Yo, en filosofía

Yo (en filosofía)

No figura en el Diccionario filosófico marxista · 1946

No figura en el Diccionario filosófico abreviado · 1959

Diccionario filosófico · 1965:490-491

Concepto central de numerosos sistemas idealistas que presentan el
sujeto en calidad de factor primario, activo y ordenador. En tales
sistemas, el “Yo” se entiende como portador, por completo
independiente, de las particularidades anímicas. A partir de
Descartes, el concepto de “Yo” estuvo vinculado al problema del
“principio” en la constitución de los sistemas filosóficos. Según
Descartes, el principio intuitivo del pensamiento racional, el “Yo”,
pertenece a la substancia pensante. Hume, que rechazaba toda
substancia, reducía el “Yo” a un “haz” de percepciones. En Kant, el
“Yo” puro, contrapuesto a lo empírico individual, aparece como unidad
trascendental de la apercepción y como portador del imperativo
categórico. Fichte cree que el “Yo” es un principio absolutamente
creador, el cual se presupone a sí mismo y presupone también todo lo
existente como el no-”Yo”. Hegel, como idealista objetivo, refutó
esos intentos de partir del “Yo”, pero lo interpretó como unidad pura
de la autoconciencia objetiva. Al “Yo” se le asigna un carácter
absoluto en las novísimas tendencias idealistas subjetivas (entre
otras, el empiriocriticismo, el neopositivismo y el existencialismo).
La forma extrema de la concepción idealista subjetiva del “Yo” se da
en el solipsismo. Freud biologiza al hombre y lo desintegra en “Yo” y
“super-Yo”. A la interpretación irracionalista del “Yo”, el marxismo
contrapone la concepción materialista de hombre. Viendo la esencia
del “Yo” humano exclusivamente en las relaciones sociales, el marxismo
demuestra que el hombre (la persona) corona, precisamente, el
desarrollo de toda la naturaleza porque es el creador único de sus
relaciones sociales, de toda la cultura material y espiritual.

Diccionario marxista de filosofía · 1971:321-322

Concepto filosófico que designa al sujeto de actos previamente
trazados, es decir, de actos tales en los que el individuo se da su
propia respuesta y por los que asume responsabilidad. Comparemos
estas dos expresiones: “Yo pienso” y “Se me vino a la mente (se me
ocurrió) esta idea”. En ambos casos se trata sin duda de algo
subjetivo, de algo que tiene lugar en mi cabeza y no en el mundo
exterior. En la primera expresión, sin embargo, se tiene en cuenta un
acto del que el individuo mismo es el iniciador; en el segundo, en
cambio, se trata de un estado que el individuo experimenta, por el que
pasa. Los sistemas filosóficos que estudian el problema de la
actividad de la conciencia conceden gran atención a la categoría de
Yo. Fue esbozada por vez primera por Descartes, quien veía en la
actividad del pensamiento cognoscente la manifestación superior y más
completa del individuo, de su libre voluntad. Posteriormente fue
desarrollada en la filosofía idealista alemana. Según Kant el Yo es
el sujeto de actos que pueden ser incriminados al individuo. Partía
de que no es posible juzgar al hombre por las acciones que realiza en
un tribunal moral, de que no se peca contra la conciencia, así sea
involuntariamente o por desconocimiento. Al examinar los problemas
del Yo Hegel fue el primero en tratar de situarse en un terreno
histórico, aun cuando, desde su punto de vista, la historia no es más
que el proceso de desarrollo de la idea absoluta. En su opinión no es
posible definir el Yo de manera abstracta, ya que depende del grado de
la autoconciencia moral, del nivel de evolución de las relaciones
espirituales en este o el otro período histórico. En la trayectoria
de la historia se va ampliando la esfera de la responsabilidad del
hombre, el círculo de los actos sobre los que se tiene conciencia, que
se hallan bajo el control de nuestro Yo. No podemos juzgar al griego
del período homérico por lo que se juzgaría a un cristiano o a un
hombre que vive en una sociedad en la que existen relaciones jurídicas
desarrolladas. La interpretación de la categoría de Yo en la
filosofía burguesa contemporánea representa en esencia un paso atrás
con respecto a la hegeliana: el Yo no es vinculado a la actividad de
la razón humana, a la iniciativa, a un propósito de investigación, &c.
Algunos pensadores burgueses ven en el Yo al “censor” de las
inclinaciones animales espontáneamente surgidas, al burócrata que se
ha introducido en el hombre y que ha colocado en cualquiera de sus
vivencias las etiquetas de “Permitido” y “No permitido”. Desde el
punto de vista de algunos filósofos burgueses (por ejemplo de ciertos
existencialistas) el Yo humano es el más inconsciente dispositivo del
individuo. El marxismo considera que la personalidad humana se halla
determinada en última instancia por el conjunto de todas las
relaciones sociales en tal o cual grado de su evolución. Del grado de
desarrollo de las relaciones sociales y principalmente de las
relaciones de producción materiales dependen no solamente la actividad
del hombre sino asimismo el grado de evolución de su autoconciencia,
el diapasón de sus actos trazados con antelación, la riqueza del Yo.
El concepto de Yo se utiliza también como sinónimo del de conciencia.

