Canarias frente a Ocean Sky 2025: la guerra convertida en espectáculo
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Medios, militarización y la urgencia del derecho a decidir
Entre el 20 y el 31 de octubre de 2025, el cielo de Canarias vuelve a ser escenario de las maniobras militares multinacionales Ocean Sky 2025. Más de cuarenta aeronaves de combate procedentes de Estados Unidos, Alemania, Portugal, Grecia e India operan desde bases del archipiélago bajo coordinación de la OTAN. Oficialmente, se trata de ejercicios de “entrenamiento aéreo avanzado”. En la práctica, es la consolidación de Canarias como plataforma estratégica del dispositivo atlántico hacia África occidental.
En paralelo a este despliegue, el 21 de octubre el diario Canarias7 publica un reportaje titulado sobre la “pasión por los aviones” de los spotters, los aficionados que fotografían despegues y maniobras desde las inmediaciones de los aeródromos. El texto celebra el entusiasmo de quienes “equipados con cámaras imponentes” capturan “la belleza de los despegues”. Lo que aparece como una crónica de ocio y turismo, en realidad, cumple una función mucho más profunda: estetizar la guerra, normalizar la presencia militar extranjera y neutralizar la crítica social ante la creciente militarización del territorio.
La guerra, en su fase contemporánea, ya no necesita camuflaje táctico: lo encuentra en el brillo mediático. El espectáculo sustituye al discurso, y la fascinación técnica borra la pregunta política. La cobertura periodística que convierte un ejercicio de combate en una postal fotogénica actúa como un dispositivo de hegemonía: transforma la percepción del conflicto en consumo cultural. Así se forja un consenso pasivo, una aceptación inconsciente del papel subordinado de las islas en la arquitectura militar atlántica.
Bajo el relato amable del spotting, se oculta el verdadero contenido de las maniobras. Los F-15 estadounidenses, los Eurofighter alemanes y el Su-30 de la India no practican defensa, sino ataque coordinado, reabastecimiento en vuelo y simulaciones de dominio aéreo. La presencia de aviones cisterna Airbus A330 MRTT revela el propósito operativo: proyectar fuerza a larga distancia, hacia el Sahel y el Golfo de Guinea. Canarias no es el objetivo; es el trampolín.
El sentido estratégico de estas operaciones no se limita al ámbito militar. Forma parte de una reorganización más amplia de la presencia occidental en África, tras la reconfiguración de las misiones en el Sahel y los nuevos pactos con Mauritania. El archipiélago se consolida como nodo logístico, centro de mando y base de entrenamiento. Pero, sobre todo, como símbolo: el territorio insular transformado en frontera armada del capital atlantista.
La normalización de la guerra no se impone por decreto, sino por costumbre. La repetición mediática de imágenes “impresionantes”, el lenguaje tecnocrático de la defensa y la banalización del riesgo erosionan lentamente la conciencia crítica. Lo que antes despertaba alarma, hoy despierta curiosidad. La sensibilidad colectiva se reeduca en clave belicista: la violencia se disfraza de espectáculo, y el espectáculo sustituye al pensamiento.
En ese proceso, los medios locales juegan un papel decisivo. No son meros transmisores de información, sino instrumentos de una pedagogía social que desactiva la disidencia. La exaltación del spotter no es una anécdota: es la forma moderna del consentimiento. En lugar de debatir sobre el derecho a decidir y el uso del territorio, se nos invita a admirar la precisión de un vuelo militar o el rugido de un reactor. La conciencia se adormece a golpe de fotografía.
Pero bajo esa superficie de normalidad late una cuestión de fondo: ¿quién decide sobre el uso del cielo y del suelo canario? Las decisiones sobre la presencia de fuerzas extranjeras, los ejercicios multinacionales y las estrategias de defensa se toman en Madrid y Bruselas, no en las instituciones canarias ni en el seno del pueblo que habita las islas. El resultado es una colonización político-militar, un territorio utilizado sin consulta, una voluntad popular desplazada.
No se trata solo de una cuestión militar, sino democrática. En 1986, Canarias dijo No a la OTAN en un referéndum que expresaba una clara conciencia de independencia moral frente al bloque atlántico. Aquella decisión colectiva fue desoída, pero su contenido sigue vigente: el rechazo a que el archipiélago sea base de agresión o instrumento de guerras ajenas. Hoy, ante la escalada de ejercicios como Ocean Sky 2025, ese mandato histórico exige traducirse en una propuesta política concreta: la declaración de neutralidad activa de Canarias.
Neutralidad activa no significa aislamiento ni indiferencia. Significa elegir la paz como política de Estado y de pueblo. Significa prohibir, mediante legislación propia, el uso del territorio para operaciones ofensivas o de adiestramiento militar extranjero. Significa afirmar el derecho a decidir frente a la subordinación militar. La neutralidad, en este sentido, no es ausencia de acción, sino expresión plena de la voluntad popular.
La militarización del archipiélago no solo aumenta su vulnerabilidad estratégica —al convertirlo en objetivo potencial de cualquier conflicto—, sino que altera el tejido simbólico de la vida civil. Cada maniobra, cada reportaje entusiasta, cada fotografía compartida contribuye a borrar la frontera entre lo civil y lo militar, entre la paz y su simulacro. La guerra se infiltra así en la cotidianidad, como una estética del poder.
Frente a este proceso, la respuesta no puede limitarse al rechazo ocasional. Es necesaria una ofensiva cultural y jurídica, con la imprescindible movilización popular que reactive la conciencia de Paz del pueblo canario, a través de la reivindicación del estatuto de neutralidad para el Archipiélago Canario. Desenmascarar los espectáculos mediáticos de maniobras y exhibiciones militares, que encubren los proyectos belicistas que tienen lugar en Canarias, poniendo a nuestro pueblo en un punto de mira hostil por parte de quienes se sienten amenazados y recuperar la memoria colectiva del “No a la OTAN”, son pasos imprescindibles para reconstruir dicha conciencia.
Canarias tiene vocación de puente de paz y cooperación, no de base para las guerras de agresión y de ocupación. Su posición geográfica la llama a ser espacio de encuentro entre continentes, no plataforma de guerra. Convertirla en el “portaaviones del Atlántico” traiciona esa esencia histórica. La lucha por el derecho a decidir ha de abrirse en la conciencia de un pueblo y librarse en la movilización popular para negarse a ser espectador de su propia subordinación a intereses políticos, económicos y militares extranjeros.
La paz no se pierde de un golpe: se erosiona en silencio, con guerra psicológica mediática y maniobra a maniobra. Pero también puede recuperarse paso a paso, con cada acto de lucidez que rechaza la guerra, estetización de la violencia y devuelve a la política su contenido esencial: la voluntad de vivir en Paz, en Igualdad y en Libertad.

