Síntomas Mórbidos al empezar 2026: Del Atentado en Valdai al inicio de la Implosión de la Unión Europea
Europa es la víctima sacrificial de este naufragio. La Unión Europea, en un acto de sumisión atlantista que equivale a un suicidio económico, cortó el acceso a la energía rusa barata que sostenía su competitividad industrial. Alemania, motor del continente, enfrenta una desindustrialización acelerada e irreversible.
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Vivimos el momento más peligroso de la historia reciente. El peligro no surge de una locura colectiva momentánea, sino del agotamiento terminal de un orden cuyas contradicciones, acumuladas durante tres décadas de hegemonía incontestada, han quebrado sus mecanismos de contención. El intento de asesinato contra el presidente Putin, el monumental envío de armamento a Taiwán y las maniobras chinas en el estrecho de Formosa no son episodios aislados de tensión.
Constituyen la fiebre alta de un sistema en crisis orgánica, donde la negociación ha sido desplazada por la lógica de la fuerza bruta.
La reciente declaración del presidente Trump sobre un acuerdo de paz con Rusia al “95%» debe interpretarse menos como un logro diplomático y más como la constatación de una derrota estratégica. Sectores determinantes de Washington han comprendido, con retraso y ante resistencias internas formidables, que el conflicto en Ucrania desangra recursos vitales necesarios para el enfrentamiento principal: el ascenso de China como potencia alternativa integral. Sin embargo, esta lucidez pragmática choca frontalmente con los intereses materiales de fracciones del capital para las cuales la guerra se ha convertido en un modelo de negocio. El capital financiero transnacional, encarnado en gigantes como BlackRock, proyectaba beneficios astronómicos sobre la reconstrucción de Ucrania y, sobre todo, sobre el control de los vastos recursos estratégicos del Donbás. Una paz que reconozca realidades sobre el terreno significaría la evaporación de billones en ganancias futuras. De ahí la resistencia feroz de los aparatos de inteligencia y de las élites políticas europeas más atlantistas, como el canciller alemán Friedrich Merz, para quienes la escalada es preferible al reconocimiento de un fracaso que desnudaría la ficción de su poder.
El intento de atentado contra la residencia de Putin en Valday y el asesinato del jefe del Estado Mayor ruso Igor Kirillov trascienden la capacidad operativa autónoma de un Kiev en descomposición. Son actos que requieren una cobertura de inteligencia y logística que señala a otros autores. El Secretario General del Partido Comunista de la Federación Rusa, Gennady Zyuganov, atribuyó la responsabilidad al Reino Unido en declaraciones realizadas el 30 de diciembre de 2025, afirmando que el incidente fue orquestado por Londres, con la esperanza de prolongar el conflicto y eligiendo cínicamente el período previo al Año Nuevo para llevarlo a cabo. Al declarar el ministro de asuntos exteriores de la Federación Rusa, Lavrov, que el régimen de Kiev ha derivado hacia el terrorismo de Estado, Rusia no solo realiza una valoración jurídica; ejecuta un movimiento político que puede cerrar de golpe cualquier ventana de negociación con Zelenski y traslada el conflicto a un terreno existencial. El discurso navideño de Zelenski, con su deseo explícito de que el adversario «pereciera», consagra esta retórica del exterminio. Lejos de ser un arrebato, es una provocación calculada emitida precisamente cuando Trump intenta desactivar el frente europeo. Zelenski no habla por una nación; es el megáfono de aquellos intereses para quienes Ucrania es un activo financiero cuya depreciación acelerada resulta inaceptable.
