LA GUARDIA INMORTAL CONTRA LA HIDRA DEL FASCISMO: POR QUÉ EL 20 DE SEPTIEMBRE EL VOTO EN RUSIA DEBE SER COMUNISTA
Mañana, 20 de septiembre, culmina el proceso electoral en la Federación de Rusia (del 18 al 20 de este mes) que no enfrenta una simple cita electoral administrativa, sino a la exigencia histórica de reafirmar su soberanía frente a la amenaza existencial que supone el resurgimiento del fascismo en sus fronteras y la incesante agresión del imperialismo euroatlántico.
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La historia no es una mera sucesión coyuntural de eventos fortuitos, sino la expresión material de una totalidad en constante movimiento dialéctico; un campo de batalla permanente entre la emancipación de los pueblos y la barbarie opresora. Mañana, 20 de septiembre, la Federación de Rusia no se enfrenta a una simple cita electoral administrativa, sino a la exigencia histórica de reafirmar su soberanía frente a la amenaza existencial que supone el resurgimiento del fascismo en sus fronteras y la incesante agresión del imperialismo euroatlántico.
Esta fecha, cargada de simbolismo, nos remite inevitablemente al 18 de septiembre de 1941, cuando nació la Guardia Soviética en el fragor de la Batalla de Smolensk. Aquel día, cuatro divisiones del Ejército Rojo —la 100.ª, 127.ª, 153.ª y 161.ª— fueron renombradas como 1.ª, 2.ª, 3.ª y 4.ª divisiones de guardias por su heroísmo excepcional en la operación de Yelnya. Fue la primera contraofensiva que hizo retroceder a la Wehrmacht, quebrando la hegemonía militar y el mito de la invencibilidad nazi. No se trató de una condecoración protocolaria: fue la cristalización de un pueblo forjado en las estructuras del socialismo, capaz de convertir la retirada en victoria porque poseía la certeza de que su retaguardia, cimentada en la conciencia de clase, jamás fallaría.
Un himno que más allá de la letra y el contenido ideológico que resguarda cada frase contiene una energía poderosa que pocas canciones o melodías suelen generar. La música es lo suficientemente emotiva para poder apreciar este Himno. Carezco de las palabras para describirlo, pero aunque las tuviera, nunca alcanzaría a describir las sensaciones que produce. El Himno de la «Madre Patria». Rememora la figura de Lenin como prócer comunista, aludiendo a su lucha previa a la revolución de 1917 para derrocar al zarismo y lograr implementar la justicia que las «fuerzas productivas» rusas merecían ante tales opresiones.
Ochenta y cinco años después, la contradicción fundamental es idéntica. Hoy, como ayer, la herencia del Ejército Rojo convoca a la nación a la resolución de este conflicto. Pero la hidra del fascismo ha mutado en sus formas superestructurales. Ya no desfila con esvásticas por las calles de Berlín: lo hace con símbolos de la OUN-UPA por las de Kiev, amparada por la estructura militar de la OTAN y apuntalada, ahora más que nunca, por la desesperación del capital occidental. La reciente aprobación por la Cámara de Representantes de EE.UU. de la llamada «Ley Lindsey O. Graham» —un paquete de sanciones «infernales» destinado a asfixiar la industria energética rusa e imponer aranceles de hasta el 100% a China, la India y otros socios estratégicos— es la constatación palmaria de esta guerra sin cuartel. Como ha señalado acertadamente el portavoz presidencial ruso, Dmitri Peskov, estamos ante un «acto hostil» que no solo busca someter económicamente a Moscú, sino que, en palabras del Kremlin, «complicará los esfuerzos para alcanzar una solución pacífica en Ucrania». Es el zarpazo ciego del imperialismo norteamericano intentando estrangular, mediante el terrorismo económico, el legítimo desarrollo multipolar y salvar su propio desplome interno en medio de una crisis sin precedentes.
