La importancia de estudiar la teoría revolucionaria

Una actividad revolucionaria eficaz exige que los cuadros políticos estén interesados por el estudio del marxismo-leninismo.

De manera bastante intuitiva constatamos continuamente que la falta de formación y el desinterés teórico conducen, una vez pasado cierto momento de actividad, a la frustración y al abandono al no lograr rápidamente lo pretendido (cuando no, ya desde el inicio, esta debilidad ideológica se liga a la falta de implicación en las tareas, la vacilación, el acomodamiento rutinario y la protesta inoperante; o peor aún: a una desviación oportunista, distanciándose abiertamente de la línea marxista-leninista). A veces esto se camufla y no se manifiesta tan rápidamente. Alguien sostiene una actividad que domina o que le aporta algún rédito, y solo cuando desaparecen las condiciones de rutina o compensación, y una nueva situación demanda su capacidad creativa, todo se descoloca, aparece la frustración y no es capaz de encontrar un camino para avanzar. Así han vuelto muchos militantes a casa o se han desviado de la línea o han caído paulatinamente en la inacción (amparados a veces en la queja inactiva y las viejas batallas, entendidas estas no como referencia y recuento para el actuar presente, sino como huida del actuar presente).

También comprobamos que, quienes en los momentos más difíciles no abandonaron las tareas propiamente comunistas ―no cualquier tarea bajo siglas comunistas, sino las alineadas con el marxismo-leninismo―, sostuvieron su convicción gracias a su conciencia política bien arraigada en la teoría.

Esto nos lo topamos y lo intuimos, pero está claramente expuesto en textos marxistas. El manual de marxismo-leninismo de Kuusinen lo menciona en el prefacio:

«Quien de veras llegue a comprender esta concepción del mundo [el marxismo-leninismo], adquirirá la convicción profunda no solo de la razón que asiste a la causa obrera, sino de la necesidad histórica del triunfo del socialismo en el mundo entero. Armado con la concepción marxista-leninista del mundo, aún el débil se convertirá en un hombre fuerte, políticamente firme y fiel a los principios. Adquirirá una convicción tan robusta que eso le permitirá resistir toda clase de pruebas».

La conclusión que se deduce de la práctica revolucionaria largamente acumulada es clara: una actividad revolucionaria eficaz exige que los cuadros políticos, para que puedan llegar a ser tales, estén interesados por el estudio del marxismo-leninismo; interés que deberá durar toda la vida y acompañar y guiar a la actividad práctica. Vencer el desinterés por la teoría, dar herramientas para lograrlo, orientar ese interés para que se desarrolle de la forma más firme y clara… son tareas sin las cuales no puede construirse nada sólido. Menos aún en una etapa de retroceso del movimiento revolucionario y de reinado de la confusión ideológica. Al mismo tiempo, es claro también el daño no solo intelectual, sino también emocional, que logra la burguesía cuando destruye o confunde la conciencia marxista.

El núcleo de la cuestión radica en que, quien tiene conciencia de lo que está construyendo, ve acompañada su actividad, incluso aunque aún esté muy lejos del resultado final, por la emoción del proyecto acabado. Lo ve, lo vive y se dirige a él no solo en los momentos de desarrollo. También ante las dificultades, e incluso en los retrocesos, encuentra el modo de resolver el problema y acercar el objetivo. La forma más compacta de expresarlo la encontramos en Lenin: «No lloriqueen, camaradas, venceremos sin duda alguna porque tenemos razón».

Así lo recodaba Stalin en su texto a la muerte de Lenin:

«Encontré a Lenin por segunda vez en 1904, en Estocolmo, en el Congreso de nuestro Partido. Se sabe que en este Congreso los bolcheviques quedaron en minoría y sufrieron una derrota. Por vez primera vi a Lenin en el papel de derrotado. No se parecían en nada a esos jefes que, después de una derrota, lloriquean y pierden los nervios. Al contrario, la derrota hizo que Lenin centuplicase su energía. Animando a sus partidarios para nuevos combates, para la victoria futura. Hablo de la derrota de Lenin. Pero ¿cuál era su derrota? Era preciso ver a los adversarios de Lenin, los vencedores del Congreso de Estocolmo, Plejanov, Axelrod, Martov y los demás: no eran, ni de lejos, verdaderos vencedores, porque Lenin, con su crítica implacable del menchevismo, no les dejó, como se acostumbra a decir, ni un hueso entero. Recuerdo como nosotros, delegados bolcheviques, después de reunirnos en un grupo compacto, observábamos a Lenin pidiéndole que nos aconsejase. En los discursos de algunos delegados se notaba el cansancio, el desánimo. Recuerdo como Lenin, contestando aquellos discursos, murmuró entre dientes y en tono mordaz:

-No lloriqueen, camaradas, venceremos sin duda alguna porque tenemos razón-.

