Opinión

¿ES POSIBLE EN ESPAÑA UNA ORGANIZACIÓN COMUNISTA QUE APLIQUE EN LA PRACTICA LOS PRINCIPIOS DEL MARXISMO- LENINISMO?

En el panorama actual, creemos que sería un error que los militantes del PCE que se sitúan en posiciones críticas con la actual situación se recluyeran solo en el debate interno, sin esforzarse por la recuperación orgánica de los “comunistas sin partido”. Y, además, deben llevar a cabo una política plenamente adherida a la lucha de masas en la defensa de sus intereses inmediatos, pero en el marco de la lucha por la PAZ, contra el rearme, por la plena recuperación de la soberanía con la salida de la OTAN y de la actual UE, el rechazo a las bases militares extranjeras en nuestro suelo, siempre en la senda de la irrenunciable tarea de lograr el socialismo.  

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Antecedentes histórico-teóricos.

   Antes de responder a esta pregunta conviene dejar clara una cuestión fundamental sobre Antonio Gramsci. A menudo se resume su pensamiento afirmando que la hegemonía cultural consiste en la capacidad de una clase social para hacer que su visión del mundo sea aceptada como natural y legítima por el conjunto de la sociedad. Según Gramsci, el poder político no se mantiene únicamente mediante coerción, sino también mediante dirección cultural, educativa y moral sobre el “sentido común” colectivo. De ahí la conclusión habitual de que los comunistas debían conquistar la hegemonía cultural. Tesis esta, que habría que estudiar y matizar después de la involución sufrida en los países del este europeo, y en los cuales los partidos comunistas tenían a su disposición los aparatos ideológicos del Estado.

    Sin embargo, muchas interpretaciones olvidan que Gramsci no reduce la hegemonía cultural desligada de la base material. Este autor entiende que las ideologías dominantes se apoyan en unas relaciones de producción concretas y en determinadas condiciones materiales de vida. El modo de producción dominante —la forma de organizar la producción, la distribución y el consumo— genera también una forma de vida y una ideología y, como consecuencia, una visión del mundo adaptada a esas condiciones sociales dominantes. Las relaciones de producción capitalistas engendran ideología capitalista, y solo en momentos concretos se resquebrajan tras periodos de intensos de lucha de clases, siendo entonces cuando podrían surgir movimientos revolucionarios. 

   Precisamente por eso Gramsci desarrolla conceptos como el de “crisis orgánica”: esos tiempos en los que las contradicciones internas del capitalismo —económicas, sociales y también políticas— erosionan la legitimidad del bloque dominante y abren posibilidades de transformaciones sociales, económicas y políticas profundas. Sin esta dimensión material y conflictiva del pensamiento de Gramsci sería imposible explicar no solo la Revolución rusa de 1917, sino también procesos tan distintos como las revoluciones china, vietnamita, cubana, nicaragüense, coreana, angoleña o mozambiqueña, que siguieron caminos diferentes entre sí.

   Incluso en España pueden señalarse dos momentos dentro los últimos cincuenta años en los que -por lo menos- se percibió socialmente la posibilidad de un cambio político profundo: la Transición y el ciclo político abierto entre 2011 y 2015. Ninguno desembocó en una ruptura revolucionaria, pero en ambos casos sí se resquebrajó momentánea y de forma parcial la hegemonía ideológica de las clases dominantes. En el primer caso ese movimiento se recondujo hacia una democracia liberal monárquica que legalizó al franquismo, con la colaboración fundamental de la dirección eurocomunista del PCE; y en el segundo periodo, fue una explosión de descontento social sin una dirección política clara. Los pocos grupos políticos y personas que intentaron suplir esa carencia y construir una alternativa política de ruptura con el régimen y la monarquía eran demasiado débiles y estaban poco implantados territorialmente para tener éxito. Lo cual demuestra que no basta con tener razón, o estar próximos a ella, es que hay que tener fuerza política organizada con importante prestigio social para imponerla, y además es necesario, en no pocas ocasiones, un contexto mundial favorable.

