Opinión

Por un Partido Comunista fiel a los principios del marxismo-leninismo

La obra de Marx, de Lenin y de otros autores revolucionarios nos proporciona una extraordinaria guía para la acción que nos ayuda a derribar el viejo modo de producción y lograr la sociedad socialista ante situaciones sociales y políticas actuales diferentes. El marxismo-leninismo no constituye un dogma rígido sino un método en donde la teoría y la práctica aplicadas a realidades concretas están intrínsecamente unidas; su objetivo es comprender las dinámicas sociales para transformarlas activamente hacia el socialismo a través de la intervención política organizada.

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   Aquellos que hemos desfilado por el PCE, o que formamos parte de alguna de las organizaciones comunistas que de su tronco brotaron, no podemos pasar por alto el XXII Congreso del PCE que se celebrará en diciembre de este año.

  Son innumerables las causas de este interés. Entre ellas las obvias: el peligroso contexto internacional que vivimos, el continuo deterioro de las condiciones de vida y trabajo y el auge de la ultraderecha, entre otras. Pero, sobre todo, la ausencia de una alternativa política capaz de sintetizar la respuesta organizada de los sectores más avanzados de los trabajadores y canalizarlos en una perspectiva de superación del sistema. En otras palabras, avanzar hacia el socialismo partiendo de un capitalismo que continuamente se transmuta. 

     No es que no existan organizaciones que tenga esa voluntad, es que lo que se puede denominar movimiento comunista -en su conjunto- atraviesa una crisis de identidad interna, que le impide ser percibido en lo inmediato como una referencia política alternativa a un capitalismo que desde hace varios años está descomponiéndose.

   Habría que preguntarse cuál es la causa. A nuestro juicio confluyen varias razones distintas. Por una parte, la debilidad orgánica y el aislamiento de muchas pequeñas organizaciones comunistas y por otra la confusión ideológica por la falta de un análisis marxista-leninista riguroso ante el continuo cambio de la realidad existente en grandes y pequeñas organizaciones comunistas. 

    No es que los comunistas en general estemos ausentes de los numerosos sarpullidos de protesta que las contradicciones del capitalismo provocan. Al contrario, a menudo nosotros -o nuestro entorno más o menos próximo- somos la espina dorsal de todo aquello que se mueve. Lo que ocurre es que un movimiento que ha convertido la resistencia en el fin último de su existencia, es imposible que avance. Por el contrario, se ve expuesto a continuas deserciones, y con más frecuencia de lo que parece, a un posibilismo disfrazado de realismo, que se recrea en una crítica inofensiva al sistema capitalista existente.

   Ello a la vez genera reacciones en todas direcciones, algunas de las cuales han provocado la formación de nuevos partidos comunistas convencidos de que conservan la esencia del marxismo, o que son los “guardianes del templo” -esta vez convertida en la justificación de su existencia-, otras veces, en petulantes nuevas vías de corto recorrido para “superar” la crisis de identidad, y otras, finalmente, buceando en la literatura marxista para encontrar respuestas de corte exclusivamente intelectual. Sin descartar a quienes han creído encontrar nuevas señas de identidad en propuestas democráticas plenamente compatibles con la existencia del capitalismo. 

   Pero ¿por qué obligatoriamente hay que fundamentarse en el marxismo y en el leninismo? se preguntaran estos últimos. Y se pueden dar muchas respuestas de manual que figuran en los estatutos de todos los partidos comunistas. Pero lo más simple basta: “porque socialmente y en su conjunto, la mayoría trabajadora produce más valor del que -también socialmente y en su conjunto- recibe en concepto de salario”. A eso último no corresponde al marxismo su descubrimiento, pero si su sistematización, contextualización histórica y su teorización.

   En esa apropiación de trabajo ajeno estriba el secreto de una bolsa común de beneficios del capital, que por otra parte es repartida desigualmente entre sus partes componentes. A la comprensión y solución de este injusto arrastre histórico está dedicada la abundante literatura marxista, y la práctica política y social de millones de personas desde hace más de 175 años.

    El marxismo es la antítesis del capitalismo, y lo perseguirá hasta que lo destruya. El capitalismo -sin cambar su esencia-, se transmuta, se disfraza, adquiere nuevas formas, se agazapa, a veces se oculta. En otras ocasiones se renueva destrozándose a sí mismo y siempre busca nuevas formas de perpetuarse para seguir apropiándose del trabajo ajeno. Es por eso por lo que el marxismo-leninismo emerge como una poderosa guía para la acción ante cada nueva forma, etapa, o fase por las que atraviesa el capitalismo.

