Los nuevos fondos europeos. ¿Maná o veneno?

Estamos ante el mayor rescate de capital de la historia del continente; y buena parte de la izquierda está esperanzada, pero las ofrendas de esta UE conviene recibirlas como Virgilio en la célebre frase de la Eneida, cuando afirmaba tener miedo a los griegos incluso cuando traían regalos.

Aparentemente, soplan vientos de cambio en la gestión económica de la crisis de la pandemia, al menos comparándola con la de la Gran Recesión. Al menos, esto dice todo el mundo. Los Estados miembros de la UE suspendieron el Pacto de Estabilidad y Crecimiento (PEC) el pasado 23 de marzo, lo cual ha ido acompañado de una unanimidad total entre los expertos económicos que podemos leer en cualquier medio de masas, sobre la necesidad de elevar el déficit contra la crisis. Merkel se ha tragado lo de “no habrá eurobonos mientras yo viva”, y la emisión de deuda pública es un hecho.

Al mismo tiempo, los objetivos estratégicos que plantea el instrumento de recuperación temporal de 750.000 millones de euros denominado Next Generation UE (abreviado en Europa NGEU, sobre el cual versará este artículo) parecen hechos a medida de cualquier conciencia progresista según lo que afirma la propia Comisión Europea. Ayudará a reparar “los daños económicos y sociales causados por la pandemia de coronavirus” y después de su ejecución “Europa será más verde, más digital, más resistente y se adaptará mejor a los desafíos actuales y futuros”. Así, a pesar de que la crisis subsiguiente a la pandemia ha supuesto la pérdida de 495 millones de puestos de trabajo según la OIT, Europa encara con garantías el futuro a merced de un aparente cambio de timón de la ortodoxia económica.

A pesar de que un 99,7 % de las casi 68.000 empresas que se han destruido durante el ejercicio 2020 en el Estado español cuenta con menos de 50 trabajadores en su plantilla, se espera que el maná del BCE llegue a tiempo para salvar la situación. La izquierda de concertación —sindical y política— está aplaudiendo con las orejas “el final de la austeridad”. Las grandes centrales sindicales, embriagadas desde hace décadas con el discurso de la competitividad, comulgan a ojos cerrados —de la mano de la patronal— con la “nueva” doctrina de la Comisión Europea y exigen al Gobierno que los fondos europeos de reconstrucción se centren en la digitalización, la lucha contra el cambio climático, y la educación por la digitalización, entre otros. Todo es nuevo y todo está por hacer. Ummm… ¿seguro? 

Todo esto ocurre, claro está, en apariencia. Esto no quiere decir que no estén cambiando cosas; hay que recordar que las apariencias en el capitalismo no son producto de una falsa conciencia sino una inversión efectiva de la realidad: las categorías con las que el economista vulgar analiza la realidad: “no constituyen delirios sin fundamento o errores cualesquiera de conocimiento, sino que recogen el carácter cosificado, invertido, tergiversado de la existencia real de estas relaciones de producción” (1). Por ello, el conocimiento como ciencia sería superfluo “si la forma de aparición y la esencia de las cosas coincidieran inmediatamente” (2), y el problema del economista burgués siempre es que “su limitado cerebro no es capaz de separar la forma de aparición de lo que en ella aparece” (3). Sería absurdo defender que nada ha cambiado, y evidentemente convendría entender en qué sentido la manera de afrontar la actual crisis por parte de las élites europeas es distinta de la anterior.

Los riesgos de que se afiancen los intereses de las élites económicas y financieras son casi imparables, y pocas organizaciones relevantes (hay excepciones loables) están cuestionando la estrategia

Algunos autores defienden que las repercusiones de la pandemia del covid-19 trastocan la relación capital-trabajo asalariado de manera irreversible, lo cual nos sitúa ante un doble escenario: el inicio de una fase postneoliberal de desarrollo capitalista o la génesis de un proceso de transición hacia otro régimen de organización social. (4) Es decir, están cambiando cosas. Pero es imprescindible mirar más allá de las apariencias para interpretar qué nos puede deparar el futuro. ¿Qué es lo que hoy está apareciendo en realidad bajo la forma aparente de lo que algunos han denominado “nuevo Plan Marshall” para Europa. ¿Maná o regalo envenenado?

