Bulos y religión

«…La religión es el suspiro de la criatura oprimida, el alma de un mundo sin corazón, el espíritu de una situación sin alma» Karl Marx.

Cada día amanecemos leyendo u oyendo uno o muchos bulos nuevos, y parece que la cosa fuera de ahora mismo, una novedad.

El asunto está de moda, se ha echado mano para nombrarlos de una expresión en inglés –fake-, que es lo que se lleva, se hacen sesudos análisis sobre su transmisión, la facilidad con la que circulan, se extienden, y muchísimas personas se los creen.

De paso, se urden complejas estrategias para hacerles frente, impedir su expansión, constituyendo empresas para dicho cometido, preparando leyes, incluso tratados internacionales.

Sin embargo, siempre ha habido bulos, y según los momentos históricos, su fabricación se acelera. Si ahora nos dice la ultraderecha que los demócratas americanos han constituido una enorme red de pederastia, en la que participan Biden e Hillary Clinton, en 1918 se bautizaba a una gripe que había viajado con los soldados americanos durante la guerra, como «gripe española». Finalizada aquella primera contienda mundial, los sectores derechistas alemanes construyeron el gigantesco bulo conocido como el «de la puñalada por la espalda», según el cual no habían perdido la guerra en el campo de batalla, sino que los judíos y los socialistas traicionaron al país con la firma del Armisticio, y los llevaron al desastre, mentira que fue uno de los principales alimentos del posterior crecimiento nazi.

Uno de los grandes maestros en la materia fue el ministro de propaganda de Hitler, Joseph Goebbels, del que se conoce su célebre frase de que una mentira repetida muchas veces, se convierte en una verdad. Los utilizó de manera sistemática, dándoles una nueva prestancia, utilizaba la radio y el cine para expandirlos, y teorizó sobre ellos: debían ser breves, con pocas ideas pero reiteradas, habrían de tener una fuerte carga emocional, dirigiéndose al corazón, a los sentimientos, a los instintos, mezclarse con algunas verdades para dotarlos de verosimilitud, tener un mensaje simplificado…

En España, como en todo el mundo, los bulos han circulado a millares a lo largo de los siglos, muchos teniendo como destinatarios también a los judíos. Recordando aquí, por estar muy documentada, el que provocó la quema de 3 conversos y 2 judíos llevada a cabo en noviembre de 1491 por parte de la Inquisición en Ávila, que los condenó por haber cometido un crimen ritual en la persona de el niño de La Guardia, que posteriormente se descubrió era completamente inventado. El bulo había sido a su vez preparado por otra serie de mentiras proferidas con gran éxito de público, que se basaba en la antigua calumnia de la sangre. Tal calumnia de la sangre consistía en acusar a los judíos de emplear sangre humana durante sus rituales religiosos, para lo que secuestrarían a niños.

Algunas personas de edad recordarán todavía cómo sus abuelas les contaban historias de los masones, que comulgaban para luego esconder la hostia consagrada y someterla a sevicias y sucios manejos, actividad que siglos atrás se atribuía también a minorías religiosas…

El referéndum sobre el llamado Brexit ha sido una ocasión de actualizarlos, utilizarlos masivamente, ya con técnicas modernas, con el protagonismo de las redes sociales, la llamada propaganda selectiva, y los diabólicos mecanismos descritos magistralmente por la rigurosa película originalmente llamada «Brexit, la guerra incivil», de Toby Haynes, protagonizada por Benedict Cumberbath, en el personaje de Dominic Cummings, estratega político luego asesor de Boris Johnson que se especializó en lanzar descomunales bulos para con ellos obtener el éxito en el referéndum. Tales como que con la salida de Europa se recuperarían 350 millones de libras esterlinas semanalmente, que se ahorrarían, para destinarlas a la sanidad, mentira de las que más éxito sirvió para sus objetivos.

Por cierto que en esta operación se pusieron en práctica las tácticas, luego generalizadas por Donald Trump durante las elecciones americanas que le dieron el acceso a la Casa Blanca, y con la participación clave en ambos casos del multimillonario americano Robert Mercer, matemático de profesión, pionero en los estudios y utilización de la inteligencia artificial, que donó sus servicios de análisis a Neil Farage para su feroz campaña para el Brexit.

Una de las invenciones más notables de uno y otro proceso ha consistido en detectar a los grupos humanos que sufren mayor marginación social, parados de larga duración, enfermos crónicos sin ayudas, marginados, que ni siquiera figuraban en los censos oficiales y a los que no se les prestaba ninguna atención por parte de las administraciones ni los partidos. Con esta valiosa información se acercaron a ellos, se les oía, y consiguieron movilizarlos e implicarlos en las aludidas elecciones, logrando un voto que en ambas resultó decisivo.

Este Robert Mercer, entre otros objetivos igualmente encomiables, financia todas las campañas que se hacen a lo largo y ancho del mundo para luchar contra los defensores de la necesidad de detener el cambio climático y el calentamiento global.