    Además, la historia ha demostrado que -hasta el momento- únicamente con métodos marxistas y análisis marxistas los explotados han conseguido colocarse en la vía por la que es posible iniciar el camino hacia la abolición final de las clases sociales. No por mucho repetirlo deja de ser verdad que con la Revolución Soviética de 1917 se abrió un nuevo periodo en la historia de la humanidad. Un nuevo tiempo que con avances y retrocesos -como también le ocurrió a la burguesía antes de consolidarse como la clase dominante frente al feudalismo-, esta caracterizado por el ocaso del modo de producción capitalista. Lo cual no quiere decir que el socialismo se dará por sí solo sin la intervención consciente del ser humano.

     Como se ha visto en la historia, sin una alternativa política que lo sustituya, un modelo económico-político cuyo organigrama distributivo, que controla una minoría que explota y oprime a la clase obrera y capas populares, y que ha agotado todas sus posibilidades de mejorar las condiciones de vida y trabajo, no solo es que está en descomposición, es que manteniéndose en este estado de putrefacción puede desembocar en un retraso social de siglos.

     Más ni un capitalismo en descomposición garantiza desembocar necesariamente en el socialismo. La obra de Marx, de Lenin y de otros autores revolucionarios nos proporciona una extraordinaria guía para la acción que nos ayuda a derribar el viejo modo de producción y lograr la sociedad socialista ante situaciones sociales y políticas actuales diferentes. El marxismo-leninismo no constituye un dogma rígido sino un método en donde la teoría y la práctica aplicadas a realidades concretas están intrínsecamente unidas; su objetivo es comprender las dinámicas sociales para transformarlas activamente hacia el socialismo a través de la intervención política organizada.

  Y esa alternativa solo la puede ofrecer un partido que sintetice en cada momento concreto los intereses y aspiraciones objetivas y subjetivas de la parte más avanzada de los trabajadores. Eso significa también que no hay partidos de la clase obrera de una vez y para siempre; pues a veces un partido político no acaba de captar los cambios en la realidad material y social y responder adecuadamente ante situaciones novedosas. 

    Es cierta la constatación de que lenta, pero inexorablemente, el contexto mundial apunta hacia la desaparición del modo de producción capitalista. Sin embargo, puede mantenerse en estado de descomposición durante decenios y, ¿quién sabe?, quizás durante siglos. En ese caso, las condiciones de vida y trabajo de la mayoría trabajadora seguirán deteriorándose en razón directa al obligado reparto desigual de la riqueza social producida. Ahora -más que antes- el modo de producción capitalista utiliza la reducción del tiempo de trabajo que le proporciona la tecnificación, la ciencia, la robotización y la inteligencia artificial para empujar hacia la baja los salarios, ampliar las brechas salariales, incrementar la apropiación privada de plusvalía y aumentar el paro y la miseria.

      El modelo economizo de un capitalismo que hizo compatible la explotación y la opresión de la clase obrera con ciertas mejoras de sus condiciones de vida y trabajo para los trabajadores hace ya varios años que no es posible.  El llamado Estado del bienestar europeo occidental, ahora en desaparición acelerada, fue viable por la victoriosa lucha obrera y popular contra el fascismo en la II Guerra Mundial que mejoró su presencia en las entrañas del aparato de estado burgués y por el papel protagonista de la Unión Soviética como promotora y referente de transformaciones sociales profundas, cuando las plusvalías generadas por el trabajo asalariado no enriquecían al capital, sino que se destinaban a la mejora de las condiciones de vida de la ciudadanía en materias de derechos laborales, sanidad y educación públicas, vivienda, cultura, infraestructuras etc. La URSS incentivó, como un modelo a imitar, las movilizaciones sociales que hicieron posible el retroceso de la clase acaudalada en el resto del continente europeo. Y también por la posición privilegiada de una Europa occidental capitalista dentro de una economía mundial desigual, donde parte del excedente global provenía del trabajo barato y de relaciones económicas asimétricas con la periferia, es decir, mediante el colonialismo.

    Pero ahora, cuando los voceros del sistema económico-político van anunciando “preventivamente” que las próximas generaciones vivirán peor que las presentes, es que el sistema -por mucho que se tecnifique- seguirá degradando las condiciones de vida de la clase asalariada y de las capas populares con la desaparición del incuestionable referente del bloque socialista europeo. La producción, y sobre todo distribución de la riqueza social producida ha entrado en contradicción con el alto grado de desarrollo de las fuerzas productivas. El sistema ha entrado en fase terminal.  