El odio a los intelectuales llorones, la fe en las propias fuerzas, la fe en la victoria, de todo esto nos hablaba entonces Lenin. Se percibía que la derrota de los bolcheviques era pasajera, que los bolcheviques vencerían en un futuro muy próximo.

-No lloriqueen en caso de derrota-. Es precisamente este el aspecto particular de la actividad de Lenin que permitió agrupar a su alrededor a un ejército dedicado a la causa hasta el fin y henchido de fe en sus propias fuerzas.»

Lenin, con todo el dominio de la teoría y una minuciosa comprensión de la situación concreta, no iba a empequeñecerse ante una derrota coyuntural. Era necesario agrupar las fuerzas sanas y encontrar el modo de alcanzar la organización partidaria que luchara consecuentemente por el socialismo. A fin de cuentas, el oportunismo estaba sentenciado por su propia desviación respecto a las necesidades que imponía la revolución socialista. Fracasaría necesariamente, incluso por larga que fuese su victoria temporal sobre la línea revolucionaria. Al mismo tiempo, el modo de producción capitalista agudizaba sus contradicciones internas, actualizando una y otra vez la necesidad de la lucha obrera consecuente. «Venceremos sin duda alguna porque tenemos razón»; he ahí la convicción asentada sobre la ciencia. Todo el esfuerzo debía por tanto dedicarse a la victoria.

El propio Lenin, ante otro contexto, señaló esta misma serie de cuestiones en «La enfermedad infantil del izquierdismo en el comunismo». En este caso la crítica iba dirigida al izquierdismo: a la incapacidad de encontrar el modo de hacer avanzar la conciencia y organización obreras ante situaciones de atraso y en instituciones no revolucionarias. Ante estas situaciones carentes de toda épica, la convicción revolucionaria solo podía sostenerse sobre una conciencia clara de los objetivos y una comprensión del modo de hacerlos avanzar desde una situación lejana:

«No es difícil ser revolucionario cuando la revolución ha estallado ya y se encuentra en su apogeo, cuando todos se adhieren a la revolución simplemente por entusiasmo, por moda y a veces incluso por interés personal de hacer carrera. Al proletariado le cuesta mucho, le produce duras penalidades, le origina verdaderos tormentos ‘deshacerse’ después de su triunfo de esos ‘revolucionarios’. Es muchísimo más difícil −y muchísimo más meritorio− saber ser revolucionario cuando todavía no se dan las condiciones para la lucha directa, franca, auténticamente de masas, auténticamente revolucionaria, saber defender los intereses de la revolución (mediante la propaganda, la agitación y la organización) en instituciones no revolucionarias y con frecuencia sencillamente reaccionarias, en una situación no revolucionaria, entre unas masas incapaces de comprender en el acto la necesidad de un método revolucionario de acción. Saber percibir, encontrar, determinar con exactitud el rumbo concreto o el cambio especial de los acontecimientos susceptibles de conducir a las masas a la gran lucha revolucionaria, verdadera, final y decisiva es la misión principal del comunismo contemporáneo en Europa Occidental y en América.»

Así de determinante es el impulso que ejerce el dominio del marxismo-leninismo sobre la fuerza y la convicción ante las tareas comunistas. Como se ve, un impulso emocional ligado a su carácter predictivo, científico, intelectual, que a su vez se liga a sus implicaciones prácticas.

Una vez está clara la cuestión, ¿cómo dinamizar todos estos vasos comunicantes? Las siguientes preguntas encierran los pasos que debe resolver una correcta orientación ideológica partidaria. ¿Cómo despertar el interés cuando aún es débil? ¿Cómo hacer comprender la importancia de algo que apenas se conoce? ¿Cómo convertir esta comprensión incipiente en vívida inquietud? ¿Cómo guiar esa inquietud para que se desarrolle en la línea correcta y pueda llegar a orientar las necesidades revolucionarias? Avanzando sobre este proceso, que exige una importante tarea pedagógica ligada a la práctica, es como se camina hacia la propagación del dominio del marxismo-leninismo, que a su vez asegura una convicción férrea y eficaz.

Desde un punto de vista psicológico más general, no ceñido solo al trabajo político, Rubinstein resumió en unas líneas el fundamento de esta relación entre conciencia y emoción. Se trata de un fragmento de la página 519 del libro «Principios de la psicología general», 1978, Editorial Grijalbo: «El niño pequeño, que todavía no es capaz de prever el resultado de su actuación, no puede sentir por ello al principio de su actuación el efecto emocional del primer resultado. El efecto solo puede producirse cuando ya se alcanzó el resultado. En cambio, en un individuo que es capaz de prever los resultados y las consecuencias de sus actos pude darse ya desde un principio la vivencia, la relación de los futuros resultados de la actuación con respecto a los impulsos que condicionan su carácter emocional.»

Fuente: Revista La Comuna.

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