Por poco que afinemos un poco el análisis, las ofrendas de esta UE conviene recibirlas como Virgilio en la célebre frase de la Eneida, cuando afirmaba tener miedo a los griegos incluso cuando traían regalos. Estamos ante el mayor rescate de capital de la historia del continente; y buena parte de la izquierda está esperanzada, cuando no, esperando que el apreciado maná también le caiga a ella. Los riesgos de que se afiancen los intereses de las élites económicas y financieras son casi imparables, y pocas organizaciones relevantes (hay excepciones loables) están cuestionando la estrategia y pensando cómo afrontar la reestructuración capitalista que viene. Una dinámica que se acentúa por la brevedad de los tiempos de gestión de los fondos, y por las restricciones en la reflexión y el debate que impone el aislamiento social que sufrimos. Así pues, hace falta una crítica al plan.

Pero, por si alguien está impaciente por saber quién es el asesino antes de llegar al final, avanzo brevemente las conclusiones:

(1) El paquete de ayudas NGEU no servirá para salvar la inmensa mayoría de los sectores económicos duramente afectados por la crisis, ni tampoco el sector de la economía social. Los fondos del NGEU pueden parecer ingentes, pero tanto por su cuantía como por su direccionalidad y temporalidad son completamente insuficientes para detener la hemorragia económica que sufrimos.

(2) A pesar de la heterodoxia que implica haber suspendido temporalmente el pacto de estabilidad PEC y las normas de la competencia, el NGEU no implica una modificación relevante de la política económica ortodoxa, y la recepción que el Gobierno le está dando es aún más prudente y convencional que la que impone Bruselas. Así, el paquete Next Generation no llegará a cambio de nada, sino con una fuerte condicionalidad (apuntalar la reforma laboral del PP, recortar el sistema de pensiones…), y una de las instituciones más poderosas de Europa (el Bundesbank) ya ha dicho que incluso las transferencias directas deberían contarse con los criterios de Maastricht.

(3) La digitalización y la innovación, siempre sacralizadas e incomprendidas por la ortodoxia económica, (a) desde la lógica del valor de uso, no comportarán más bienestar para la población y acentuarán un sistema de explotación extractivista de recursos naturales completamente incompatible con la presunta transición verde que se afirma perseguir y (b) desde la lógica del valor (más adelante explicaremos qué significa esto, ahora no hay que preocuparse), solo acentuarán el proceso de contracción general de la rentabilidad de un capitalismo que no está estancado por poco productivo, sino —precisamente– por serlo demasiado. El NGEU es el envoltorio del enésimo intento de reactivación económica de los beneficios capitalistas a partir de la privatización de una cantidad ingente de recursos públicos. Un capitalismo de partenariados público-privados que recuerda el corporativismo fascista. 

(4) El Green New Deal, y el NGEU como su primera materialización en Europa, está basado en un mito: el de la desmaterialización o el desacoplamiento, que sostiene que la economía puede seguir creciendo y, simultáneamente, reducir el consumo de energía y los impactos ambientales de la producción. Un mito, como veremos, tecnooptimista y embriagado de eficiencia e innovación.

Lo que sigue es un primer artículo —del todo insuficiente— con el que intentaré desarrollar estas cuatro ideas clave. Trataré de hacerlo con voluntad divulgativa, intentando no abusar del lenguaje críptico y oscuro que con demasiada frecuencia utilizan muchos economistas —y también activistas— para que pienses que son más inteligentes de lo que realmente son. Adelante.

¿Qué es el Next Generation EU?

Empecemos con algunos datos fríos. El NGEU es un fondo de carácter temporal, adicional al presupuesto plurianual de la Unión Europea (UE) para 2021-2027. En contraposición al presupuesto ordinario, que se financia mediante aportaciones de los Estados miembros y algunos impuestos comunes, el NGEU se financiará mediante la emisión de deuda en los mercados de capitales por parte de la Comisión Europea (CE). Por si no sabes qué significa esto: la emisión de deuda es una forma de financiación que consiste en la emisión de títulos financieros que prometen un pago futuro a cambio de un precio. Dicho más llanamente aún: consiste en pedir prestado dinero a grandes fondos de capital —mayoritariamente bancos— a cambio de unos papelitos (títulos financieros) que te comprometen a devolverlo.