    Despojado de esta dimensión material y de crisis, Gramsci quedaría reducido a una simple legitimación de adaptación al capitalismo. Así, su pensamiento puede utilizarse para justificar el eurocomunismo, el “compromiso histórico” y la deriva liquidacionista del Partido Comunista Italiano, el carrillismo, buena parte de la evolución posterior del Partido Comunista de España, o proyectos como Podemos y Sumar. No es casual que de la estrategia de “compromiso histórico” del PCI derivara finalmente la desaparición del propio partido y la integración de gran parte de sus herederos en posiciones socialdemócratas plenamente compatibles con el sistema liberal-parlamentario.

   La “guerra de posiciones” formulada por Gramsci debe entenderse en este contexto. Para él, en las democracias occidentales el poder estaba demasiado arraigado como para ser derribado mediante una simple insurrección rápida. Era necesaria una acumulación lenta de fuerza social, cultural e ideológica dentro de la sociedad civil. Pero eso no implicaba renunciar a una eventual ruptura en un momento determinado, sino preparar las condiciones para hacerla posible.

   De ahí surge la gran contradicción histórica de los partidos comunistas occidentales: conservar una identidad revolucionaria en largos periodos de estabilidad social relativa y, al mismo tiempo, evitar la marginalidad social y electoral. El partido bolchevique de Vladimir Lenin estaba preparado para combinar ambas tareas, aunque tampoco bastaba con la existencia de una dirección excepcional; era necesaria además una coyuntura histórica mundial concreta.

   Por eso, en las democracias capitalistas “avanzadas” de hoy, mantener porcentajes electorales relativamente estables puede considerarse ya un éxito político significativo. El Partido Comunista de Grecia (KKE) suele obtener entre el 5% y el 8%-10% del voto; el Partido Comunista Portugués (PCP) entre el 4% y el 8%; Izquierda Unida alcanzó el 10,5% con Julio Anguita; y el Partido del Trabajo de Bélgica ronda hoy expectativas cercanas al 15%.

   Sin embargo, sigue abierta la cuestión de hasta qué punto esos partidos estarían realmente en condiciones de impulsar una ruptura revolucionaria en una situación de crisis profunda del sistema. Es precisamente en esos momentos cuando la intención de voto a los comunistas se dispara y aumenta de forma exponencial. Pero, ganar unas elecciones con las reglas de juego de la democracia burguesa, sin romper con sus instituciones y sin destruir sus aparatos represivos e ideológicos o suele ser reversible, o convierte a un partido revolucionario en gestor del mismo sistema económico-político, por mucha hegemonía ideológica que en un momento concreto se haya ganado.  

     A veces, ciertos partidos se asustan de su propio avance, y renuncian a ponerse al frente de un torrente que quiere romper con el sistema. Habría que pensar si el Partido Comunista de Francia e Italia no se amilanaron de su éxito electoral después de la II Guerra Mundial. Desde luego, el de Grecia no lo hizo. Otra cosa es que el KKE fuera derrotado militarmente por el Reino Unido y EEUU después de una guerra civil de tres años. 

   El caso griego en el siglo XXI resulta especialmente revelador. Durante la crisis iniciada en 2008 existían condiciones de enorme deslegitimación social y política. Algunos consideran que el triunfo electoral de Syriza en 2015 canalizó institucionalmente el descontento e impidió una radicalización mayor o un crecimiento mucho más fuerte del KKE (Partido Comunista de Grecia).

    En Portugal, tras la Revolución de los Claveles, el PCP coexistía con organizaciones situadas a su “izquierda”, como la União Democrática Popular, de inspiración maoísta y hoxhaísta, que acusaban a aquél de reformista y revisionista. Estos grupos llegaron a tener influencia social y representación parlamentaria. Sin embargo, con el tiempo, muchas de esas corrientes evolucionaron hacia posiciones integrables dentro del sistema democrático liberal, convirtiendo el feminismo, el ecologismo y el resto de posiciones posmodernas en sus principales señas de identidad.

