Renau y la lucha cultural

Introducción a la charla «Josep Renau y la lucha cultural» que tuvo lugar el sábado 1 de octubre de 2022 en la Fiesta del PCE.

Tal y como muestra el título de esta jornada, Renau y la lucha cultural, vamos a partir de una figura que realizó un importantísimo trabajo artístico vinculado a la transformación socialista del mundo. Sin embargo, Josep Renau, además de ser artista valenciano, fue miembro del Comité Central del Partido Comunista de España hasta su dimisión en 1972. Aún tenemos cosas que aprender del trabajo artístico y político que Renau desempeñó esencialmente en España, México y la RDA, desde los años 20 del siglo pasado hasta su fallecimiento en 1982. 

Pero en esta jornada no solo vamos a explorar los aciertos de Renau y la historia pasada. Empleando esto como base, Javier Parra, Javier Cruzado y Lucía Socam van a analizar la lucha ideológica hoy en el campo de la cultura. Por ejemplo: las tareas actuales para la organización de la intelectualidad contra la oligarquía financiera y por la república y el socialismo, o el trabajo comunista para desarrollar espacios donde realizar crecientemente una lucha ideológica que esclarezca a la clase obrera su tarea histórica, y que impulse al conjunto de las capas populares hacia una creciente conciencia y organización en la lucha por la toma del poder y la construcción del socialismo.

Pero antes de pasarles la palabra voy a encargarme de hacer una introducción algo más general sobre el marxismo, la práctica comunista y la lucha ideológica. Algo que, lo más breve y esquemáticamente posible, sirva para enlazar explícitamente la jornada de hoy con el conjunto de la teoría marxista-leninista y la práctica comunista, que acumulan casi 200 años de desarrollo.

La historia del marxismo-leninismo hasta nuestros días la podemos resumir en las siguientes etapas: [1]Hasta 1913, he tomado como referencia el conocido texto de Lenin publicado aquel año: “Vicisitudes históricas de la doctrina de Carlos Marx”.

– Primera etapa: 1848-1871

Al poco de nacer, el marxismo demostró su valía en la revolución de 1848. Habían pasado poco más de tres años desde que Marx y Engels habían empezado a trabajar conjuntamente, un año desde que Marx desenmascarara la impotencia teórica y práctica de uno de los padres del anarquismo, Proudhon, y unos meses desde la publicación del Manifiesto del Partido Comunista. De la dura práctica de la revolución de 1848 el marxismo salió confirmado como la única teoría revolucionaria. Se evidenció que la superación del capitalismo no era obra de la humanidad en general guiada por las buenas intenciones, ni un grupito de conspiradores, sino de la clase obrera que, tras derrocar a la burguesía con el apoyo del resto de las clases populares, debía dirigir la construcción de la nueva sociedad. 

Esto fue asimilado por la mayoría de la clase obrera revolucionaria más tarde, en sus luchas orientadas por la primera internacional (1864-1876) y especialmente en otra dura y sangrienta prueba práctica: La Comuna de París, en 1871. Al final de esta etapa nacían los partidos obreros independientes, enfocados a la toma del poder y la construcción del socialismo. El marxismo había vencido en el seno de la clase obrera revolucionaria.

– Segunda etapa: 1872-1904

Esta etapa fue menos convulsa. Habían terminado las revoluciones burguesas en occidente. En oriente aún no habían madurado. Se desarrollaron los partidos obreros, que aprendieron a luchar en los parlamentos, a sacar su propia prensa, a crear sus instituciones culturales, sindicatos y cooperativas. El marxismo se fue extendiendo por el mundo siguiéndole los pasos a la expansión del capitalismo. Es la etapa en la que van sucediéndose, país tras país, las traducciones de la obra de Marx y Engels. Sin embargo, aprovechando la etapa pacífica, en numerosos partidos se fueron introduciendo desviaciones ideológicas. Los sectores que las encabezaban trataron de deformar y revisar el marxismo desde dentro. La clase obrera se encontraba en una etapa de preparación para la futura situación revolucionaria, pero lo que hicieron estos sectores fue conciliar con la burguesía, acomodarse y abandonar el objetivo revolucionario. La más famosa de estas desviaciones fue el revisionismo de Bernstein y la deriva reformista. 