Hacemos un primer paréntesis aquí. Lo primero que has de entender es que, efectivamente, esto supone una novedad respecto a lo que venía sucediendo hasta ahora. La emisión de deuda se mutualiza por primera vez: se hace conjuntamente en el ámbito de la Unión Europea, y no solo de los Estados. Esto puede entenderse como un paso hacia una mayor integración fiscal de la UE y, también, como una eventual pérdida de soberanía de los Estados. En cualquier caso, la mutualización de la deuda del NGEU no supondrá una modificación sustancial de la capacidad de endeudamiento del Estado español, que si hoy por hoy es muy elevada —y le permite incluso hacerlo a interés negativo— es porque el BCE ha estado gastando miles de millones en el mercado secundario de deuda: solo en el 2020, el BCE compró 120.000 millones de deuda española, el equivalente a la emisión neta del país durante el mismo año.

La deuda emitida por la CE en el marco de este fondo se pagará a partir del 2028 y hasta el 2058; y se contempla, para poder devolverla, la posibilidad de dotar a la Comisión Europea de nuevos recursos propios

Seguimos con los datos. El importe máximo que puede emitir el NGEU ascenderá a 750.000 millones de euros, entre los años 2021 y 2026. Para España, en los próximos cinco años, la cifra de inversiones a desembolsar podría superar el 3 % del PIB anualmente, esto es, 140.000 millones de euros. La cifra puede parecer estratosférica, pero no lo es tanto si se compara con la caída del PIB postpandemia en el Estado, y si se tiene en cuenta que solo se recibirán los fondos si se presentan suficientes proyectos, algo que todo el mundo admite que no está nada claro. Tampoco es excesivo si pensamos que, a finales del 2020, el BCE ya tenía 465.000 millones de euros en bonos de deuda pública española. En cualquier caso, un 42 % del total de los fondos se hará por transferencias directas a los Estados miembros, un 10 % será para programas paneuropeos y el 48 % restante está previsto que se conceda a través de préstamos bilaterales. La deuda emitida por la CE en el marco de este fondo se pagará a partir del 2028 y hasta el 2058; y se contempla, para poder devolverla, la posibilidad de dotar a la Comisión Europea de nuevos recursos propios (a través, por ejemplo, de nuevas figuras impositivas en los ámbitos digital y medioambiental).

Segundo paréntesis. Se está poniendo mucho énfasis en el hecho de que la mitad de los fondos, en el caso español, llegará como transferencias directas y no generarán déficit, pero la cosa no está tan clara: en su último informe mensual, los capitostes del Bundesbank han lanzado la idea de aplicar los funestos parámetros de Maastricht sobre la deuda y el déficit también a los recursos que se distribuirán desde Bruselas a los Estados miembros con el NGEU. ¿Qué quiere decir esto? Condicionalidad por todas partes: con posterioridad a la llegada de los fondos, en forma de consolidación fiscal (recortes) en el momento —indeterminado aún— que se levante la suspensión del PEC. Y condicionalidad también antes de que lleguen los fondos, puesto que, para obtenerlos, los Estados miembros están obligados a diseñar unos “planes de recuperación y resiliencia” que deberán ceñirse a las recomendaciones específicas que la CE elabora para cada país en el contexto del semestre europeo. ¿Implicaciones en el caso español? Como mínimo, no revertir la reforma laboral del PP y practicar recortes en el sistema de pensiones, entre otras imposiciones.

Estamos ante una repetición de un escenario a lo Syriza, con la diferencia de que, en vez de tener una izquierda política enfrentada al proceso, la tenemos vencida a la compasión europea sin entender absolutamente nada de lo que está en juego, y embriagada por un pretendido cambio de rumbo de la ortodoxia económica que, por el momento, no se ve por ningún lado.

Como muy bien ha explicado Alfonso Pérez, hay que entender el NGEU como una segunda ronda de ayudas más orientadas a transformar la estructura productiva que a detener la sangría económica en curso. Esta ronda llega después de lo que ha sido una primera fase de rescate intensivo que el BCE ha canalizado a través de su programa de compras de emergencia para la pandemia (PEPP); y observar a quién va a beneficiar, sobre todo, la primera fase de rescate (de marzo a julio del 2020) podría darnos pistas sobre quiénes podrían ser los receptores de esta segunda fase de ayudas: respecto al programa de compras de bonos corporativos, se realizaron 256 compras solo de marzo a julio del 2020 destinadas a 139 empresas, entre las que encontramos, en el caso español, Iberdrola, CEPSA, ACS, Telefónica, Repsol, Ferrovial o la Merlin Properties Socimi.

