Antecedentes históricos de la electricidad

En 1960 en México apenas 44% tenía acceso a energía eléctrica. El resto del país vivía en la penumbra, en medio de velas y quinqués de petróleo

Hojas de Debate inicia con este artículo una serie de un total de cuatro que analizan la creciente conflictividad por los cortes de luz que enfrentan a las eléctricas privatizadas con sectores de población con escasos recursos económicos.

La energía es un factor de primer orden en la historia material. Que la energía fluyese es probablemente el concepto de las ciencias naturales que más ocupó a los científicos y atrajo el interés de la población en general. Desde los experimentos iniciales con electricidad animal, que habían permitido a Alessandro Volta construir la primera fuente de corriente eléctrica en 1800, se había pasado, a mediados de siglo, a una completa ciencia de la energía. Sobre esta base  se  presentó  el  tratado  de  Hermann  Helmholtz,  en 1847,  Uber die Erhaltungder Kraft -«Sobre la conservación de la energía»- que se apoyaba con firmeza sobre la base de la física experimental y formulaba sus leyes de modo que resistieran la prueba empírica.

Representación del experimento de la cometa de Benjamin Franklin.
Fuente:
 Wikimedia

En 1831, Michael Faraday, demostró la  posibilidad de la inducción electromagnética, momento en que  construyó la primera dínamo el escocés James Clarck Maxwell  y descubrió los principios y las ecuaciones básicas de la electrodinámica. Se desarrolló la corriente de alto voltaje, desde que en 1866, Werner Siemens, descubrió el principio dinamo-eléctrico.[i] Miles de especialistas contribuyeron a  la electrificación de zonas cada vez más extensas del mundo.

Desde la década de 1880 funcionaron centrales eléctricas y se tendieron sistemas de corriente urbanos. En la siguiente década se fabricaron motores trifásicos en serie.

En estos años fue relevante el descubrimiento de la bombilla (1876), y la aplicación de los descubrimientos en el campo de la electricidad  -dínamo, motor eléctrico, centrales de producción eléctrica-. La producción en motores eléctricos revolucionó ramas enteras de la industria, que se aproximó por completo a la economía, y empezó el tiempo de la gran investigación industrial[ii]. Esto se relaciona con lo que los autores marxistas calificaron como la transición al «capitalismo monopolista».

La energía se convirtió en un leitmotiv de todo el siglo XIX.

La industrialización traía consigo  un cambio de régimen energético. Toda actividad  humana necesita un aporte de energía. Carecer del acceso a una energía asequible era uno de los cuellos de botella más peligrosos que podía experimentar una sociedad. Las sociedades se diferenciaban por la proporción en que utilizaban las formas de energía disponibles. Se ha calculado que en la Europa de hacia 1750, la leña representaba cerca de la mitad del consumo energético, mientras que en la China de la misma época no pasaba del 8%. A la inversa, en China, la fuerza de trabajo era varias veces más importante que en Europa.

Durante muchos siglos el  combustible esencial había sido la madera,  que en el siglo XIX todavía se empleaba en Europa en cantidades que hoy  nos parecen increíbles.

En España, en 1885, se publicó un primer decreto que ordenaba las instalaciones eléctricas y tres años más tarde una Real Orden que regulaba el alumbrado de los teatros,  prohibiendo expresamente el que se realizaba hasta entonces con gas, y autorizando las lámparas de aceite solo para emergencias.

Este acelerado desarrollo de la industria eléctrica dio pie  a la creación de numerosas empresas en las dos últimas décadas del siglo XIX. En 1901 se publicó la primera estadística  oficial según la cual el 61% de la potencia instalada era de origen térmico, mientras que el 39 % restante utilizaba la hidráulica como fuerza motriz.

En esos momentos la electricidad era originada en forma de corriente continua y no era posible su transporte a larga distancia por lo que su desarrollo se veía limitado a los emplazamientos de las centrales próximas a los centros de consumo, normalmente a industrias y municipios.

Con la aparición de la corriente alterna a principios del siglo XX se abrió la posibilidad de transportarla a gran distancia y, por tanto, se llevó a cabo un gran desarrollo  de las centrales hidroeléctricas. De esta forma en España, a finales de 1920, la estructura de la generación de energía eléctrica había cambiado: se había multiplicado la potencia instalada por 12 hasta alcanzar aproximadamente  1500 mw, el 81% era de origen hidroeléctrico y existía un exceso de capacidad de producción.

Durante los años de la guerra y los primeros de postguerra se produjo un estancamiento  de la capacidad de producción, pese a que la demanda fue incrementándose a un 27% anual.

Para gestionar esta situación, en 1944 se fundó en España la empresa Unidad Eléctrica S.A. (UNESA), integrada por las principales compañías del sector. Se le encomendó la promoción de las interconexiones necesarias  para completar la red primaria o de transporte.

A partir de 1953 se introdujo la aplicación de las tarifas topes unificadas, incentivando el ritmo de construcción de nuevas centrales.

Alberto García


[i] JURGEN OSTERHAMMEL, «La transformación del mundo, una historia global del siglo XIX», págs. 918 y ss.

[ii] JURGEN OSTERHAMMEL, libro citado, págs. 105 y 106.

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