El imperialismo estadounidense incendia el Caribe: barbarie y reordenamiento hegemónico

Defender a Venezuela hoy trasciende la defensa de un gobierno legítimo y democrático; es la defensa del Derecho Internacional, de la igualdad soberana y de la memoria histórica de Nuestra América. Es la línea que une a Bolívar, Martí, Sandino, Chávez y Fidel. Frente a una barbarie que se disfraza de democracia y se premia con Nobeles, no cabe la ambigüedad. Como sentenció el Che, y la historia nos confirma: al imperialismo, ni un tantico así.

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Los recientes acontecimientos en el Caribe —la piratería de Estado contra buques petroleros venezolanos, la violación sistemática del espacio aéreo y marítimo, la militarización del corredor atlántico por la OTAN y el intento de blanqueamiento internacional de figuras golpistas como María Corina Machado— no son fenómenos aislados ni la improvisación de una coyuntura febril. Son la manifestación fenomenológica de un reordenamiento estratégico del imperialismo. Estados Unidos pretende restaurar, a sangre y fuego, su hegemonía hemisférica. El Caribe, patio histórico de la Doctrina Monroe, vuelve a ser el laboratorio donde se ensaya la ofensiva total: militar, jurídica, económica y simbólica, destinada a recolonizar América Latina bajo las nuevas coordenadas de acumulación del capitalismo global.

Uno de los elementos más perversos de esta ofensiva es la instrumentalización de la «superestructura» cultural y diplomática: la participación activa del Comité Noruego del Premio Nobel de la Paz y del propio Gobierno de Noruega. Su rol no es protocolario, sino estructural. Funcionan como agentes de legitimación moral dentro del dispositivo imperial. Su tarea es producir la coartada ética necesaria para encubrir operaciones de guerra híbrida. La proyección de María Corina Machado como «líder democrática» no es ingenuidad nórdica; es un acto político premeditado para insertar en la esfera pública global una narrativa que justifique la agresión contra la soberanía venezolana.

Aquí opera la dialéctica de la dominación: mientras Estados Unidos ejerce la coerción —confiscando activos, asaltando buques, con comisión de asesinatos (ejecuciones extrajudiciales) y violando la Carta de la ONU—, Noruega manufactura el consenso. Como miembro orgánico de la OTAN, Oslo actúa de lavandería moral, bendiciendo el aparato mediático que convierte al agresor en salvador y a la víctima en «régimen». La presencia del primer ministro noruego junto a Machado no fue diplomacia; fue un acto de alineamiento geopolítico, un mensaje a Washington y Bruselas confirmando que Noruega respalda la estrategia de cambio de régimen. Lejos de ser un mediador neutral, el Comité Nobel se revela como un aparato ideológico del Estado atlantista.

En el plano estrictamente jurídico, la actuación de Estados Unidos constituye una ruptura frontal del orden internacional. La confesión presidencial sobre el asalto al buque venezolano y la intención explícita de apropiarse de recursos sin contraprestación es una admisión de piratería de Estado, conducta proscrita por la Convención de Montego Bay. El cerco naval y las incursiones aéreas tipifican como actos de agresión bajo la Resolución 3314 de la Asamblea General de la ONU. Estamos ante una violación flagrante de la Carta de la OEA y de los principios rectores del Derecho Internacional Público. Sin embargo, el silencio cómplice de las cancillerías europeas y el aval «humanista» del dispositivo Nobel permiten que estas violaciones se normalicen, fabricando una impunidad fáctica para el saqueo.

El objetivo material de este despliegue —militar, diplomático y jurídico— es transparente: imponer un gobierno títere capaz de entregar a las corporaciones transnacionales el control de las mayores reservas energéticas del planeta. María Corina Machado, representante orgánica de la oligarquía histórica y del capital transnacional del occidente otánico, encarna este proyecto. Su programa es la versión venezolana del fascismo oligárquico: solicitud de invasión extranjera, celebración del bloqueo y la promesa de privatizar PDVSA, renunciando a la soberanía económica nacional.

Esta ofensiva imperial aterriza en un contexto regional de disputa. América Latina vive tensionada por procesos de restauración conservadora —en Chile, Argentina, Ecuador, Bolivia, Honduras o Perú— impulsados por el lawfare, el chantaje trumpista, la presión mediática y la rearticulación de las derechas. Pero lejos de consolidar un dominio estable, esta ola revela un continente en pugna. Washington percibe que su «patio trasero» se mueve y necesita disciplinarlo. Por ello, Venezuela —por su modelo, su historia y su resistencia con su alianza con la invicta Cuba— es el objetivo estratégico a batir.

La militarización del Caribe y la reactivación de la Cuarta Flota no son excesos, sino necesidades estructurales de la hegemonía estadounidense en declive. Defender a Venezuela hoy trasciende la defensa de un gobierno legítimo y democrático; es la defensa del Derecho Internacional, de la igualdad soberana y de la memoria histórica de Nuestra América. Es la línea que une a Bolívar, Martí, Sandino, Chávez y Fidel. Frente a una barbarie que se disfraza de democracia y se premia con Nobeles, no cabe la ambigüedad. Como sentenció el Che, y la historia nos confirma: al imperialismo, ni un tantico así.

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