Uno de los descubrimientos esenciales de Marx, la necesidad de luchar por la dictadura del proletariado, es decir, por la democracia de los trabajadores que liquidara el poder político de la burguesía, fue abandonado por numerosos partidos obreros. No sucedió así en Rusia porque Lenin y los bolcheviques mantuvieron esta bandera en alto.

Tercera etapa: 1905-1917

En 1905 comenzó otro auge revolucionario que viraba hacia Asia. La revolución rusa de 1905 fue seguida por revoluciones en Turquía, Persia y China. El Partido Bolchevique se desarrolló enormemente en esta etapa, confirmando los aciertos de Lenin. Por el contrario, los partidos de la Segunda Internacional, carcomidos por el revisionismo y el reformismo, en la Primera Guerra Mundial apoyaron a sus potencias imperialistas en la lucha por el reparto del mundo. Quienes en Europa no sucumbieron ideológicamente, fueron exterminados, como Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht. La revolución de octubre, en 1917, aclaró el panorama: confirmó la bancarrota de la Segunda Internacional y el vigor del leninismo como única continuación consecuente del marxismo.

Grabado de Josep Renau

– Cuarta etapa: 1917-1956

Desde la Revolución de Octubre hasta el XX congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética, se vivió un poderosísimo progreso del movimiento comunista en el mundo, y un avance de las ideas marxistas. Alrededor de 1921 se crearon partidos comunistas seguidores de los planteamientos de Marx, Engels y Lenin en todo el mundo, y en ruptura con el revisionismo. La etapa de superación del modo de producción capitalista había comenzado, primero en Rusia, luego en la URSS, en Mongolia, a continuación en varios países de Europa del Este, parte de Vietnam, China, Corea del Norte… 

El movimiento obrero revolucionario no solo estudiaba a Marx y a Engels, sino también a Lenin y a Stalin, mientras la URSS publicaba los primeros manuales que sistematizaban el marxismo-leninismo para darlo a conocer a masas de población que se lanzaban a construir su propia historia.

– Quinta etapa: 1956-1991

En 1956, en el XX Congreso del PCUS, logró imponerse el ala oportunista contra el cual los bolcheviques siempre habían combatido. Todo partido comunista que se encuentra en el seno de la sociedad capitalista o en una sociedad socialista en desarrollo y en un contexto mundial imperialista, corre el riesgo de verse inundando por capituladores más o menos encubiertos que en un momento dado pueden torcer la mano al sector revolucionario. Así ocurrió a mediados de los cincuenta en la URSS. 

Nikita Jruschov revisó varias tesis marxistas centrales y vilipendió a Stalin. Esta deriva oportunista se extendió entre los partidos débiles ideológicamente y reforzó las desviaciones derechistas. En Europa, donde los comunistas habían sido brutalmente perseguidos por el fascismo, se asimilaron estas tesis. El dirigente soviético más elogiado por Santiago Carrillo fue Nikita Jruschov. El revisionismo maduraría en Europa hasta desarrollarse esa capitulación reformista que se llamó eurocomunismo, y que acompañó a estos partidos a su encogimiento e incluso desaparición. La confusión era tal que en el IX Congreso del PCE, en 1978, el 80% de los delegados votaron por abandonar el leninismo. 

La presencia del marxismo en los entornos intelectuales europeos fue primero contaminándose con desviaciones e improvisaciones, desde los años 60, y después desapareciendo, desde los años 80. Podemos mencionar, que la famosa compilación de textos sobre estética y marxismo realizada por Adolfo Sánchez Vázquez en 1970, incluyó un texto de Fernando Claudín lleno de distorsiones teóricas liberales, y sin embargo dejó fuera la doble respuesta crítica que le escribió Josep Renau, fiel al marxismo-leninismo, en la que desmontaba cada tergiversación.  

