Saga borbónica VII: Los obsecuentes

El vasallo limpia el culo de Enrique VIII

Limpiaculos del mundo unidos

Existió en Gran Bretaña un prestigioso oficio que consistía en limpiar el culo al rey. Fue un cargo ambicionado por los jóvenes de la alta nobleza que aspiraban a un puesto relevante en la corte de los Hannover. El delicado ministerio se desempeñaba bajo un trono en cuyo asiento había un agujero por el que el oficiante introducía la mano para apartar las ropas que cubrían las regias posaderas hasta localizar el orificio egregio al que tenía que dar lustre. Sin papel.

En España no se reconoció esa profesión oficialmente, pero no porque faltaran candidatos. Y, como por fortuna ya hay papel, esta semana más de setenta excelentísimos vasallos han firmado un escrito con el propósito de limpiar la figura de Juan Carlos I, el huido, para dejarla impoluta. Todos son ex-altos cargos o personajes de luengos apellidos con su preposición delante. Hay aristócratas, un miembro de la Orden Constantiniana, dos tránsfugas, varios corruptos investigados por el juez, y un ministro franquista acusado de crímenes de lesa humanidad. Lo mejor de cada casa.

Ignoran los firmantes, en su obsecuente manifiesto, a los más de 600 asesinados en la Transición por defender las libertades, y otorgan a Juan Carlos I el título exclusivo de sumo hacedor de la democracia, título que ha utilizado para esconderse en uno de los regímenes dictatoriales más sanguinarios del planeta, en defensa de su honra. Lo relevante del documento es su esfuerzo por diluir la ética en el “fantástico servicio” prestado a España por el Borbón fugitivo. Pero las vaguedades sonoras con que ensalza las supuestas proezas del héroe caído no consiguen borrar un hecho incontestable: su Majestad ha huido, no sin que antes su hijo le quitase la paga y renunciara a la herencia. Por qué habrá sido.

Sostiene el manifiesto que “determinadas actividades” del rey han excitado múltiples “condenas sin el debido respeto a la presunción de inocencia”, pero que esos “errores” no empañan el papel del emérito durante «la bien llamada Transición»  que trajo  «la reconciliación entre los españoles». No aclara, por supuesto, en qué consisten esas “actividades” ni de qué reconciliación habla, porque lo cierto es que aquí se lía parda cada vez que las familias de los desaparecidos quieren abrir una fosa para recuperar los cuerpos de sus seres queridos.

También afirma el documento que el campechano heredó “los poderes autoritarios de la dictadura” que transformó, por arte de birloque, en la más excelsa de las monarquías conocidas, sin recordar que con igual campechanía juró fidelidad a los Principios del Movimiento Nacional. Como para fiarse.

El panfleto tiene tanta fe en que la Justicia es igual para todos como en la inocencia del Borbón. Quienes lo firman saben que esa justicia tardará varios siglos en investigar al noble descuidero. Por eso piden a gritos que se respete su presunción de inocencia, obviando que son hechos probados que eludió pagar impuestos derivando su fortuna a paraísos fiscales mediante una fundación de la que también era beneficiario su heredero.

La obsecuencia de los firmantes del putrefacto manifiesto, como dice el artículo de Cristina Fallarás, es sospechosa: ¿qué están «agradeciendo» estos fieles cortesanos y cortesanas?  De una de ellas me consta su desinterés por los derechos humanos, porque me despidió cuando le mencioné la palabra tortura. Siempre la niegan. Y ocultan, además, que la seguridad que necesita el rey fugado, cuesta al erario público entre 35.000 y 50.000 euros mensuales, cuando más falta hace el dinero.

Dante Alighieri colocó a los obsecuentes en el Infierno de su Comedia. Los imaginó mezclados con desechos humanos en la más asquerosa de las cloacas, donde no se distingue si es el cabello lo que les cubre la cabeza: “A poco que empecé a observar atento, / vi a uno con tal mierda en la cabeza, / que si era laico o fraile no comento”.

Y Cicerón advirtió que los serviles no adulan por capricho: “Aquel que presta más oído a las lisonjas es el que es más dado a halagarse a sí mismo y que más se deleita en su persona”.

Nuestros excelentísimos vasallos han querido mostrarnos el papel con que limpian al rey para avisarnos de que criticar la institución que representa puede romper la unidad de España. Y que por eso firman el manifiesto político del PP y del PSOE. Salvo el astuto de Felipe González, que se limita a sonreír y levantar su copa. Permita que le ponga otra gota de anís, señora marquesa.

¿Qué están agradeciendo?

 Juan Ignacio Ruiz Huerta   

Capítulo VIII «El padrino»

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