2-Personalidad en la historia

Personalidad en la historia

Diccionario filosófico marxista · 1946:241-242+239

Personalidad en la historia

Las teorías burguesas reducen a menudo la historia a la actividad
consciente de los grandes hombres (reyes, caudillos militares, etc.),
sin ver en ella ninguna ley que la rija; o equiparan la actividad de
los hombres a cero, considerando al hombre como un instrumento de la
ciega necesidad, de la voluntad divina o de un destino desconocido. En
el primer caso, la historia es considerada como el dominio en el que
todo se crea por el arbitrio, por los deseos y por los ideales de los
intelectuales o por los “héroes” “que piensan críticamente”. Tal fue,
por ejemplo, la teoría populista de los “héroes” y de la “multitud”
pasiva. En el segundo caso, la historia adopta un carácter fatalista:
todo en ella está predestinado y sa realiza al margen de la actividad
de los hombres. A tal concepción de la historia conduce
inevitablemente y en particular la posición de los materialistas
economistas vulgares, como en el caso de los “economistas”,
mencheviques, etc. La subestimación del valor de la actividad práctica
del partido revolucionario, la orientación sobre la espontaneidad, la
negación del gran papel de las teorías y de las ideas de avanzada, tal
es el contenido de la concepción economista vulgar de la historia. Con
ninguna de semejantes concepciones resulta posible prever los
acontecimientos y, por consiguiente, una política científica. El
marxismo-leninismo enseña, que son los propios hombres los que crean
su historia pero siempre en condiciones materiales históricamente
determinadas. La influencia de los personajes ilustres sobre el curso
de los acontecimientos es tanto mayor cuanto mejor saben comprender
las leyes objetivas y el rumbo del desarrollo. “…Tampoco la idea de
la necesidad histórica menoscaba en nada, ni mucho menos, el papel de
la personalidad en la historia” (Lenin). El curso de la historia es
determinado por las condiciones de la vida material de la
sociedad. Pero la personalidad, al comprender las exigencias del
desarrollo económico de la sociedad, las exigencias de la clase
avanzada, puede ponerse al frente de los acontecimientos y, agrupando
en torno suyo a los hombres, impulsar estos acontecimientos. En ello
radica el fundamento del valer auténtico de la personalidad, de su
autenticidad y de su papel en la vida social. El marxismo-leninismo
resuelve el problema del papel de la personalidad en la historia en
íntima relación con el problema del papel de las masas. “La piedra
angular del marxismo es la masa, cuya liberación es la condición
primordial para la liberación del individuo, es decir, que para el
marxismo, es imposible la liberación del individuo en tanto no se
libere a los masas, y de ahí su consigna: ‘Todo para las masas’”
(Stalin). La revolución proletaria y el triunfo del socialismo en la
Unión Soviética emanciparon a millones de trabajadores de la opresión
y de la explotación y crearon una posibilidad no vista hasta entonces
para el florecimiento de la personalidad humana.

Papel de la personalidad en la historia

Ver: Personalidad en la historia.

Diccionario de filosofía y sociología marxista · 1959:54-55

La personalidad en la historia

Las teorías burguesas refieren frecuentemente la historia ya a la
actividad consciente de grandes individuos (zares, jefes militares,
etcétera), no viendo en la historia ninguna sujeción a leyes; ya
igualan a cero la actividad de los hombres y consideran al hombre como
un instrumento de la ciega necesidad, de la voluntad de Dios o de un
destino desconocido. En el primer caso, la historia se considera como
un dominio donde todo se crea por el arbitrio, los deseos y los
ideales de intelectuales o “héroes”, que “piensan críticamente”. Tal
es, por ejemplo, la teoría populista de los “héroes” y de la
“multitud” pasiva. En el segundo caso, la historia adopta un carácter
fatalista: en ella todo está predestinado y se realiza al margen de la
actividad de los hombres. A una concepción de la historia conduce,
inevitablemente, el punto de vista en particular de los materialistas
economistas vulgares, cual ocurría entre los “economistas”,
mencheviques y otros. Disminuir el significado de la actividad del
partido revolucionario, colocarse en la espontaneidad; negar el gran
papel de las ideas y de las teorías avanzadas, tal es la esencia de la
concepción economista vulgar de la historia.

Ni con uno ni con otro punto de vista son posibles la previsión de los
acontecimientos y, por consiguiente, una política científica. El
marxismo-leninismo enseña que son los propios hombres quienes crean su
historia, pero siempre en condiciones materiales históricamente
determinadas. La influencia de una personalidad destacada sobre el
curso de los acontecimientos es tanto mayor, cuanto mejor comprenda la
sujeción objetiva de las leyes y la dirección del desarrollo. “…La
idea de la necesidad histórica en nada menoscaba el papel del
individuo en la historia” (Lenin). El curso de los acontecimientos se
determina por las condiciones de la vida material de la sociedad. Pero
una personalidad que haya comprendido las necesidades del desarrollo
económico de la sociedad y de la clase avanzada, puede ponerse a la
cabeza de los acontecimientos y, reuniendo en su derredor los hombres,
impulsar esos acontecimientos adelante. En esto consiste el fundamento
de la verdadera importancia de la personalidad, de su autoridad y su
papel en la vida social.

El problema sobre el papel de la personalidad en la historia, se
resuelve por el marxismo-leninismo en estrecha relación con el
problema sobre el papel de las masas. “La piedra angular del marxismo
es la masa, cuya liberación, a su juicio, es la condición principal de
la liberación del individuo, es decir, que en opinión del marxismo, la
liberación del individuo no es posible hasta tanto no se libere la
masa, en vista de lo cual, su lema es: ‘Todo para la masa’”
(Stalin). La revolución proletaria y el triunfo del socialismo
liberaron de la opresión y de la explotación a masas de millones de
trabajadores y crearon posibilidades desconocidas –aun no vistas– para
el florecimiento de la personalidad humana.

No figura en el Diccionario filosófico abreviado · 1959

No figura en el Diccionario filosófico · 1965

No figura en el Diccionario de filosofía · 1984

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