Gansterismo internacional del leviatán estadounidense en su ocaso
El peligro que enfrenta la humanidad hoy es existencial. No estamos solo ante una guerra fría que se calienta, sino ante un imperio en decadencia que, armado con un imponente y exterminador arsenal nuclear, con una doctrina que contempla su uso táctico, está dispuesto a incendiar la casa global si no puede seguir siendo el hegemón mundial.
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La historia rara vez se repite con exactitud, pero a menudo rima con una cadencia aterradora. Al observar el escenario global en estos primeros días de 2026, nos lleva a una aterradora analogía con los prolegómenos de la gran catástrofe bélica iniciada en 1939. Sin embargo, quedarse en la superficie de la personalidad histriónica de Donald Trump sería un error de cálculo; él no es la causa, sino el síntoma terminal de una estructura de poder que, al sentirse amenazada en su hegemonía y superada en la vanguardia civilizatoria, ha decidido romper el tablero antes que admitir el empate, recurriendo al terror como política de Estado.
El reciente anuncio del proyecto presupuestario de la Administración estadounidense, que prevé inyectar un billón quinientos mil dólares en la maquinaria de guerra para 2027, no es una medida de defensa nacional. Es la confesión económica de un fracaso sistémico. Cuando una potencia ya no puede competir en los mercados mediante la innovación o la eficiencia productiva, recurre a su última ventaja comparativa: la fuerza bruta. Estamos presenciando la transición del capitalismo de libre mercado a una economía de pillaje, donde la acumulación de riqueza ya no se basa en el intercambio, sino en la desposesión directa de los recursos ajenos.
Los acontecimientos en Venezuela marcan el punto de no retorno de esta doctrina. El bombardeo sistemático sobre infraestructuras civiles, culminado con el inaudito secuestro de un Jefe de Estado y su esposa, dinamita los cimientos de tres siglos de Derecho Internacional. No estamos ante una intervención política clásica ni ante un cambio de régimen patrocinado desde las sombras; estamos ante la oficialización del gansterismo internacional. Al violar la inmunidad soberana de una nación para capturar a su líder como si fuera un trofeo de caza, Washington ha enviado un mensaje claro: la Carta de las Naciones Unidas ha sido derogada de facto. La legalidad ha sido sustituida por la ley del más fuerte, y la soberanía nacional es un derecho que el imperio se reserva la potestad de cancelar unilateralmente.
Esta violencia desatada en el Caribe, con ejecuciones extrajudiciales y en las aguas internacionales del Atlántico, asaltando y abordando militarmente buques civiles, las amenazas existenciales contra México, Colombia y Cuba responden a la necesidad imperiosa del Leviatán de asegurar su «espacio vital» inmediato y atlantista, así como sus suministros energéticos. La obsesión por la anexión de Groenlandia obedece a la misma lógica material: el control monopolístico de tierras raras y la posición geoestratégica en el Ártico. Es la geopolítica de la escasez gestionada por la coacción. Sin embargo, esta agresividad regional es, paradójicamente, un signo de debilidad global. El imperio golpea con saña en su periferia inmediata porque sabe que ha perdido irremisiblemente la batalla por la hegemonía en el escenario principal.
La impotencia estadounidense frente a China es el eje que explica este comportamiento errático. Las recientes maniobras de Pekín alrededor de Taiwán han demostrado un dominio absoluto por parte de China de la estrategia de «negación de área», consistente en la creación de una burbuja tecnológica de exclusión (conocida técnicamente como A2/AD, por sus siglas en inglés Anti-Access/Area Denial) diseñada para impedir que un adversario ocupe o atraviese una zona determinada, ya sea por tierra, mar o aire, haciendo inútil e impracticable cualquier intento de intervención de las flotas estadounidenses. Los portaaviones norteamericanos, antaño símbolos de poder incontestable, son hoy objetivos vulnerables ante una arquitectura de defensa que integra inteligencia artificial, guerra electrónica, robótica avanzada y una red de vigilancia aeroespacial que monitoriza cada centímetro del Pacífico en tiempo real.
Este salto cualitativo de China no es solo militar, sino el resultado de una hegemonía civil en las tecnologías del siglo XXI. Mientras el Leviatán se estancaba en el gasto militar analógico, China conquistaba la supremacía en la tecnología de internet de nueva generación y la exploración espacial. La Nueva Ruta de la Seda —la Franja y la Ruta— ha reconfigurado la geografía económica mundial mediante una red logística automatizada que inmuniza al gigante asiático contra cualquier intento de bloqueo marítimo. Ante esta realidad, donde la superioridad en ciencia y conectividad se ha desplazado definitivamente a Oriente, a la antigua potencia hegemónica solo le queda el recurso de la piratería internacional y la amenaza nuclear. Venezuela se convierte así en la primera víctima de este año de 2026 de un imperio que, al no poder ganar la partida de ajedrez en el Pacífico, decide patear el tablero en el Caribe y subvertir violentamente el ordenamiento jurídico internacional.
La entrevista concedida por el mandatario estadounidense al New York Times, donde diserta sobre «poder y moralidad», afirmando que no necesita el derecho internacional, debe leerse como el manifiesto cínico de esta nueva era. Es el intento de construir una narrativa que justifique lo injustificable, la racionalización de la barbarie. Se busca normalizar la idea de que la supervivencia del «estilo de vida americano» vale más que la vida misma del resto del planeta. El racismo, el supremacismo y la misoginia que destila el discurso oficial no son meros exabruptos personales; son los componentes ideológicos necesarios para deshumanizar al enemigo y facilitar la digestión moral de los crímenes de lesa humanidad que se están cometiendo.
El peligro que enfrenta la humanidad hoy es existencial. No estamos solo ante una guerra fría que se calienta, sino ante un imperio en decadencia que, armado con un imponente y exterminador arsenal nuclear, con una doctrina que contempla su uso táctico, está dispuesto a incendiar la casa global si no puede seguir siendo el hegemón mundial. La concomitancia con el ascenso del fascismo en el siglo XX es evidente, pero la escala es planetaria. La pretensión de someter a las naciones soberanas para expoliar sus recursos naturales nos sitúa en la antesala de un conflicto generalizado. Si la comunidad internacional no articula mecanismos de contención urgentes, la lógica de la guerra total se impondrá por inercia, y lo que hoy vemos en Caracas podría ser solo el preludio del apocalipsis.