En ambos casos, estos personajes de extrema derecha, paradójicamente, han oído «el suspiro de la criatura oprimida», han palpado «el alma de un mundo sin corazón», han escudriñado el «espíritu de una situación sin alma» de que hablaba Marx, han oído ese ruido, totalmente olvidado por los partidos oficiales y las administraciones, y los han captado mediante sus promesas mentirosas.

Y andamos tan preocupados con tanto bulo, que no nos preguntamos sobre la plena conformidad y aquiescencia que se presta a los mayores que sufrimos, oficialmente, pacíficamente establecidos, los que dominan y determinan desde hace siglos los sistemas de organización social y cultural de la humanidad, me refiero a las religiones.

Según la creencia cristiana, hace algo más de dos mil años aparece en Belén un hombre llamado Jesús, que dice ser Cristo, el Salvador del mundo, hombre y divinidad al mismo tiempo, «viniendo en las nubes del cielo», hijo de Dios hecho hombre y concebido por el Espíritu Santo, de madre virgen, que viene con la misión de redimir a la humanidad, realizar milagros, mostrarnos su doctrina, toda ella lógicamente revelada directamente por Dios.

Previamente el arcángel Gabriel había anunciado a su madre, la venida del Mesías.

En los mensajes que supuestamente transmitió, abundan los de consuelos dirigidos a las «criaturas de ese mundo sin alma».

A su vez, Mahoma, nacido en La Meca hacia el año 570, mientras meditaba en el año 610 tuvo también una visión del arcángel Gabriel, comenzó a hacerle una serie de revelaciones, que le produjeron gran alteración afectándole extraordinariamente, pues creía que era víctima del demonio, pero que se fueron ampliando sucesivamente, aunque no fueron fijadas por escrito, sino entregadas por el Profeta a la memoria de personas de su confianza, que después de su muerte las llevaron al papel o al pergamino, dando lugar al Corán.

Como estas palabras venían directamente de Dios, son infalibles, y no pueden contener ningún error.

Las revelaciones de Gabriel las recibió especialmente en una cueva, cercana a la Meca, donde por las noches, en lugar de dormir, se dirigía a meditar.

De manera análoga, la Torah fue transmitida a Moisés por Dios en el Monte Sinaí, constituyendo los fundamentos generales del judaísmo. En esta ocasión Dios fue más pedagógico y las facilitó ya grabadas en las célebres Tablas.

Y sobre estas bases, en lo esencial, se constituyen las creencias religiosas de miles de millones de personas, que las escuchan desde su infancia, las ven perfectamente razonables, al estar establecidas socialmente, oficialmente, y que desde la infancia acostumbran a creérselas.

Sin embargo, en la actualidad, en el día de hoy, también aparecen personas que se atribuyen condición divina y misión redentora, yo mismo he conocido alguna. Tales consideraciones, al resultar manifiestamente absurdas, les provocan problemas personales y sociales y malestar frecuente consigo mismos. Les afectan a su vida profesional, cuando son extremas impiden la continuación de los estudios o el trabajo, o el llevar una vida normal, conllevan con frecuencia el sufrimiento de alucinaciones visuales, auditivas o de otro tipo, y van unidas a atribuirse una misión providencial, llena de magníficas intenciones, pues se consideran llamados por Dios para su desempeño.

Estas características son las que integran el «delirio religioso», (Bastidas, Rodante, Fuentes, entre otros muchos), trastorno sicológico perfectamente estudiado y analizado en los manuales, y en el que nosotros mismos, sin necesidad de ser especialistas, encuadraríamos a cualquier persona que viniera de hablar con Dios, recibiera revelaciones, y organizara de manera decidida su vida con arreglo a tan extraordinarios mensajes, y que una vez nos los hubiera dejado suficientemente claros, y tras la atribución de la ejecución de algunos milagros, falleciera, resucitara y ascendiera a los cielos a reunirse con Dios y el resto de los Profetas.

Y sin embargo a aquellos supuestos protagonistas de tan extraordinarios acontecimientos de hace cientos o miles de años, les damos todo el crédito, y sus revelaciones han pasado a ocupar un lugar preeminente en la gobernación social, cultural y moral de la humanidad, siendo sus doctrinas una de las bases justificativas de muchos de los disparates de todo tipo que, por mandato divino, se vienen realizando desde muchos siglos.

La cosa llega a tal extremo que nuestro civilizado y democrático «mundo occidental», en su combate contra el islamismo, aduce toda serie de argumentaciones para desacreditarlo, pero nunca puede esgrimir la mayor, con lo bien que le vendría, a saber, lo absurdo de la existencia de Dios, pues comparte dicha creencia con sus adversarios.

Así que constituida nuestra sociedad en parte sobre la consagración y exaltación de tamaños bulos, ¿cómo puede extrañarnos que prosperen los actuales, si no les llegan a estos ni a la altura de una zapatilla?

Alberto García

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