Por si esto no es suficientemente indicativo de cuál puede ser la orientación de la segunda fase de ayudas a través del NGEU, un vistazo al Real Decreto-ley 36/2020 aprobado a finales del pasado diciembre es del todo concluyente. Como han analizado en El Salto, el decreto coincide sobremanera con la propuesta de contenidos que hizo en su día la patronal CEOE, elaborada por abogados de Cuatrecasas, Garrigues, Uría-Menéndez y PwC. Son los representantes de las grandes empresas quienes han establecido las bases del reparto de los fondos.

¿Un nuevo Plan Marshall para Europa?

Discutir la hipótesis de que estamos ante un nuevo Plan Marshall es interesante en términos didácticos. Es cierto que los grandes grupos empresariales también fueron los grandes beneficiarios; y que, durante su implementación, Europa vivió el periodo de máximo auge económico de su historia, con unas tasas de crecimiento del 5% anual de media. Efectivamente, de 1948 a 1952, la producción industrial se incrementó un 35%, y la producción agrícola sobrepasó en mucho los niveles de antes de la guerra, pero esto fue posible, sobre todo, por la destrucción general del valor que supuso la Segunda Guerra Mundial: el crecimiento que vivió Europa durante los denominados “treinta gloriosos” fue producto de la destrucción masiva de capital instalado durante la guerra.

Por otra parte, el bienestar que acompañó a este crecimiento en el continente fue el resultado de un pacto social redistributivo de postguerra en una época de sindicatos y partidos comunistas en auge y de fuerte presión de la economía moral soviética. Este pacto se tradujo en una fuerte regulación de lo que Karl Polanyi denominó “las tres mercancías ficticias”, por la destrucción económica, social y antropológica que implicaba su mercantilización: el trabajo, el dinero y la tierra. El embridamiento del capital financiero y del conjunto de los rentistas y una fuerte regulación del mercado de trabajo, plasmada en regulaciones obreras y el reconocimiento de los sindicatos como proveedores monopolísticos de la fuerza de trabajo, fueron clave en el reparto de los frutos del crecimiento de postguerra. Y estos tres fenómenos fueron mucho más importantes que las aportaciones monetarias yanquis a través del Plan Marshall. Hay que estar muy necesitado de horizontes posibles para hacer un paralelismo entre el mundo económico, institucional y político de entonces y el de ahora.

Una carrera para aumentar la productividad… ¿Qué productividad?

Se ha dicho que la crisis del covid-19 es exógena a la economía, un choque externo; y que, con la vacuna y la reapertura económica estimulada por este rescate millonario, conviene esperar una rápida recuperación económica en forma de V. Eso sí, se nos dice también que, para que esto suceda, es necesario que las inversiones se orienten a sectores que puedan apuntalar la denominada revolución 4.0, sumándose a una ola digitalizadora que se impone económicamente de forma acrílica e incuestionada. Más adelante nos ocuparemos del capitalismo verde, la otra gran apuesta estratégica tras el NGEU, pero primero detengámonos a averiguar que se esconde tras tanta revolución tecnocientífica materializada en los fondos NGEU. ¿Realmente confían sus impulsores en esta reorientación estratégica para abrir un periodo de crecimiento y bienestar? ¿Podemos nosotros confiar en ello?

Si queremos entender qué justifica esta intensificación de la digitalización capitalista, hay que hablar de productividad; así que conviene una previa sobre este concepto, que, como ocurre a menudo, se enriquece enormemente si incorporamos las gafas de la economía política marxista: no es lo mismo hablar de productividad en la producción de valores de uso que de productividad en la producción de valor. Es importante insistir en esta contradicción principal del sistema económico que sufrimos. El capitalismo puede ser —y lo es cada vez más— hiperproductivo en la producción de valores de uso (bienes y servicios) y, al mismo tiempo, estar estancado en la producción de valor (y, por tanto, de beneficio). ¿Qué productividad es la que preocupa a los economistas ortodoxos, a los inversores y al BCE? La productividad en la producción de valor. Explico esto porque a cualquier persona razonable le parecerá contradictorio que, en un mundo crecientemente productivo —en el ámbito más propio del sentido común, el de los valores de uso—, enfermo de sobreproducción, los economistas sigan diagnosticando problemas generales de productividad que conviene solucionar con aún más desarrollo tecnocientífico, robotización y digitalización. Como sucede a menudo, cualquier persona razonable tiene más razón que la mayoría de los economistas. Al capital como relación social le es relativamente indiferente el ámbito de los valores de uso (siempre y cuando exista una demanda efectiva para consumirlos), pero necesita revolucionar constantemente el ámbito de la productividad en la producción de valor porque no persigue producir cosas sino beneficio. Dicho más llanamente: al inversor le importa un rábano si invierte en bonos, mantequilla o cañones; lo que quiere es beneficio.