  La cuestión del PCP es compleja. Se mantuvo fiel a los principios del marxismo-leninismo y ha conservado implantación obrera y sindical, pero en el marco de una intensa lucha de clases, no pudo a medidos de los 70 alcanzar sus objetivos revolucionarios últimos. Sin embargo, contribuyó de manera decisiva a una ruptura democrática de la que la dirección del PCE desistió. La insurrección militar contra la dictadura de Salazar fue posible, entre otras causas, al perseverante trabajo previo de los comunistas portugueses en el seno de la milicia. Y de la ruptura democrática se impuso una Constitución en cuyo artículo 7.2 podemos leer: “Portugal preconiza la abolición del imperialismo, colonialismo, y todas las otras formas de agresión, dominación y explotación en las relaciones entre pueblos, así como el desarme general simultáneo y controlado, la disolución de los bloques político-militares y el establecimiento de un sistema de seguridad colectiva, con vistas a la creación de un orden internacional capaz de asegurar la paz y la justicia en las relaciones entre los pueblos.” En su preámbulo afirma; “La Asamblea Constituyente proclama la decisión del pueblo portugués de defender la independencia nacional, de garantizar los derechos fundamentales de los ciudadanos, de establecer los principios básicos de la democracia, de asegurar la primacía del Estado de derecho democrático y de abrir la senda hacia una sociedad socialista, dentro del respeto a la voluntad del pueblo portugués y con vistas a la construcción de un país más libre, más justo y más fraterno.”

Sin embargo, pese a la ubicación en el mismísimo frontispicio del edificio constitucional del recconomiento explítico de la senda hacia una sociedad socialista, esta aseveración fue posible en una época, 1976, donde la correlación de fuerzas en el marco de la lucha de clases lo hizo posible, sin que las siete reformas constitucionales posteriores en Portugal lo hayan posidido suprimir. No obstante, el alcance del socialismo será posible cuando las condiciones objetivas y subjetivas y la situación internacional permitan a una clase trabajadora bien organizada junto a las masas, dotada de una dirección política revolucionaria, pongan en marcha procesos de transformación social profundos en la senda hacia el socialismo. De igual forma podrá ocurrir en nuestro país pese a que el texto constitucional de 1978 se afirma, por el contrario, que el modo de producción es el de la economía libre de mercado, resultado de una transición inmodélica.

  En los años setenta del siglo pasado existía un contexto internacional extraordinariamente convulso: derrota estadounidense en Vietnam, revoluciones en Angola y Mozambique, caída de la dictadura en Grecia, grandes movilizaciones y huelgas y fin de la dictadura en España, Revolución de los Claveles en Portugal, revolución iraní, revolución sandinista y un enorme ciclo de conflictividad social en el capitalismo occidental tras el Mayo del 68 en Francia. En aquellos años hubo fuertes movilizaciones obreras y estudiantiles en Italia, Francia, Reino Unido, Alemania Occidental e incluso en Estados Unidos, especialmente ligadas al rechazo a la guerra de Vietnam. Todo ello hacía pensar que el capitalismo occidental atravesaba una crisis histórica profunda. Sin embargo, finalmente el sistema logró recomponerse y gran parte de la izquierda revolucionaria occidental acabó integrada, fragmentada o marginada.

   La crisis del capitalismo occidental de los años 70 se superó no solo mediante la ofensiva neoliberal de Thatcher y Reagan y la posterior caída del bloque socialista europeo, sino también gracias a la capacidad de la socialdemocracia para integrar y canalizar el conflicto social surgido en las décadas anteriores. Gobiernos como los de Mitterrand en Francia (que inicialmente contó con el apoyo del PCF y fue el inicio de su posterior declive) o del PSOE en España, ayudaron a estabilizar las democracias burguesas occidentales, absorber parte de las demandas populares y neutralizar dinámicas de ruptura más profundas. La recomposición del sistema combinó así la ofensiva neoliberal con unas mínimas reformas parciales e integración política final de amplios sectores de una pseudo izquierda social.

  Construir una alternativa marxista-leninista en España.