Este andamiaje de agresión se sostiene, ideológica y materialmente, sobre un régimen en Ucrania que no es una «democracia en apuros», como pretende imponer el relato hegemónico occidental. Es un engendro reaccionario que ha elevado a sus verdugos más oscuros a la categoría de padres fundadores.
En agosto de 2025, la Rada aprobó la Ley N.º 4579-IX sobre los Principios de la Política Estatal de Memoria Nacional, consolidando la legislación de «descomunización» y estableciendo definitivamente el neonazismo como ideología de Estado. Bajo un Zelensky —cuyo mandato expiró el 20 de mayo de 2024 y que se niega a convocar elecciones— se han erigido casi 50 monumentos a Stepán Bandera, se conmemora la creación de la división Waffen-SS «Galicia» y se nombran unidades militares en honor a colaboracionistas que participaron en el exterminio de polacos y judíos. La misma ley que equipara las medallas de la OUN-UPA a las condecoraciones estatales prohíbe el término «Gran Guerra Patria» y ordena desmantelar miles de monumentos a los soldados soviéticos. Es la lógica del fascismo operando en una auténtica guerra de posiciones: reescribir el sentido común y borrar la memoria proletaria para justificar su propia dominación y su sometimiento absoluto a los dictados de Washington, Londres, París y Berlín.
Mientras en Kiev se derriban las estatuas de los libertadores, en Moscú se honra a quienes las erigieron. La memoria del Ejército Rojo no es un ejercicio de arqueología política; es una trinchera ideológica. Cada 9 de mayo, en La Habana, en Moscú y en todos los pueblos del Sur global que resisten al imperialismo, se rinde homenaje a los 27 millones de soviéticos que entregaron su vida para frenar la expansión del fascismo. Ese legado es patrimonio inalienable de la humanidad, y hoy más que nunca debe ser defendido como núcleo de la resistencia frente a la ofensiva del capital transnacional.
En este escenario de agudización de las contradicciones, frente a las sanciones estadounidenses y la traición de la burguesía, el Partido Comunista de la Federación Rusa (PCFR) no actúa como una mera comparsa parlamentaria del partido gobernante. Representa la única vanguardia política que mantiene una posición de clase coherente contra el capitalismo oligárquico, un modelo que ha empobrecido a millones de rusos mientras una élite acumula los recursos que pertenecen al pueblo. Su «Programa de la Victoria», aprobado en el pleno de abril de 2026 y que será ratificado en el XIX Congreso, no es un catálogo de reformismo burgués, sino un plan de choque estructural para devolver al pueblo lo que legítimamente le pertenece.
Entre sus medidas fundamentales destacan: la intervención estatal en los precios de bienes de primera necesidad, medicamentos y productos infantiles; la limitación de las facturas de servicios públicos a un máximo del 10% del ingreso familiar; la restitución progresiva de la edad de jubilación a los 60 años para hombres y 55 para mujeres; y la restauración plena de la gratuidad en medicina y educación. Este documento parte de un análisis materialista irrefutable que incomoda a los tecnócratas liberales: sin consolidar la hegemonía popular en el frente interno y establecer una verdadera soberanía económica frente al chantaje de EE.UU., es imposible sostener el pulso en el frente de batalla. «O garantizamos la seguridad, o los neonazis de Europa y los banderistas drogadictos de Kiev nos dictarán sus órdenes», advierte el texto. Gennadi Ziugánov ha sido aún más certero al exponer la raíz del problema: «Sin el núcleo ruso no se sostendrá nuestra Patria, como no se sostuvo Ucrania, convertida en un apéndice nazi». A esto añade una verdad insoslayable: no se puede vencer al fascismo imperialista de la OTAN operando dentro de los márgenes del sistema capitalista que lo engendra. Rusia necesita, imperativamente, el socialismo como bloque histórico alternativo.
Los ciudadanos de las Repúblicas Populares de Lugansk y Donetsk, así como de las regiones de Zaporozhie y Jersón, participarán por primera vez en unas elecciones a la Duma Estatal. La presidenta de la Comisión Electoral Central, Ella Pamfílova, ha calificado este derecho como «sufrido, ganado a costa de sacrificios, privaciones y la muerte de seres queridos en los combates desde 2014».