Convendría debatir, por ejemplo, si es sensato que los fondos del NGEU se destinen a robotizar el cuidado de las personas mayores o a digitalizar la educación

Y dicho aún de otra manera: en un sistema mercantil capitalista, un aumento de la productividad material, que permite una producción aumentada de valores de uso, toma la forma social específica de una producción restringida de plusvalía, es decir, de beneficio. Los problemas de rentabilidad de las inversiones no se deben al hecho de que el trabajo sea poco productivo, sino a que ¡lo es demasiado! Así de invertida y absurda es la realidad que nos planteamos transformar.

En el capitalismo se impone esta lógica productivista ineluctablemente, pero debería quedar claro ya en este momento que la apuesta por la digitalización y la revolución constante de las fuerzas productivas sería una estupidez en un mundo racional. Por lo menos, sería objeto de debate. Convendría debatir, por ejemplo, si es sensato que los fondos del NGEU se destinen a robotizar el cuidado de las personas mayores o a digitalizar la educación. Solo un mono de feria —o un homo economicus amoral como parece ser el 95 % de los economistas— podría pensar que los retos en el mundo del cuidado en las residencias de ancianos o en el de la educación pueden solucionarse robotizando y digitalizando aún más. Las personas necesitamos afecto y relaciones sociales de calidad, no robots.

Sea como sea, este es el camino que está siguiendo el capitalismo hoy, y esta es una de las apuestas estratégicas del NGEU con el objetivo de salir del estancamiento en la única productividad que les importa, que tiene valores bajos desde hace décadas. Pero es que ni tan solo en el objetivo de recuperar caminos de crecimiento y beneficio mediante el aumento de la productividad parece estar funcionando el proceso de digitalización y robotización. Artous (5) demuestra que “la sustitución de trabajo por capital debería comportar una aceleración de la productividad del trabajo, pero, contrariamente, se está ralentizando”. Este mismo autor encuentra una de las claves de la denominada paradoja de Solow que pueden explicar el fenómeno: “Las empresas no han invertido lo suficiente para compensar la aceleración de la obsolescencia del capital, lo cual explica el retroceso del aumento de la productividad”. Como dice Husson en un artículo magistral, es necesario invertir mucho, y a menudo el mismo volumen de la inversión comporta aumentos de productividad decrecientes: “el flujo de innovaciones tecnológicas no parece agotarse, pero lo que está en vías de agotarse es la capacidad del capitalismo para incorporarlas a su lógica”. Utilizando los términos del enemigo, podría decirse que hay una productividad marginal decreciente de la robotización.

Más concentración empresarial implica la destrucción del tejido productivo mayoritariamente pequeño y más orientación a la exportación, lo que implica desatender las necesidades endógenas del territorio

Y en el mundo real de las clases populares, ¿cuáles serán las consecuencias de esta carrera desenfrenada por digitalizar más y más en un escenario de pandemia como el que vivimos? Las ecológicas las veremos seguidamente, pero las económicas pueden ser devastadoras. En primer lugar, en cuanto a destrucción de ocupación: según un estudio reciente, 5,4 millones de puestos de trabajo —solo en el comercio— estarían amenazados en el ámbito europeo por la acción combinada del covid-19 y la robotización (6). La incertidumbre en la efectiva disponibilidad de la fuerza laboral a causa de las restricciones de movilidad y la propia tendencia a aumentar la productividad acentúan la tendencia digitalizadora, aunque la propia incertidumbre general que impone la pandemia está limitando las inversiones para hacerla posible.