Eso pasaba en Europa occidental y en América. En cambio, China, Albania y Corea del Norte confrontaron a Jruschov, aunque en muchos puntos con desviaciones en sentido opuesto, ultraizquierdista. El movimiento comunista internacional se encontraba dividido. Los importantes aportes marxistas realizados en esta etapa se diluían en la confusión de posiciones enfrentadas. Aunque Brézhnev y Andrópov trataron de reencauzar la situación de la URSS, no fue posible. 

Gorbachov primero, y después Yeltsin, se encargaron de encabezar la contrarrevolución, ayudados por el imperialismo, sin que pudiera ser frenada por los sectores conscientes que aún quedaban en la URSS. Al inicio de esta etapa, hasta los años 80, aún se produjeron grandes logros, fruto de la inercia anterior. Para 1965 prácticamente todas las colonias de África y Asia habían conquistado su independencia, y poco después algunos de estos países dieron el salto hacia el socialismo. Triunfó la revolución en Cuba, pero en los años ochenta fue frenada por el imperialismo la revolución nicaragüense y la afgana. Sembraron América Latina de sangrientas dictaduras. El balance de logros y retrocesos se saldó con la victoria del imperialismo, que destruyó el baluarte más avanzado: la URSS.

Sexta etapa: 1991-2008

En esta etapa, la victoria política, militar, económica e ideológica del imperialismo fue incontestable. Multitud de los antiguos países socialistas cayeron en las garras del imperialismo, y aun son marionetas de él, como ocurre en el este de Europa, donde impulsan el anticomunismo y el fascismo. Con la victoria de la contrarrevolución en la URSS y su destrucción en 1991, ya ni siquiera el reformismo eurocomunista era necesario, y varios partidos comunistas de occidente continuaron alejándose más y más de la línea. Las universidades occidentales fueron barridas de todo resto de marxismo. Aquella vieja teoría era una cosa del pasado; algo a enterrar. Hasta que en 2008 la mayor crisis económica mundial agitó los cimientos y los cerebros de todo el mundo, y El Capital de Marx volvió a ser un éxito en ventas.

Séptima etapa: 2008-actualidad

La crisis económica de 2008 puso en cuestión la hegemonía ideológica liberal. Los procesos progresistas de América Latina, el imparable desarrollo de China y la recuperación de Rusia de su soberanía nacional pusieron en jaque al imperialismo. Últimamente incluso le han hecho cosechar derrotas militares.

Del 2008 a esta parte se viene sucediendo una lenta y minúscula, pero clara, recuperación del marxismo-leninismo. Viene madurando una severa crítica de las renuncias ideológicas que los partidos comunistas hicieron durante la segunda mitad del siglo XX. La pérdida de militancia y de capacidad de estos partidos va imponiendo la necesidad de rectificar. El proyecto marxista-leninista reaparece inevitablemente como una necesidad. Podemos citar varios hitos de esta aún débil tendencia a recuperar la línea correcta. El más evidente, estando donde estamos, es la recuperación estatutaria del marxismo-leninismo por parte del PCE en su XX Congreso, a finales de 2017. 

Mencionaré unos ejemplos del ámbito editorial. El libro de Doménico Losurdo “Stalin: historia y crítica de una leyenda negra” se publicó en 2008 en italiano y en 2011 en castellano, y a él le han seguido otros textos que restauran la figura de Stalin limpiándola de la propaganda imperialista, pues no hay recuperación del marxismo-leninismo sin recuperación de la obra de este dirigente que educó a millones de comunistas en la etapa de máximo desarrollo y que desde hace décadas, dramáticamente, no se estudia. Otro ejemplo es la Editorial Templando el Acero, que lleva una década editando textos que podríamos considerar de primera necesidad ideológica; clásicos del marxismo-leninismo sin los cuales es imposible avanzar eficazmente. Por último, el trabajo de Ediciones Edithor, que se encuentra traduciendo textos soviéticos y de la RDA para recuperar el tremendo edificio teórico que fue liquidado en 1991.