Esta escalada coincide con la pugna intestina en el bloque occidental. Mientras una fracción del establishment estadounidense, representada por Trump, busca una retirada táctica de Europa del Este para replegarse hacia el Pacífico, otra fracción – entrelazada con el complejo militar-industrial, los servicios de inteligencia y el capital financiero especulativo– considera que ceder ante Rusia equivale a firmar la partida de defunción del orden unipolar surgido en 1991. La guerra en Ucrania es, ante todo, el campo de batalla donde se dirime esta guerra civil dentro de la hegemonía occidental. La sincronización de las maniobras chinas en Taiwán con la ofensiva exitosa rusa, en todos los frentes, no es casual: revela una coordinación estratégica entre Moscú y Beijing que Washington intentó evitar por todos los medios. El masivo envío de armas a la isla no es defensivo; es una provocación destinada a forzar la apertura de un segundo frente, necesario para justificar presupuestos, reactivar la demanda de armamento y distraer de la debacle en Europa.
Estamos asistiendo al agotamiento de un modelo de acumulación basado en la financiarización extrema, el privilegio exorbitante del dólar y la coerción militar como herramienta de política exterior. Su colapso no lo precipitan únicamente potencias rivales, sino sus propias contradicciones internas: la desindustrialización de su base productiva, la transferencia global de capacidad manufacturera, la explosión de deudas impagables y la erosión total de la legitimidad de las élites que lo administraron.
Europa es la víctima sacrificial de este naufragio. La Unión Europea, en un acto de sumisión atlantista que equivale a un suicidio económico, cortó el acceso a la energía rusa barata que sostenía su competitividad industrial. Alemania, motor del continente, enfrenta una desindustrialización acelerada e irreversible. Gobiernos como el de Merz no son la solución, sino la aceleración consciente de este declive. Para Washington, la Europa actual ya no es un aliado estratégico, sino un competidor debilitado cuyos mercados y recursos pueden ser canibalizados para prolongar la agonía de su propio modelo. El interés súbito por Groenlandia no es una extravagancia; es el reconocimiento frío de que la batalla futura se librará por el control de recursos críticos y rutas árticas.
El peligro mortal reside en la transición. Las élites ligadas al orden moribundo no abdicarán pacíficamente. Un magnicidio, un golpe institucional o una provocación de bandera falsa que detone un conflicto mayor son escenarios dentro de lo posible. La historia enseña que las clases dominantes en crisis prefieren el caos generalizado a la pérdida de su estatus.
Rusia ha llegado a la conclusión de que la coexistencia con una Ucrania convertida en cabeza de playa de la OTAN es materialmente imposible. Su ofensiva busca, más allá de los territorios, sobre todo ante el terrorismo de estado desplegado por Ucrania, como brazo armado de servicios de inteligencia atlantistas, una capitulación que demuestre de una vez por todas la impotencia del proyecto expansionista occidental hacia el este de Europa. Está cayendo, herida de muerte, por el proyecto expansionista militar y depredador financierista del globalismo atlantista, toda la arquitectura de seguridad europea de la post-Guerra Fría.
Nos hallamos, pues, en un interregno gramsciano: lo viejo no termina de morir y lo nuevo no puede acabar de nacer. Las instituciones del liberalismo internacional – ONU, FMI, OTAN– son cascarones vacíos de autoridad. Mientras, las estructuras emergentes –BRICS+, Organización de Cooperación de Shanghai– no han consolidado aún una hegemonía alternativa. En este vacío proliferan los «síntomas mórbidos»: el terrorismo como herramienta de Estado, la diplomacia convertida en teatro de operaciones, la amenaza de una conflagración mundial, que puede derivar en nuclear, que nadie dice querer, pero todos alimentan.
La responsabilidad histórica no yace en quienes resisten a la expansión de un orden que los niega, sino en aquellas élites que, ante la evidencia de su fracaso, eligen el riesgo de la catástrofe global antes que aceptar un mundo multipolar donde su dominación sea relativa. La paz es materialmente posible, pero exige una renuncia ideológica: abandonar la pretensión mesiánica de moldear el mundo a una sola imagen. Mientras esa renuncia no se produzca, el abismo seguirá expandiéndose, desafiando a la humanidad a encontrar en la lucidez colectiva el antídoto contra la inercia suicida de sus gobernantes.


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