La Batalla de Chile. La lucha de un pueblo sin armas (2)

La defensa de la legalidad constitucional por Salvador Allende el 11 de septiembre de 1973. Fuente: Cuarto Poder  11 de septiembre de 2020

Salvador Allende: «Tienen la fuerza, podrán avasallarnos, pero no se detienen los procesos sociales ni con el crimen ni con la fuerza. La historia es nuestra y la hacen los pueblos. Sigan ustedes sabiendo que mucho más temprano que tarde se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre para construir una sociedad mejor.»

En las elecciones presidenciales de 4 de septiembre de 1970, Salvador Allende, candidato por la Unidad Popular, obtiene el 36,63% de los votos, seguido muy de cerca de Jorge Alessandri con el 35,29 de los sufragios. Logra una mayoría relativa, insuficiente para acceder de manera directa a la Presidencia de Chile. De acuerdo a las previsiones constitucionales al Congreso le competía decidir entre los dos primeros candidatos con mayor apoyo electoral. Siguiendo una práctica tradicional, el 24 de octubre siguiente, los congresistas eligen al primero de los dos candidatos y otorgan el apoyo a Salvador Allende con el voto favorable, aunque con muchas reservas, de los diputados de la Democracia Cristiana.

Entretanto, la derecha reaccionaria, junto con la organización fascista Patria y Libertad, intenta impedir el acceso de Salvador Allende a la Presidencia de Chile y organiza el secuestro del general constitucionalista y comandante en jefe del ejército, René Schneider, el 22 de octubre anterior. La resistencia al atentado terrorista que ofrece este alto militar, que en legítima defensa intenta hacer uso de su arma reglamentaria, se salda con el impacto de tres balas en su cuerpo y muere el 25 de octubre, un día después de que el Congreso eligiera a Salvador Allende como nuevo Presidente de la República.

La segunda parte de la trilogía «La Batalla de Chile» narra los acontecimientos que se producen en aquel país entre los meses de marzo a septiembre de 1973. Los acontecimientos se precipitan y el documental los refleja con precisión.

La Democracia Cristiana, cada vez más opuesta al gobierno de Salvador Allende, se radicaliza y conforma con la extrema derecha y las organizaciones patronales una alianza resuelta a desalojarle del poder, utilizando indistintamente la vía legal de la mayoría en el congreso mientras siembra el caos social y económico en el país, haciendo caso omiso a los  llamamientos a la paz que exhortan los altos dirigentes de la Iglesia Católica.

En este contexto es asesinado el 27 de julio de 1973 por bandas fascistas el comandante de la Armada Arturo Araya Peeters, ayudante de campo y hombre de confianza del Presidente. Mantenía contacto permanente con los sectores militares constitucionalistas. En fechas anteriores, los máximos dirigentes de la Democracia Cristiana muestran cierta predisposición a un acuerdo con el Presidente de la República que evite la ruptura constitucional y la contienda civil, lo que provoca enorme inquietud en los grupos de extrema derecha financiados por el imperialismo.

Impactantes resultan las escenas del documental (m. 52) que registran las honras fúnebres del comandante asesinado en la ciudad de Valparaíso presididas por Salvador Allende. Mientras la cámara se mueve entre la oficialidad presente en el acto, se escucha la marcha fúnebre de Frédéric Chopin​ interpretado por una banda militar. La pieza musical, siempre sobrecogedora, domina la escena y parece presagiar el fatal desenlace de los acontecimientos en desarrollo.

 Allende y Neruda
Allende y Neruda. Fuente: El País  14.12.14

A las ocupaciones de fábricas y centros comerciales que se realizan con cobertura legal, destinadas a combatir el desabastecimiento, el acaparamiento de materias primas, los productos de primera necesidad y las huelgas contrarevolucionarias que promueven la patronal y la oposición, le suceden los allanamientos de centros de trabajo ocupados por los obreros que organizan los sectores militares y policiales golpistas con la excusa de la búsqueda de armamento (m. 58). Los oficiales que participan en estas actividades intimidatorias, con el  beneplácito de los diputados opositores, persiguen conocer el terreno, estudiar la reacción de los trabajadores y acostumbrar a la tropa a enfrentarse con la población civil, al mismo tiempo que vigilan el comportamientos de sus propios soldados. Nunca se encontró armas en los allanamientos. Es la lucha de un pueblo sin armas.

Memorable es también la grabación de una asamblea de trabajadores que debate el curso de los acontecimientos (m. 39,19). Sus rostros, sus palabras y el modo de comunicarse con esa solemnidad propia de los momentos trascendentes, expresan con exactitud la gravedad de la situación y lo difícil que resulta, en medio del campo de batalla, acertar y además hacerlo con la premura que los hechos demandan.

El reportero pregunta a un grupo de madres que en brazos sostienen a sus hijos (m. 28)  ¿hay que armar al pueblo? -por supuesto, claro y eso es lo que tiene que hacer el gobierno. Nosotros somos la fuerza de él (Allende). El está de presidente por nosotros, nosotros lo sacamos porque los ricos jamás harían nada por nosotros. Aquí, en el campamento nadie tiene un arma y con manos y palos no se puede hacer nada-.

¿Son posibles transformaciones sociales profundas cuando los fusiles apuntan al pueblo? El visionado de «La batalla de Chile», y en particular esta segunda parte, nos dan elementos para reflexionar sobre esta importante cuestión.

El 11 de septiembre se consuma el golpe militar de Pinochet. Salvador Allende defiende la legalidad constitucional y muere de forma violenta en el intento. Antes se dirige a su pueblo y le dice: «Tienen la fuerza, podrán avasallarnos, pero no se detienen los procesos sociales ni con el crimen ni con la fuerza. La historia es nuestra y la hacen los pueblos. Sigan ustedes sabiendo que mucho más temprano que tarde se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre para construir una sociedad mejor.»

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La batalla de Chile (2). La lucha de un pueblo sin armas.

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