Josep Renau

Edithor va a sacar ahora dentro de poco un libro de Mijaíl Lifschitz, que fue el principal estudioso del arte en la URSS.  La primera edición de este libro se publicó en Rusia en 1933 bajo el título Contribución a propósito de los criterios de Marx sobre el arte. En 1938 este libro se publicó en Nueva York, traducido por Terry Eagleton, bajo el título La filosofía del arte de Karl Marx. No fue traducido al castellano sino hasta 1981, por la Editorial Siglo XXI y desde el inglés. Si ustedes comparan este libro con lo que escribía Valeriano Bozal [2]Historiador del arte. Fue compañero de viaje del PCE durante los años sesenta y setenta. Tres aspectos para caracterizar brevemente su posición política: 1) asumía las nociones que cimentaron … Seguir leyendo sobre las ideas estéticas de Marx y Engels alrededor de 1970, podrán comprobar la tremenda situación de debilidad y atraso en la que se encontraba el marxismo español, casi 40 años más tarde de que el libro apareciera en Rusia; esos años 70 en los que el PCE, donde militó Bozal en aquel momento, estaba a punto de abandonar estatutariamente el leninismo, y tras haberlo abandonado de facto en buena medida desde hacía casi dos décadas. Pero resulta que Lifschitz siguió con sus estudios, y sacó una segunda edición en 1972 casi el doble de voluminosa y con un nuevo título: Karl Marx. El arte y los caminos del progreso. Esta edición nunca fue traducida al castellano. Para los que no sabemos ruso verá la luz por primera vez ahora, en 2022, y os aseguro que será iluminador. La traducción es del ecuatoriano Víctor Carrión, que tiene otras importantes traducciones y textos.

Esto es lo que heredamos: varias décadas de capitulación ideológica, de pérdida de militancia, de pérdida de capacidad organizativa, de pérdida de presencia entre la clase obrera y las capas populares. Al mismo tiempo, unas potentísimas herramientas teóricas que nos sirven como punto de apoyo para el estudio de la situación actual y para orientar nuestra práctica.

Desde esta posición difícil tenemos que pensar cómo realizar la lucha ideológica que clarifique a la clase obrera su posición en la sociedad y la necesidad de su lucha por el socialismo, y cómo intervenir para ello en el ámbito cultural. Un partido fuerte que eduque crecientemente a su militancia en el marxismo-leninismo y en la práctica cotidiana comunista, es la primera premisa para ello. Olvidar esto es el peor favor que se puede hacer a la lucha ideológica.

Notas

Notas
1 Hasta 1913, he tomado como referencia el conocido texto de Lenin publicado aquel año: “Vicisitudes históricas de la doctrina de Carlos Marx”.
2 Historiador del arte. Fue compañero de viaje del PCE durante los años sesenta y setenta. Tres aspectos para caracterizar brevemente su posición política: 1) asumía las nociones que cimentaron las tesis derechistas eurocomunistas («socialismo democrático», antisovietismo, etc.); 2) con el paso de los años, creciente simpatía por el papel del POUM en la Guerra Civil; 3) desde los años sesenta colaboró con el PCE (meramente por ser el partido que luchaba contra el franquismo) y militó brevemente a finales de los años 70, cuando fue redactor de la revista teórica Nuestra Bandera, sin otra actividad orgánica que este trabajo. No fue un cuadro marxista-leninista. No fue un comunista que pretendiera contribuir a asentar las bases para llegar en algún momento a abordar la construcción del socialismo. Ni siquiera un intelectual marxista con cierta voluntad sistemática. Fue un intelectual (de primera fila en el plano de la historia del arte y la estética en España) de izquierdas que en los años sesenta y setenta trabajó con especial intensidad obras marxistas, en una época en que el marxismo era una referencia cultural ineludible. Políticamente buscaba, contra el franquismo, la llamada «normalidad democrática» (burguesa). 

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