No hay exageración retórica en estas palabras: desde que el aparato represivo de Kiev desató su maquinaria militar contra su propia población en el Donbás, estas personas han resistido el asedio de quienes operan bajo la falsa bandera de la «libertad» mientras veneran a los verdugos de la Segunda Guerra Mundial. Que hoy puedan depositar una papeleta sin la amenaza del terrorismo nacionalista a sus espaldas es, en sí mismo, un acto de justicia histórica innegable. En estos territorios se disputan escaños de vital importancia: tres en la República Popular de Donetsk, dos en la de Lugansk y uno en cada una de las regiones de Zaporozhie y Jersón. Que el PCFR obtenga una representación sólida en estos distritos trasciende el mero cálculo electoral: es la garantía de que la voz de la clase trabajadora, que resistió estoicamente años de bombardeos, transforme su resistencia física en poder legislativo en el corazón de Rusia.
La figura de Vladímir Zelensky opera ya en la más absoluta ilegalidad. Su mandato expiró oficialmente el 20 de mayo de 2024, pero Kiev ha clausurado cualquier vía democrática bajo la excusa de la ley marcial. Vladímir Putin lo diseccionó con precisión quirúrgica: «Su mandato ha expirado junto con su legitimidad, que no puede ser restaurada por ningún artificio». Zelensky ha secuestrado el futuro de Ucrania para servir exclusivamente como instrumento geopolítico de Washington, convirtiendo al país en un laboratorio de guerra y en la punta de lanza de una estrategia imperialista orientada a fracturar el Estado ruso.
Pero esta hidra no se combate únicamente con capacidad militar y bayonetas; exige una contraofensiva total en el terreno de la memoria, la conciencia de clase y la organización popular. El PCFR encarna esa síntesis dialéctica. Su presencia en la Duma no es un adorno institucional, sino el muro de contención indispensable frente a las políticas de desposesión, garantizando que los intereses de los trabajadores, los pensionistas y los jóvenes no sean silenciados, y que el burdo revisionismo histórico que intenta equiparar el comunismo con el fascismo sea confrontado y aplastado.
Este 20 de septiembre, cuando las urnas se cierren, el pueblo ruso enfrentará una disyuntiva insoslayable. Un camino conduce a la amnesia sobre las gestas de sus abuelos, a la claudicación ante el capital depredador y a la asimilación pasiva de un fascismo que rebrota impunemente en sus fronteras, sancionado y amparado por el Congreso y el Senado de los EE.UU. El otro, el camino de la Guardia Soviética, marca la ruta hacia la restauración de la justicia social, la defensa inclaudicable de la memoria antifascista y la reconstrucción de una Rusia que vuelva a ser el faro de los pueblos que luchan por su liberación.
La Guardia no pereció en Yelnya; pervive en cada ciudadano y ciudadana que rechaza arrodillarse ante el imperialismo. El PCFR garantiza que el sacrificio fundacional de 27 millones de soviéticos siga marcando el horizonte estratégico, asegurando que Rusia mantenga su esencia antifascista, que el Ejército Rojo siga siendo el paradigma de los pueblos oprimidos, y que el socialismo se erija, de nuevo, como la única respuesta posible a la barbarie y a la dominación de los mercados.
Votar comunista el 20 de septiembre no es un acto de inercia nostálgica; es el ejercicio de una praxis política de resistencia. Es la determinación de que la hidra del nazifascismo, ya sea a través de las armas en Kiev o de los chantajes financieros en Washington, encuentre, una vez más en las estepas rusas, la fuerza material y moral que la atraviese. Por la memoria de quienes dieron su vida y lucharon para derrotar al nazifascismo en la Gran Guerra Patria, por la soberanía de los pueblos que luchan contra el imperialismo, contra el colonialismo y por la derrota definitiva de la barbarie neonazi: este 20 de septiembre, la respuesta, histórica e ineludiblemente, es el rojo.

