta de campañas interesadas de inoculación del miedo. Basta de fabricar y propagar una mentalidad de guerra que agrava las peores desgracias colectivas de hoy y nos arrima a un mortal precipicio. ¡Basta ya!
Notas

