Saga borbónica V: ADIÓS…!

¿Monárquico o juancarlista?

Más que monárquico, lo que yo he sido toda la vida es juancarlista. Reconozco que el emérito me pone. Siempre me ha dado punto esa manera suya de llevar el anillo en el dedo meñique de la mano izquierda. El resto de la ejemplar familia borbónica, ni fú ni fá. Lo de la infanta Elena cantando el «Resistiré», o lo de que Cristina firmaba todo por amor y que Felipe no se enteraba de lo que hacía papá, aunque hace año y medio supo que también él era beneficiario de la fundación panameña ‘Lucum’, no acaba de convencerme ¿Son gilipollas o qué?

Juancar, en cambio, siempre ha tenido algo especial. Un nosequé que solo lo tiene Juancar. Esa manera de follar, a puro titanio. Esa espectacularidad en el robar. Esa forma de defraudar a la Hacienda Pública con un par de cojones y de blanquear la pasta porque para qué tenerla en negro. Esa maquinita de contar talegos. Y ese glamour de volar a Liechtenstein en un Falcon del Ejército del Aire, con el maletín lleno de billetes, repartiendo millones entre sus amantes. Un señor. En qué lugar nos ha dejado a los panolis que solo le regalamos colonias del ‘Body Shop’ a la churri. O esas vacaciones en Polinesia o las Bahamas, pagadas por su primo de Orleans….. Primos, nosotros.

Siempre he sabido que el emérito era un pilluelo. Llamadlo intuición, si queréis. Lo supe desde que lo puso ahí el genocida de la voz aflautada, y el hombre no tuvo más remedio que matar, freudianamente hablando, a su pobre padre don Juan para quedarse de rey. Qué manía la de los borbones con matar al padre para seguir en el trono. Además, hace mucho tiempo que leí el libro de Patricia Sverlo que lo contaba todo: lo de sus negocios y sus testaferros. Y lo del 23-F también. Y el exconsejero delegado de CAMPSA, Roberto Centeno, no paraba de denunciar las comisiones del crudo saudí. Lo contó también Jesús Cacho en «El negocio de la libertad». Hasta el NYT y la revista Forbes desvelaron su inmensa y oscura fortuna: 2.000 millones, a golpe de comisión.  En realidad, todo el mundo sabía que el tipo era un golfo de cuidado, incluida mi cuñada que no paraba de decírmelo. Bueno, todo el mundo menos el ABC y la prensa servil que firmó la omertà. Y los cortesanos que nunca se enteraron de nada porque no les venía bien enterarse. Especialmente, a fin de mes. Imagino el soponcio, cuando hayan sabido por el comunicado oficial que el prenda se ha dado a la fuga. Qué disgusto. Aunque les quedará el mito de que Juancar fue el “piloto de la modélica Transición” y tal, lo mismo que a Ingrid Bergman y a Bogart siempre les quedará París. Ensoñaciones.

En cambio, mi fascinación por el personaje ha sido pura y desinteresada. Porque, a lo que iba: que a mí el golferas este toda la vida me ha flipado. Qué risa si me pongo a recordar los rollos que nos soltaba por Nochebuena, en plan «tenemos que ser honestos, ejemplares, solidarios, y trabajar duro para que podamos salir juntos de la crisis». Sin inmutarse. ¿Y lo de que la Justicia es igual para todos? Los raperos, en la puta cárcel por llamarle ladrón, y el chorbo en los caribes republicanos con la guita intacta. No me negaréis que es un crack.

Espero ansioso el artículo de Janli Cebrián, mañana en El País, recordándonos el descomunal legado del emérito y la importancia de permanecer unidos ante esta crisis institucional para preservar la fortaleza de la democracia española y los valores consagrados en la Constitución del 78 que nos ha traído la etapa de mayor prosperidad en nuestra Historia. Sobre todo a él. Y a mi admirado Juancar. Luego vendrá el goteo de editoriales, un día sí y otro también, asegurando que el hijo no es como su padre. Que Felipevi es ejemplar, transparente. Que no folla. Y que ni siquiera es su hijo.

Volverán, dentro de 40 años, las fotos del verano en Marivent: todos de azul y blanco, morenos de yate. Y Leonor dirá que ella no tiene nada que ver con su padre ni con su abuelo Juancar. Ni con Franco. 

Pero las risas y las gracietas campechanas que derrochaba el emérito al descojonarse de nosotros mientras le pagábamos hasta la cama de sus amantes, ésas, como las inmortales golondrinas, no volverán.

Juan Ignacio Ruiz-Huerta

Capítulo VI: «Lo siento mucho»

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