Rebeca

La película tuvo tanto éxito en España, que la chaqueta femenina de punto que suele llevar puesta la protagonista, pasó a llamarse popularmente rebeca, término que acabó siendo registrado en el Diccionario de la Lengua Española.

Rebeca

Alfred Hitchcock es el director de esta magnífica película (1940), interpretada por Laurence Olivier, el aristócrata (Maxim De Winter), Joan Fontaine (segunda esposa de Winter), George Sanders, el chantajista (Jack Favel) y Judith Anderson, el ama de llaves (Dambers). El guión corre a cargo de Robert E. Sherwood y Joan Harrison y la música de Franz Waxman. Basada en la novela de Daphne Du Maurier con el mismo título de Rebeca.

La historia arranca con una voz en off que nos dice «anoche soñé que volvía a Manderley» mientras la cámara nos muestra la mansión de ese nombre en el marco de una escenario tétrico, nocturno, brumoso, que nos recuerda a otro paisaje y a otro enorme palacete, «Xanadú», ahora con nieve, y una voz también en off que nos indica «Rosebud…» en Ciudadano Kane (1941).

Sin duda alguna, sobresale en este film la actuación de Joan Fontaine, cuyo nombre de pila era Joan de Beauvoir de Havilland, hermana de la también actriz Olivia Mary de Havilland. En el rodaje Fontaine contaba con solo 22 años.

La película tuvo tanto éxito en España, en la pasada década de los 40, que la chaqueta femenina de punto que suele llevar puesta Fontaine, pasó a llamarse popularmente rebeca, término que acabó siendo registrado en el Diccionario de la Lengua Española.

La historia se caracteriza por dos ausencias, la de un personaje omnipresente y la del nombre de la protagonista femenina: la de Rebeca, de la que no conocemos su imagen a través de un cuadro o fotografía, fallecida antes del comienzo de la filmación de la  trama, y la de la segunda esposa del aristócrata De Winter, cuyo nombre se ignora en la cinta por Hitchcock, a propósito, para reforzar la relevancia de la anterior.  En una cena (42m.20s.), la hermana del aristócrata le dice a este: «Todo el mundo desea verte a tí y a…» sin pronunciar el nombre de su esposa.

Joan Fontaine y Maxim De Winter inician una relación amorosa asimétrica en la villa de Montecarlo, al sur de Francia, en el inicio de la película, que rápidamente se convierte en matrimonio. Aristócrata inglés él, torturado por su pasado y ella, una joven de familia humilde, huérfana de padre y madre, dama de compañía, hoy trabajadora de cuidados, de una acaudalada y quisquillosa americana, la Sra. Judith von Hopper (Florence Bates). La diferencia social que les separa es abrumadora.

La soberbia interpretación de Fontaine refleja con nitidez este distanciamiento social que dificulta una relación sentimental que se ve agravada, además, con el obsesivo recordatorio de Maxim y sobre todo de la Sra. Dambers, de Rebeca, la esposa fallecida. La segunda mujer de Winter muestra inseguridad y timidez, desclasada en un entorno ajeno a su condición social y oprimida por las continuas referencias a Rebeca, una mujer que parecía reunir el linaje, la inteligencia y la belleza que a Fontaine se le negaba (1h.28m.).

La expresión corporal de Fontaine a lo largo de toda la película es sencillamente perfecta: los movimientos de sus manos, los desplazamientos, la voz, el semblante que sintoniza con exactitud según qué acontecimientos, sus lágrimas…

Sin embargo, Joan Fontaine evoluciona desde la inicial perplejidad y asombro que le produce un entorno de infinita sobreabundancia, pero al mismo tiempo enrarecido, que la relegaba a una condición muy inferior a la de Rebeca, hasta acabar por imponer su propia personalidad ante tantas contrariedades. Un proceso personal marcado por la plena conciencia de un comportamiento ético irreprochable. Por teléfono indica a un miembro del servicio (1h.11m.): «dígale a la señora Dambers que venga inmediatamente». « ¿Me mandó a llamar señora?», responde el ama de llaves. «Sí señora Dambers… quiero que retire todas esta cosas». ¡Son de la señora de Winter! le dice la doncella refiriendo una vez más a Rebeca. Fontaine, con firmeza, le reprende: «la señora de Winter soy yo».

El aristócrata De Winter, es un personaje autoritario y así se comporta con Fontaine, incluso durante el romance inicial. Maxim se encuentra con Joan que lleva una raqueta de tenis (13m.14s.), se la retira de sus manos y sin preguntar le dice, de  forma dispositiva: «Iremos a dar un paseo». Durante un traslado en coche (15m.58s.) le amonesta: « ¡no se muerda la uñas!». En el mismo trayecto, un poco más adelante, detiene el vehículo y le espeta (16m.25s.): «si cree que solo pretendo ser caritativo, puede bajar del coche y regresar sola, ¡vamos abra la puerta y baje!». La verdadera personalidad de Winter la conoceremos, más tarde, una vez concluyen las pesquisas policiales que motivan la aparición del cadáver de Rebeca, muerta en extrañas circunstancias.

"Judith Anderson en el papel de la Sra. Dambers, ama de llaves" Fuente: Tiempo de cine, 22.03.20
«Judith Anderson en el papel de la Sra. Dambers, ama de llaves» Fuente: Tiempo de cine, 22.03.20

Magnífico es el papel de Judith Anderson interpretando a la malvada gobernanta. El constante y perverso recordatorio de la primera señora de Winter a Fontaine revela,  además, en algunas escenas, una relación lésbica, real o fantasiosa, del ama de llaves con Rebeca. Así, cuando la señora Dambers le muestra a Fontaine el vestidor de Rebeca (1h.6 m.), no deja de acariciar en sus mejillas, suspirando, el abrigo de pieles de la difunta o más tarde, del mismo modo, al enseñarle sus prendas más íntimas. Sus apariciones en escena semejan los deslizamientos de una serpiente venenosa, como ocurre, por ejemplo, en la extraordinaria escena en la que Fontaine pisa por primera vez Manderley, atónica ante los miembros del servicio uniformados y en formación (28m.50s.).

La música, de Fanz Waxman, sintoniza perfectamente con el relato. La fotografía, de George Barnes, constituye un gran trabajo sobre sombras y luces, proyecciones de penumbras, imágenes del mar enfurecido…

En esta película de Alfred Hitchcock podemos distinguir tres partes. La primera relata el inicio de la relación amorosa de la pareja hasta su formalización en matrimonio, que transcurre en Montecarlo. La segunda transcurre en Manderley hasta la aparición del cuerpo de Rebeca en el fondo del mar. La tercera y última nos describe el conjunto de las averiguaciones policiales y judiciales dirigidas a esclarecer las extrañas circunstancias que rodean la muerte de Rebeca, en las que el genial director nos atrapa con la incertidumbre de un final que solo se desvela a pocos instantes del conocido the end.

Quienes la hayan visto podrán disfrutar de todos aquellos aspectos que pudieron pasarles desapercibidos cuando la visionaron. Todos los demás, se deleitarán con esta espléndida obra de arte.

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