Occidente contra Rusia

Caída de Joe Biden en las escaleras del Air Force One. Fuente: Diario Hoy

La reciente declaración de Biden calificando a Putin como «un asesino sin alma» nos enseña poco sobre Rusia. Nos dice mucho más sobre los propios Estados Unidos.

A su manera, confirma el profundo declive de Estados Unidos en particular y del capitalismo en general, especialmente en sus formas extremas y neoliberales.

La clase política occidental y «la élite» han conseguido lavar el cerebro de la opinión pública muy eficazmente e incluso lavárselo ellas mismas. De verdad consideran a Putin un criminal. Para ellas, el verdadero crimen del presidente ruso es el de haberlas desposeído de la omnipotencia que habían conseguido con el hundimiento de la Unión Soviética entre los años 1989 y 1991. Siempre esperaron (y siguen esperando) que el gobierno de Putin no pasara de ser un «accidente» incomprensible. A su modo de ver, la historia, un día u otro y de una manera u otra, habría de devolverles lo que habían perdido y, librándolas de Putin, retornaría a Rusia al estado de república bananera al que quedó reducida bajo la presidencia de Yeltsin.

Mientras Occidente mantenga esta visión, sus iniciativas de política extranjera estarán abocadas al fracaso, unas tras otras. Pero también implicará el riesgo de conducir al mundo a una catástrofe planetaria. Guste o no a los estadounidenses, Rusia sigue siendo una superpotencia nuclear. Su cooperación y la de China son absolutamente necesarias para hacer frente a las grandes amenazas resultantes del desarrollo tecnológico y de las fuerzas productivas en general producido desde 1945 a nuestros días. Si no son conjuradas, estas amenazas son susceptibles de acabar con la vida sobre la tierra en el plazo de algunos años o de algunas décadas.

Los reformadores sociales occidentales eran partidarios de la distensión y la cooperación con Moscú

No en vano, no solamente los revolucionarios, sino casi todos los grandes reformadores sociales de Occidente siguieron una política de distensión y cooperación con Moscú, o al menos trataron de hacerlo. Podemos mencionar los ejemplos de Roosevelt, Kennedy, el partido laborista británico, De Gaulle, Brandt, Palme o Andreas Papandreu.

Evidentemente, estas son cosas del pasado, y dudamos de que la «élite» y la clase política actuales de Europa Occidental y de los EE.UU. estén siquiera al tanto de ellas. Interpretaron (y quisieran continuar haciéndolo) el hundimiento soviético como la prueba absoluta de la superioridad del capitalismo europeo y estadounidense y de la bancarrota del sistema soviético. Es verdad que el hundimiento de la URSS habría sido imposible si su «socialismo» no hubiera estado en profunda crisis desde mucho antes. Pero es igualmente indudable que ese hundimiento no se habría producido jamás (o que, de haberse producido, no habría marcado la evolución de la antigua URSS en la dirección que lo hizo) si la propia nomenklatura soviética no lo hubiera decidido, pasándose al campo del capitalismo occidental, a sus valores y a quienes eran sus agentes, como Thatcher, Reagan, Bush padre, Jeffrey Sachs o Lawrence Summer. No hay que olvidar que los dos últimos de la lista hicieron sus fortunas gracias a esta destrucción que ellos mismos provocaron.

La prueba categórica de lo que decimos es el no hundimiento de un país minúsculo y sometido a enormes presiones, como Cuba, y, desde luego, el ejemplo de China bajo la dirección de su Partido Comunista.

¿De dónde vienen Putin y su política? 

En 1989, Rusia era el país más pro-occidental y pro-estadounidense del mundo. Más que Estados Unidos mismo. El Partido Comunista había inaugurado «la nueva era» erigiéndole un templo: el mayor Mac Donald del mundo en plena plaza Pushkin, que lleva el nombre de un poeta cuya grandeza no se limita a los confines de Rusia sino que se extiende a toda la humanidad.

Tendemos a pensar que este Mac Donald de la plaza Pushkin es uno de los mejores símbolos posibles de nuestro descenso colectivo al Medievo posmoderno. Podríamos decirlo también del centro comercial Sony construido por lo alemanes en pleno corazón de Berlín, su capital reunificada.

Todavía hoy, a pesar de todo lo que ha caído sobre su país, los rusos y sobre todo los rusos de la  «élite» y de clase media siguen, en buena medida, admirando a los Estados Unidos en lo más profundo de su psique. Una de las razones de la gran popularidad de Trump en estos medios era su íntima creencia de haber encontrado en él un reconocimiento, por parte de un presidente estadounidense, hacia ellos y hacia su país.

