ISRAEL. ODIO, ASCO Y SILENCIO
El extraordinario artículo de Antonio Muñoz Molina publicado el pasado 18 de mayo en el diario El País, titulado “Pormenores del Infierno” , cuya lectura recomiendo, es esclarecedor.
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Enredados en las turbulencias de cada día, se desdibuja el conflicto más brutal y vergonzoso del siglo que estamos viviendo, arropado por la incapacidad de una reacción enérgica severa internacional, con la excepción de muy honrosas, aunque simbólicas e insuficientes excepciones. Brutal, porque aun cuando ejemplos de barbarie en el mapa del mundo no nos faltan, la realidad supera lo imaginable. Vergonzoso porque la salvaje y fría maquinaria orquestada por el gobierno israelí sobre los ciudadanos palestinos, recuerda demasiado a los crímenes nazi de la segunda guerra mundial.
En este contexto, el extraordinario artículo de Antonio Muñoz Molina publicado el pasado 18 de mayo en el diario El País, titulado “Pormenores del Infierno”, cuya lectura recomiendo, es esclarecedor.
En la primera parte, en la letra pequeña de los hechos, en la exposición de actos concretos realizados por soldados o carceleros sobre ciudadanos y ciudadanas palestinas, publicada en organismos y medios de difusión internacionales libres de sospecha partidista, se concentra la dimensión del horror. He aquí algunos párrafos entresacados de su artículo:
“En un informe del Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas de marzo de 2025 se enumeran los casos de violencia sexual, reproductiva y de género cometidos por Israel tras el ataque terrorista de Hamás el 7 de octubre de 2023. El 58% de los muertos palestinos son mujeres, niños y viejos. Las mujeres lactantes o en fase de crianza son objetivos permanentes de los militares israelíes, así como las muy precarias maternidades de los hospitales. Tiradores de precisión eliminan una a una a abuelas y madres que huyen con niños de un ataque, o que van en busca de agua o comida. Una mujer a punto de dar a luz recibió un disparo cuando se acercaba a un hospital, y los sanitarios no pudieron atenderla porque el fuego continuo se lo impedía. La vieron agonizar y morir a unos pasos de donde ellos estaban”.
“Uno de los soldados me introdujo un palo en el ano, lo dejó dentro un minuto, y luego lo sacó. Lo introdujo de nuevo con más violencia, y yo grité hasta el límite de mis pulmones. Después de otro minuto, lo sacó de nuevo y me dijo que abriera la boca. Me lo metió en la boca y me ordenó que lo lamiera”.
“A las presas palestinas se las desnuda para someterlas a registros vejatorios que fácilmente terminan en una violación, y en repetidas visitas a la celda de soldados varones y mujeres igualmente dispuestos a infligir nuevos tormentos sexuales”.
“No hay infierno de la literatura que se aproxime ni de lejos a lo que relatan esos testimonios. La vejación llega al extremo de usar perros adiestrados para que se ocupen de montar a los presos. Alguien filmó uno de estos espectáculos y lo publicó en las redes sociales con gran éxito”.
“No es una forma de tortura que practiquen solo los militares: en los territorios ocupados de Cisjordania, la violencia sexual sobre hombres, mujeres y niños la practican metódicamente los colonos ultraortodoxos “.
“Ninguna denuncia de abusos ha prosperado en el sistema judicial de Israel, que hasta hace no mucho parecía un modelo de independencia. Nueve soldados fueron castigados en 2024 cuando se hizo público el vídeo tomado por ellos mismos de la violación colectiva que habían cometido. Una multitud ciudadana, acompañada y alentada por dirigentes políticos, rodeó la prisión y la tomó por asalto. Los soldados fueron liberados. Netanyahu los calificó públicamente de héroes”.
Después del doloroso relato, al final de su artículo, Antonio Muñoz Molina nos conduce a un epílogo que deja abiertas preguntas inquietantes.
“Que haya israelíes con la suficiente decencia y coraje para denunciar tantos crímenes resalta más el envilecimiento de esa inmensa mayoría que según las encuestas apoya una campaña de exterminio que ni merece el nombre de guerra porque es sobre todo una continua agresión militar contra una población civil confinada entre ruinas y basuras. Pienso en eminentes escritores israelíes a los que leí y admiré y me pregunto si en el silencio que han elegido no habrá al menos una parte de vergüenza”.
Es este un tema de difícil encaje, que me ha llevado a revisar las memorias de un escritor alemán, Raymund Pretzel, publicadas bajo el pseudónimo de Sebastián Haffner con el título de “Historia de un alemán”, en las que hace una reflexión del paso de Alemania de la democracia a la dictadura nazi desde la llegada al poder de Hitler como canciller en 1.933, y la paralela (y sorprendente) transformación de la sociedad alemana en los años siguientes que intenta descifrar, hasta 1.938, año en que emigró a Inglaterra.
Haffner fue un radical opositor de Hitler desde el exilio y uno de los más destacados escritores sobre la historia alemana. En 1954, una vez acabada la II Guerra Mundial regresa a Alemania y colabora como columnista en varios periódicos de izquierdas. Estas memorias, escritas en su juventud, no se publicaron hasta después de su muerte.
“Pero ¿cómo evitar el odio y el sufrimiento si un día tras otro nos acosa constantemente una fuente de odio y sufrimiento? La única solución es ignorarla, desviar la mirada, taparse los oídos y aislarse. Pero esto sólo conduce a un endurecimiento producto de la debilidad y, en definitiva, a otra forma de delirio: la pérdida del sentido de la realidad.”
“¿Acaso no era posible mantener una postura que no le obligara a uno a nada de nada, ni siquiera a sentir odio y asco? ¿No existía la posibilidad de profesar un desprecio superior e imperturbable, de adoptar una actitud consistente en «mirar y pasar de largo»? ¿Todo, aunque fuese a costa de tener que renunciar a media vida pública, por mí incluso a toda mi vida pública?
Hasta concluir:
“Esta Alemania ha acabado siendo destruida y pisoteada por los nacionalistas, y finalmente ha quedado claro quién es su peor enemigo: el nacionalismo y el Tercer Reich. Quien desee ser fiel y seguir perteneciendo a esta Alemania debe juntar el valor necesario para asumir este hecho y todas sus consecuencias.”
Si sustituimos algunas palabras, se vislumbra la respuesta.