En segundo lugar, más digitalización también es monopolización y concentración empresarial: un aumento de la productividad del trabajo en aquellos campos que consigan automatizarse y apropiarse de ganancias extraordinarias da paso a una mayor concentración y centralización del capital. Y es que, como escribe Marx, caída de la tasa de ganancia y acumulación acelerada “solo son diferentes expresiones del mismo proceso en la medida en que ambas expresan el desarrollo de la fuerza productiva” (7). El NGEU es un gran estímulo público que hará que las grandes petroleras, por ejemplo, puedan convertirse al fin en las propietarias de todas las fuentes de energía de nuestro tiempo; o que las grandes automovilísticas tengan suficiente fondo para intentar encontrar la solución técnica a sus problemas de sobreproducción y de adaptación al pico del petróleo. Pero más concentración empresarial implica la destrucción del tejido productivo mayoritariamente pequeño (el catalán se desmenuza en 627.000 empresas, de las cuales menos de 34.000 tienen más de 10 personas trabajando) y más orientación a la exportación, lo que implica desatender las necesidades endógenas del territorio en la medida en que es la capacidad de consumo atrofiada de una población en paro y poder adquisitivo decreciente la que obliga a las empresas a exportar.

En tercer lugar, y sin poder tratarlo en profundidad aquí, la digitalización abre la puerta a procesos de financiarización de nuestra vida cotidiana aún más profundos, y puede catalizar el proyecto de la Unión de mercados de capitales: un proyecto político a gran escala para fortalecer e integrar aún más las finanzas basadas en el mercado. Se trata de una iniciativa de la Comisión Europea bajo la dirección de Jean-Claude Juncker, que se afana en hacer realidad un sistema financiero en el que los mercados de capitales puedan absorber aún más ahorros de los ciudadanos y tengan un papel más importante en las finanzas corporativas, en una apuesta que de facto implica gobernar desde los mercados financieros. Si al negocio del mercado de capitales le interesa que hasta una pequeña empresa pueda vender participaciones a un golpe de clic con el teléfono móvil, la digitalización tal y como se está planteando con el NGEU se convierte en una estrategia indispensable.

El Green New Deal como apuesta estratégica para salir del estancamiento

Con el Green New Deal que llega en forma de NGEU se quiere —en el marco de un capitalismo altamente competitivo— iniciar una vía hacia la sostenibilidad ecológica, con un apoyo ingente del sector público y contando con el sector privado como gran aliado. Es la consolidación definitiva y a gran escala de las colaboraciones público-privadas (CPP). La utilización de las CPP se ha extendido como una forma de privatización encubierta, con el objetivo de equilibrar los presupuestos mediante la ocultación del endeudamiento.

Pero más allá de la funesta forma de gestión de las CPP, la gran contradicción insalvable que afronta el Green New Deal es física: no hay recursos materiales para hacer la transición verde, y es imposible desacoplar el crecimiento verde del consumo de materia y energía y de la emisión de residuos. Un programa “verde” que no contemple el proceso de descarbonización de la economía a partir de establecer relaciones económicas de circuito corto, basadas en potentes programas de planificación económica orientados a garantizar la cobertura de las necesidades de la mayoría de la población, no es más que propaganda y extractivismo verde. Además, algunos autores sostienen que una transición ecológica desde la lógica tecnofílica descrita en el apartado anterior es imposible. Y la creencia de que sí que es posible se basa en una ideología que está causando estragos en nuestra era: la del tecnooptimismo.

Desgraciadamente, la izquierda no tiene ninguna fuerza para imponer una agenda alternativa para las inversiones, y tendrá que conformarse con las migajas de consorciar algunas cooperativas

Esta ideología —que lo atraviesa todo, desde programas de televisión infumables hasta análisis económicos ortodoxos— sostiene que la ciencia y la tecnología serán capaces de resolver cualquiera de los problemas existentes o por producirse. Pero tal y como apuntan Ecologistas en Acción, “el sistema tecno-científico tiene límites: el primero es que ya se ha inventado lo que era ‘fácil’ de inventar. Los descubrimientos actuales requieren de inversiones temporales, materiales, energéticas, económicas y humanas cada vez mayores. Por lo tanto, contra lo que podría parecer, el ritmo de innovaciones reales es cada vez menor”. Además, “un segundo problema es que la tecnología puede definirse como conocimiento, materia y energía condensados, y los tres factores son limitados. Por lo tanto, también lo son las capacidades del sistema tecnocientífico”. Por si no fuera suficiente, “lo que se espera no es que haya un avance genérico, sino que se descubra justo lo que haga falta en el momento preciso (fuentes de energía que sustituyan a los combustibles fósiles o soluciones al cambio climático) y que se pueda implantar de forma inmediata a nivel mundial”.