Si Rusia se ha vuelto «anti-estadounidense», y en la medida en que verdaderamente lo haya hecho, no sería por la voluntad de un Putin, presentado en Occidente como un oscuro «asesino» y un conspirador. Si tal cosa se ha producido, y en la medida en que así haya sido, la razón sería que Occidente no le ha dejado otra opción. Es Occidente el que, en cierto modo, ha formado a la nueva Rusia. Lo hizo introduciendo unas relaciones de producción y de distribución (la terapia de choque) que supusieron la desintegración de Rusia y de los demás países de la Unión, provocando la mayor catástrofe social, demográfica y cultural de toda la era industrial (con la salvedad de las dos guerras mundiales). Lo hizo cuando animó de manera entusiasta a Boris Yeltsin a bombardear su parlamento, causando la muerte de al menos 1.500 personas. Lo hizo bombardeando sin piedad Yugoslavia y con la expansión de la OTAN, que se había comprometido a no extenderse fuera de sus límites y que ahora merodea los alrededores de Moscú. Lo hizo con las guerras en Oriente Medio, con la ruptura de los acuerdos de control de las armas nucleares, con el  golpe de Estado organizado en Kiev por los servicios secretos estadounidenses, en la cuna simbólica e ideológica de la nación rusa, y desencadenando una nueva guerra fría.

Reconocer estas realidades exigiría de parte de los actuales políticos occidentales bastante más valor del que hizo falta a Roosevelt o a Kennedy. No solo carecen de él, sino que parecen haberse convertido en meros empleados de la superpotencia emergente: el Imperio del capital financiero global y de sus diversas facciones, que saben manipularlos con destreza. No piensan, solo ejecutan y a menudo ignoran completamente las consecuencias de sus acciones y de las implicaciones estratégicas que puedan tener a más largo plazo.

El declive de Occidente y la izquierda occidental

Por todas estas razones decimos que la actitud de Occidente hacia Rusia es solo una prueba de su propio declive. Tomemos el ejemplo del periódico francés Le Monde, antaño uno de los buques insignia de la civilización occidental, reducido ahora a una sombra de sí mismo. Antes publicaba a Solzenitsyn para combatir al comunismo; hoy tiene que publicar artículos de un oligarca como Jodorkovski para atacar a la Rusia de Putin. El New York Times y el Washington Post, los dos periódicos que salvaron al Estado norteamericano de sí mismo sacando a la luz la realidad de Vietnam, se han convertido en expertos en la propaganda más grosera. Miles de «intelectuales» profesionales, profesores, periodistas y figuras de la televisión son pagados para no pensar y para hacer que tampoco piensen los demás.

Asimismo la izquierda occidental ya no es más que la sombra de lo que fue, suponiendo que aún se la pueda considerar una «izquierda». Ha olvidado por completo que al apoyar con distintos pretextos las políticas imperialistas de los gobiernos occidentales, en realidad está cavando su propia tumba y la de las fuerzas sociales que pretende representar.

En 1914, el Partido Socialdemócrata alemán, violando las decisiones de la Internacional Socialista, justificó su apoyo a la guerra del Káiser invocando el argumento de la «barbarie rusa»; sus congéneres franceses apoyaron la guerra basándose en la necesidad de hacer frente a la «barbarie prusiana». Estas opciones condujeron veinte años más tarde al ascenso de Hitler y a la segunda guerra mundial.

En sentido contrario, la movilización de los pueblos europeos durante y después de la segunda guerra mundial, la influencia de la izquierda comunista en los principales movimientos de resistencia en Europa y el prestigio de la URSS con su victoria sobre el fascismo y la promesa de una sociedad más justa de la que era portadora, hicieron políticamente imposible la realización de los planes de Dulles y de los círculos de poder británicos para liquidar las alianzas y desencadenar la tercera guerra mundial contra la URSS.

La historia ha demostrado que la única alianza creíble para cerrar el paso del capitalismo hacia la desintegración social y la guerra consiste en la cooperación y la convergencia entre las clases populares occidentales y las víctimas del imperialismo fuera de Occidente. Pero se trata únicamente de una posibilidad objetiva. Si no aparecen en el momento necesario los sujetos políticos que la lleven a cabo, el hundimiento en la barbarie (o algo aún peor) parece seguro.

Es cierto que el Occidente capitalista no parece disponer ya de los medios para detener su declive y para ejercer su dominio y hegemonía sobre el planeta, como pudo hacerlo en el pasado. Pero dispone de los medios para, intentando impedir su caída, arrastrarnos a todos con él. El oso herido es un animal muy peligroso. Para hacer frente a este peligro no basta con escribir largos tratados sobre la decadencia occidental. Es preciso trabajar de manera concreta por la gestación urgente de alternativas nacionales, regionales y globales a esta civilización agonizante.

Dimitris Konstantakopoulos (periodista especializado en política internacional; ex-secretario del Movimiento de Ciudadanos Independientes y ex-miembro del comité central de Syriza)

Fuente: uwidata.com. Traducción de Hojas de Debate a partir de versión en francés de http://www.reveilcommuniste.fr/2021/03/l-occident-face-a-la-russie.html (reproducida en http://canempechepasnicolas.over-blog.com/2021/03/l-occident-face-a-la-russie.html?utm_source=_ob_email&utm_medium=_ob_notification&utm_campaign=_ob_pushmail).

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