  Esta es una posibilidad de la que nadie tiene una formula infalible o un camino trazado de antemano. En una nueva situación caracterizada por el previsible impacto del desarrollo de la inteligencia artificial sobre la clase obrera y capas populares, y en general en el conjunto de la ciudadanía al incentivar el abandono del razonamiento y el esfuerzo intelectual, no vale reproducir al pie de la letra formulas aplicables a otros tiempos. Habrá que tener en cuenta esta nueva realidad, así como la de la guerra cognitiva que promueve las fuerzas reaccionarias en curso. Pero los pueblos siguen disponiendo de una poderosa herramienta como método científico-filosófico y como guía para la acción y para el análisis de las nuevas realidades concretas con la que poder impulsar procesos de transformación social: el marxismo-leninismo.

   En ciertos sectores del capitalismo contemporáneo, la importación de mano de obra puede resultar más rentable y flexible para el capital que trasladar inversiones productivas a países de bajos salarios, especialmente en actividades que requieren presencia local o trabajo intensivo difícil de automatizar. El capitalismo global contiene una tendencia parcial a la igualación de costes laborales en sectores integrados internacionalmente, pero esa orientación no conduce a una homogeneización global de salarios, sino a una reconfiguración de las escalas salariales dentro de cada país y entre varios países para las mismas tareas. Lo que está claro es la proletarización de funciones que anteriormente estaban asignadas a un sector social medio debido a su mayor nivel de instrucción (sanidad o educación entre otros).

   La Inteligencia Artificial afectará tanto a la producción material como a los servicios reduciendo el trabajo humano necesario en ambos. En la producción material acelera la automatización y coordinación de procesos, y en los servicios sustituye tareas rutinarias (administración, robotización hostelería, suministros etc.), mientras actúa como apoyo en ámbitos complejos como sanidad o educación, entre otros. En conjunto, aumenta la productividad y reduce el trabajo por unidad producida, lo que en el modo de producción capitalista presionará a la baja sobre los salarios en tareas medias y rutinarias, incrementará el paro, mientras eleva el valor de los perfiles altamente cualificados capaces de diseñar, supervisar o integrar estos sistemas. Modificando así las bases para establecer mayores brechas salariales. Disparidades salariales agrandadas, que por otra parte siempre han existido en los sistemas, como el que indica nuestra Constitución, de “libertad de empresa en el marco de la economía de mercado.

    Eso hace que posiblemente las formas de lucha obrera tradicionales sufran alguna modificación o ganen más importancia unas con respecto a otras. Por ejemplo: paralelamente a la reducción del tiempo de trabajo necesario para la producción crece la importancia de la circulación de mercancías y la logística, lo cual hace que el bloqueo de vías de comunicación se está ampliando como método de presión para reivindicaciones laborales y protestas de todo tipo. 

   Sin embargo, tampoco es válido encorsetarse únicamente en la reivindicación y respuesta inmediata a los males que el sistema provoca, perdiendo de vista la superación del capitalismo. Lo cual conduce a ignorar los métodos y enseñanzas de la larga lucha de los trabajadores por su emancipación, y en especial en su condensación ideológica más elaborada; que pese a sus errores se ha visto expresado políticamente en los partidos comunistas.   

   Independientemente de que en el fuero interno de los partidos comunistas subsista la voluntad de acabar con el capitalismo o, por el contrario, encontrar un modus vivendis de influir en una dirección redistributiva de la riqueza social producida en un marco capitalista, hay una conclusión clara. Y ese corolario es que la pérdida de identidad ideológica y las integraciones en gobiernos socialdemócratas colaboradores en preservar el modo de producción capitalista, no solo dificultan los procesos de transformación social, es que también se traducen en retrocesos electorales para aquellos partidos comunistas que se integran dentro del sistema. (Francia 1981, Italia, Finlandia, Austria de la postguerra) y hasta incluso en la España de la transición inmodélica que, aunque la dirección del PCE no participó en el gobierno de Suárez, con bastante frecuencia apuntaló sus políticas (Pacto de la Moncloa). El espectacular avance electoral del Partido Comunista Italiano en 1975-1976 solo fue el anuncio de su disolución.