Conclusiones

Cierta izquierda desorientada quiere soñar hoy con la cuadratura del círculo: abrir un periodo de crecimiento económico, como el posterior a 1945, pero sin ninguno de los factores que lo hicieron posible, en una economía ya sobreproductiva en valores de uso pero con enormes dificultades para generar rentabilidad para los capitalistas, y que persigue aumentos de productividad mediante un proceso de digitalización que no puede ofrecerlos. Contrariamente, lo que sí que parece presagiarse es más concentración empresarial —y, por tanto, aún más poder político en manos de las élites corporativas y financieras—, más paro y precariedad laboral, una financiarización aún más profunda de nuestra vida hasta los rincones más microeconómicos, la agudización de la emergencia climática producto de un extractivismo inseparable del capitalismo verde, y una más que segura austeridad cuando se resucite el Plan de Estabilidad y Crecimiento, que puede ser especialmente devastadora en el caso del Estado español. Desgraciadamente, la izquierda no tiene ninguna fuerza para imponer una agenda alternativa para las inversiones, y tendrá que conformarse con las migajas de consorciar algunas cooperativas y cruzar los dedos esperando que llueva café en el campo.

El capitalismo hoy vive inmerso en una crisis altamente compleja: a los problemas de sobreproducción previos a la pandemia se suman ahora todo tipo de choques de oferta y demanda, ruptura de las cadenas de valor y graves fracturas metabólicas, como la crisis energética y climática, que generan un auge migratorio que solo hará que incrementarse. La reorganización económica global se ha basado, durante la última década, en sostener un modelo con alta desigualdad social, desmantelamiento de lo público, privatizaciones y fiscalidad regresiva. Nos encontramos ante esta enorme complejidad y este abanico de problemáticas, y el programa NGEU sólo incentiva las contradicciones y no soluciona ninguna, y estamos esperando el veneno con ilusión. Es realmente desesperante.

Fuente: Pau Llonch


Notas

1 La teoría de la apariencia en Marx y sus raíces kantianas. Clara Ramas San Miguel. Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 22, nº 43. Primer semestre de 2020. Pp. 169-195. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2020.i43.08

2 Marx, K., Das Kapital. Kritik der politischen Ökonomie. Tercer Volumen: Der Gesamtprozess der kapitalistischen Produktion, Marx-Engels Werke, Berlín. Del Instituto para el marxismo-leninismo del Comité Central de la SED, 1956 ff., Bd. 25, p. 825.

3 ibid. pàg 894.

4 Foladori, Guillermo & Delgado Wise, Raúl. (2020). Para comprender el impacto disruptivo de la COVID-19, un análisis desde la crítica de la economía política. Migración y Desarrollo. 18. 139-156. https://doi.org/10.35533/myd.1834.gf.rdw

5 Artus, Patrick (2020) “Sur le ralentissement de la productivité”, 25 de septiembre y 1 de octubre; disponible en http://reparti.free.fr/artus10-2.pdf
6 Del Río-Chanona, R. Maria et al. (2020) “Supply and demand shocks in the COVID-19 pandemic: an industry and occupation perspective”, Oxford Review of Economic Policy, Vol. 36, Sup. 1; disponible en http://reparti.free.fr/rio-chanona20.pdf

7 Elementos fundamentales para la crítica de la economía política (Grundrisse) 1857-1858. 8 ed. México: Siglo XXI, 1980). Volumen VI, pág. 309.

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3 thoughts on “Los nuevos fondos europeos. ¿Maná o veneno?

  • 10 de febrero de 2021 en 22:00
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    El nuevo chip del neoliberalismo, ese que llaman anarcocapitalismo, ese que rechaza cualquier intervención de los Estados en la economía, o sea, desregulación salvaje, ha cambiado de opinión al ver que las grandes corporaciones se adueñan de facto de los Estados nacionales e imponer sus condiciones de todo tipo, laborales, seguridad jurídica, privatización de servicios básicos (y los que no son básicos) etc.
    Se van a hacer de oro, con esto ya digo donde va a acabar el dinero.

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  • 10 de febrero de 2021 en 22:01
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    El nuevo chip del neoliberalismo, ese que llaman anarcocapitalismo, ese que rechaza cualquier intervención de los Estados en la economía, o sea, desregulación salvaje, ha cam
    biado de opinión al ver que las grandes corporaciones se adueñan de facto de los Estados nacionales e imponer sus condiciones de todo tipo, laborales, seguridad jurídica, privatización de servicios básicos (y los que no son básicos) etc.
    Se van a hacer de oro, con esto ya digo donde va a acabar el dinero.

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