Fidel, Lavrov y la continuidad del combate contra el fascismo en su centenario
Si la URSS pagó con 27 millones de vidas la derrota del nazifascismo, la Federación Rusa asume hoy ese legado como deber jurídico y moral de la humanidad: impedir la revancha. Por eso la operación especial en Ucrania no es una coyuntura, es una necesidad histórica. Como ha explicado el propio Lavrov, «no teníamos otra opción», después de que fueran rechazados todos los intentos de arreglo político mediante los Acuerdos de Minsk. Se trata de la respuesta inevitable frente a un régimen banderista, pro-nazi, instalado en Kiev como ariete del Occidente otánico.
Síguenos en Hojas de Debate
En este 13 de agosto de 2026 pasado, cuando se cumplen cien años del natalicio de Fidel Castro Ruz, Moscú ha rendido homenaje allí donde la historia se hace piedra. Frente al monumento erigido en noviembre de 2022 por la Sociedad de la Historia Militar de Rusia, sobre una roca en la que está grabado el mapa de Cuba, se celebró el acto conmemorativo por el centenario del natalicio del líder histórico de la Revolución Cubana. No es un gesto protocolar. Es la constatación material de una continuidad. Cientos de ciudadanos rusos se congregaron aquel día frente a la estatua del Comandante en Jefe, en una escena marcada por banderas cubanas, ramos de flores rojas y un palpable sentimiento de reconocimiento hacia aquella época histórica y su legado.
Esa continuidad tiene hoy un nombre y una praxis diplomática que la sostiene: Serguéi Lavrov, a mi juicio el mejor diplomático del mundo contemporáneo. En él se condensa el hilo rojo que une la Victoria de 1945 con el presente. Si la URSS pagó con 27 millones de vidas la derrota del nazifascismo, la Federación Rusa asume hoy ese legado como deber jurídico y moral de la humanidad: impedir la revancha. Por eso la operación especial en Ucrania no es una coyuntura, es una necesidad histórica. Como ha explicado el propio Lavrov, «no teníamos otra opción», después de que fueran rechazados todos los intentos de arreglo político mediante los
Acuerdos de Minsk. Se trata de la respuesta inevitable frente a un régimen banderista, pro-nazi, instalado en Kiev como ariete del Occidente otánico.
La lógica de fondo no ha cambiado desde 1812 o 1941. Lo que se pretende es balcanizar Rusia para apoderarse de sus inmensos recursos, de su espacio, de su soberanía. Ayer Napoleón, ayer Hitler; hoy la misma ambición con otros rostros: un Macron que se presenta como renacido napoleoncito, un Merz que quiere hacer de Alemania, de nuevo, una potencia militar, y un Japón que rompe su Constitución pacifista y se rearma bajo un militarismo que constituye objetivamente el IV Reich. Frente a esa ofensiva por la hegemonía mundial, Rusia ha vuelto a decir, como en su gran guerra patria, que no habrá reparto colonial de su territorio.
En esa batalla por la verdad y las ideas, Lavrov ha recordado que Rusia y Cuba «están en el lado correcto de la historia». No es una consigna. Es la definición de una posición en el sistema-mundo. Cuando en 2020, en el 60 aniversario del restablecimiento de relaciones el 8 de mayo de 1960, Lavrov y Bruno Rodríguez Parrilla publicaron su artículo conjunto en Rossiyskaya Gazeta y Granma, se comprometieron a continuar el trabajo conjunto «para proteger plenamente su soberanía e independencia, así como el derecho a garantizar la seguridad y controlar su propio destino». Cinco años después, en el artículo «Rusia y Cuba: la hermandad a través de los años y la distancia» por el 65 aniversario, Lavrov reafirmó esa misma alianza prioritaria. Es el tracto sucesivo de una relación que no depende de gobiernos, sino de pueblos.