Diccionario de filosofía · 1984:453-454

Centro espiritual de la personalidad, de la individualidad humana, que
mantiene una actitud activa hacia el mundo y hacia sí misma. El “yo”
es propio del hombre que controla él mismo sus actos y es capaz de
desarrollar la iniciativa en todos los aspectos. Al interpretar el
“yo” como principio ideal, las concepciones idealistas no advertían la
base activa histórico-concreta del “yo” humano. A menudo, este
problema dichas concepciones la planteaban como el problema del punto
de partida de la construcción de los sistemas filosóficos. Según
Descartes, el “yo” se manifiesta como lo que pertenece a la substancia
pensante, como principio intuitivo del conocimiento racional,
afianzando así su propia independencia. El punto de vista del
individuo aislado y la contemplación conducían en el marco del
idealismo al solipsismo, y en el del materialismo metafísico, a la
reducción del hombre al nivel de objeto pasivo, que se subordina al
curso exterior de la historia. La filosofía clásica alemana renunció
a la interpretación psicólogo-individualista del “yo”, propia del
empirismo inglés. Pero separó del hombre social viviente el “yo”,
convirtiéndolo en “sujeto transcendental”. Fichte sostiene que tal
“yo” es la substancia, principio creador absoluto que no supone sólo a
sí mismo, sino también a todo lo existente como su “no-yo”. El
idealismo objetivo, que desarrollaba la dialéctica, interpretaba la
esencia social del “yo” humano como fuerza enajenada, que está por
encima de los hombres concretos, como razón mundial (Hegel). El
irracionalismo reprodujo la sensación de la personalidad en la
sociedad burguesa que tropieza con el hecho de que en ella se niega el
“yo”. Pero el punto de vista irracional sobre el individuo no hace
más que perpetuar la situación de enajenación. El freudismo expresó
la desintegración de la personalidad bajo el capitalismo y la
biologización de sus impulsos como estado de sumersión del “yo” en
“ello” (reino de las inclinaciones ciegas), y la percepción
desfigurada por el individuo de su propia esencia social, como
resultado del control que ejerce el “super-yo”, hostil a él. En las
formaciones de clase antagónicas, la desintegración y la enajenación
de la actividad conducen en efecto a que el individuo se
despersonifique, pierda su “yo”. Por eso, la base de la supresión de
las concepciones falsas del “yo” es la lucha real por el afianzamiento
del hombre como artífice de las relaciones sociales y de las normas de
vida de la sociedad. La manifestación más plena y libre en cada
hombre, como sujeto activo, de su “yo” humano se hace posible en la
sociedad comunista, en las condiciones del desarrollo integral del
individuo.

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