   A no ser que los comunistas hayan sido la fuerza políticamente hegemónica,  no hay un solo ejemplo en la historia, que haya demostrado que las coaliciones con partidos socialdemócratas neoliberales hayan abierto vías hacia la revolución socialista. Lo normal ha sido que los pequeños avances en la redistribución de la riqueza -y otras conquistas progresistas arrancados a los gobiernos socialistas con sacamuelas-, hayan sido presentadas y capitalizadas social y políticamente como una muestra de la sensibilidad social de determinados gobiernos socialdemócratas.  Y, por el contrario, cuando los llamados “gobiernos progresistas” -incluso aprobando algunas medidas redistributivas llamativas- no mejoran las condiciones generales de vida y trabajo, el desprestigio de la socialdemocracia arrastra a quienes con ellos han gobernado.

   La primera urgencia en España al día de hoy consiste en romper con el gobierno PSOE, someterlo a una potente critica ideológica y lanzarse a la calle para enfrentar los grandes problemas que aplastan a la mayoría social, sin que ello contribuya a facilitar el paso a la extrema derecha. Esto es: vivienda, sanidad, educación, jubilaciones, explotación laboral,  el continuo deterioro de las condiciones de vida, la creciente tendencia a la guerra, el rearme y las continuas incursiones militares del imperialismo.

     Hay que desenmascarar el demagógico discurso elaborado por la socialdemocracia, sus familiares “demócratas” y sus medios de comunicación, que lo único que pretenden es conservar en manos del PSOE la gestión de los intereses de los grandes capitales.

      Hay que mostrar sus vínculos, sus relaciones, sus tramas y no dejarse atrapar por ese engaño que los periodistas llaman “sentido de Estado” y otras beldades. Pero claro, eso supone varias cosas complementarias que no se reduce a que la actual dirección del PCE pierda la mayoría actual en el próximo XXII Congreso. Porque es posible que no la pierda.

      La revolución en España (o por lo menos la lucha contra el imperialismo y la apertura de vías al socialismo) no puede limitarse a la sola carta de ganar o perder un Congreso. Que, además, como hemos visto en el XX Congreso del PCE, de poco sirve ganarlo si no se produce una verdadera revolución ideológica interna.

      Por otra parte, el mundo comunista no se reduce a los militantes del PCE. La mayoría de los comunistas en este país lo constituye los que han salido del PCE y no se encuentran encuadrados en ninguna otra organización política. Hay un buen plantel de cuadros o futuros dirigentes, ya sea en espera de alternativas o formando parte de otras organizaciones comunistas, que justifican su existencia en los bandazos ideológicos y prácticos de la dirección reformista del PCE.

    En el panorama actual, creemos que sería un error que los militantes del PCE que se sitúan en posiciones críticas con la actual situación se recluyeran solo en el debate interno, sin esforzarse por la recuperación orgánica de los “comunistas sin partido”. Y, además, deben llevar a cabo una política plenamente adherida a la lucha de masas en la defensa de sus intereses inmediatos, pero en el marco de la lucha por la PAZ, contra el rearme, por la plena recuperación de la soberanía con la salida de la OTAN y de la actual UE, el rechazo a las bases militares extranjeras en nuestro suelo, siempre en la senda de la irrenunciable tarea de lograr el socialismo.  

 Independientemente de los resultados de este XXII Congreso, su celebración debe servir -o por lo menos intentarlo- para la recomposición del espacio revolucionario marxista-leninista.

    Es útil recordar la firmeza de Lenin en cuestiones de principios, sin olvidar que era sobre todo un hombre practico. Tras la derrota de la revolución de 1905, y desde 1906 a 1912, hizo esfuerzos por la unidad entre bolcheviques y mencheviques. Lenin no proponía una unidad sin principios, pero si acercamientos que permitieran una unidad y reagrupamiento orgánico de los socialdemócratas rusos (equivalentes a los marxistas en aquellas fechas). Durante ese periodo -e independientemente de que finalmente no fuera posible- se pueden encontrar numerosas afirmaciones de Lenin en ese sentido.

   En resumen, en la actual situación de los comunistas en el Estado español, creemos que el XXII Congreso del PCE proporciona la oportunidad de poner sobre la mesa el debate sobre la necesidad del marxismo-leninismo y sobre la aplicación del mismo en la situación específica del momento concreto en el que nos encontramos.

Programa, organización unitaria y militancia comunista frente a la crisis del capitalismo.

EL XXII CONGRESO DEL PCE
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