Y en el origen de esa etapa contemporánea está Fidel. Lavrov lo ha dicho sin ambages: Fidel no solo abrió una época nueva para su país, sino que estuvo en los orígenes de las relaciones ruso-cubanas actuales. Fue, como lo calificó el canciller ruso, un amigo sincero de Rusia que abrió una nueva página en la historia de los nexos bilaterales, y que hizo mucho para consolidar en los asuntos mundiales los valores de la paz, la libertad, la verdad y la justicia. Por eso su figura sigue operando como cemento político. Como señaló el vicecanciller Serguéi Riábkov en el acto del centenario, «la enorme contribución personal de Fidel Castro al establecimiento y fortalecimiento de nuestras relaciones bilaterales es invaluable» y «preservamos cuidadosamente y fomentamos el legado de Fidel. No se trata solo de la experiencia sólida de la interacción aliada, sino también de los lazos firmes de hermandad entre nuestros pueblos».
Esa hermandad se forjó en hechos. Diez visitas de Fidel a la URSS —la primera de ellas en 1963, una travesía que duró casi un mes durante la cual el Comandante recorrió casi toda la Unión Soviética y pudo conocer mejor a su pueblo—, la admiración que siempre expresó por un pueblo ruso al que atribuía un profundo anhelo de paz, una gran generosidad y una nobleza humana, y una huella en Cuba que aún vive. Como afirmó el embajador Enrique Orta González en Moscú, «Fidel Castro despertó en el pueblo cubano un afecto especial hacia el pueblo ruso. Se convirtió en el forjador de vínculos fraternales inquebrantables». Esos vínculos son los que hoy permiten entender por qué, a pesar de la lejanía geográfica, nuestros países están «unidos por los estrechos lazos de fraternidad probada por la experiencia de muchos años de cooperación en el espíritu de asociación estratégica».
La solidaridad entre ambos pueblos ha sido, además, recíproca y tangible. Cuando el desastre nuclear de Chernóbil golpeó a la entonces Unión Soviética, Cuba respondió con un programa de rehabilitación a gran escala que durante más de un cuarto de siglo brindó tratamiento y atención a 25.000 niños afectados, muchos de ellos provenientes de Rusia, Bielorrusia y Ucrania. El vicecanciller Riábkov lo ha reconocido sin reservas: «La solidaridad que Cuba muestra hacia nuestros compatriotas no tiene precedentes», y subrayó que no hay medida que pueda cuantificar el valor de quienes, a pesar de todas las dificultades que afrontó Cuba tras la caída de la Unión Soviética, organizaron y mantuvieron durante décadas ese programa. Los cubanos lo hicieron gratuitamente, sin obtener beneficio alguno, asignando subsidios de su ya ajustado presupuesto. Esa es la hermandad que Fidel supo sembrar y que hoy perdura.
En el centenario, la lección es clara. Lavrov, con su verbo sereno y su firmeza de principios, ha sabido desplegar esa continuidad. El canciller ruso ha hecho suyas las inmortales palabras de Fidel: «No existe fuerza en el mundo capaz de aplastar la fuerza de la verdad y las ideas». Y ha señalado, además, cómo esta sentencia del líder cubano se asemeja profundamente al célebre pronunciamiento del príncipe Alejandro Nevski: «Dios no está en la fuerza, sino en la verdad». Al establecer ese paralelismo, Lavrov no solo une dos tradiciones de resistencia y dignidad —la eslava y la caribeña—, sino que subraya la certeza de que la verdad, y no la fuerza bruta ni la agresión imperial, es la que finalmente prevalece. Defender a Cuba y defender a Rusia de la agresión otánica es el mismo combate.
Honrar a Fidel a los cien años de su nacimiento es, por tanto, honrar esa coherencia histórica. Moscú, al conmemorar su centenario y mantener viva la exposición sobre su vida y obra hasta el 10 de septiembre, no solo rinde tributo a un hombre: ratifica que la alianza ruso-cubana es una trinchera de la humanidad frente al fascismo redivivo.