     La robotización, el avance técnico y científico, y la inteligencia artificial -aplicable a la producción material- han acelerado la tendencia a la disminución del tiempo de trabajo necesario, pero con ello también se tiende a erosionar la fuente de la que se extraen los beneficios empresariales: el trabajo asalariado.   

     Pero al mismo tiempo que se reduce el manantial del que extraer plusvalía, un capitalismo que ha alcanzado un elevado grado de concentración de capital y que controla los sectores estratégicos de la economía adquiere la capacidad de imponer precios de monopolio y oligopolio sobre bienes y servicios cuya demanda y necesidad han sido previamente estudiadas y moldeadas. De este modo, se compensa parcialmente la tendencia a la caída de la tasa de beneficio, trasladando sobre la sociedad precios que permitan preservar beneficios aún aceptables para el capital.  En esas condiciones, ya no es únicamente la clase trabajadora de la que se extraen beneficios, ahora es también la sociedad consumidora -capas medias- la que acaba siendo saqueada para sostener los beneficios suficientes que mantienen el capitalismo vivo.

   Como hemos visto, la reducción del tiempo de trabajo para cubrir las necesidades humanas empuja hacia la desaparición del capitalismo, pero a la vez la misma causa, crea contrapesos que lo apuntalan. La resolución final dependerá de cómo se articulen esas dos fuerzas que empujan en sentido contrario, es decir, de la lucha de clases. Y sobre todo de cómo se perciba eso en la conciencia social.

    Así las cosas, hoy surgen dos propuestas principales para la supervivencia del capitalismo, o por lo menos para la forma que lo conocemos en Occidente. Por una parte, se pretende reproducir el sistema económico neoliberal combinando el empeoramiento de las condiciones de vida con medidas que amortigüen la creciente desigualdad con algunas ayudas y subvenciones, necesarias para no morir de hambre. Pero, con frecuencia esto se hace a costa de endeudar a las descendencias venideras mediante el traspaso de la deuda pública a generaciones futuras. Estas tendrán que pagarla con nuevos impuestos, y mayores recortes sociales. La deuda pública de los Estados en relación al PIB se ha duplicado en Europa y EEUU desde los años sesenta del siglo pasado.

   Este tipo de capitalismo neoliberal (que pone el acento en la palabra democracia) se adorna ideológicamente con ciertas libertades individuales que promueven falsas reivindicaciones identitarias con la finalidad de socavar la conciencia de clase y que contribuyen a sostener el viejo orden social. A esta propuesta se alista tanto la socialdemocracia clásica, como algunos liberales y cristianodemócratas. Pero también han conseguido reclutar a gentes de orígenes ecologistas y pseudo revolucionarios, fichándolos para la defensa de “su democracia”. 

   Y, por otra parte, las grietas aparecidas en el sistema capitalista, junto con la ausencia de una organización comunista digna de ese nombre, han facilitado el surgimiento de una derecha y ultraderecha que reproduce coreografía fascista, y se aprovecha de la falta de credibilidad de los sistemas “democráticos” surgidos después de la II Guerra Mundial. Su propuesta económica consiste en activar la inversión privada incrementando el grado de explotación de los trabajadores y acelerar el ritmo de los recortes sociales y la generalización de los procesos de privatización a costa de lo que resta de sectores públicos de producción. Todo ello propone decorarlo con restricciones o supresiones de libertades -ley mordaza- hoy normalizadas e integradas dentro del sistema. “Libertades” a las que señalan como causa de todos los males.

    Ninguna de estas dos propuestas pone en cuestión la persistencia del capitalismo. Ambas alternativas hacen su oferta de gestión del mismo sistema económico. Pero encubiertas con proclamas ideológicas, que ocultan la raíz de los problemas reales. 

    Estos proyectos aceptan el liderazgo político y militar del imperialismo, ya sea en la versión demócrata o republicana; lo que les conduce a refriegas provocadas por la competencia para gestionar el mismo sistema económico capitalista. Con frecuencia sus argumentos son intercambiables y mutuamente influenciables. 

  Las contradicciones internas del modo de producción capitalista occidental son agravadas por un contexto mundial caracterizado por el ascenso de una China industrializada que a la vez que proclama oficialmente la intención de crear las bases materiales del socialismo (¿con características chinas?) arrastra el lastre de que no ha agotado todavía las posibilidades de desarrollo económico bajo parámetros capitalistas debido a su tamaño y gran población y a la extrema pobreza de mediados del siglo pasado; de que persisten aún diferencias económicas entre zonas desarrolladas y otras muy atrasadas. El desenlace final de China dependerá de si el desarrollo de la ciencia, la técnica y la Inteligencia artificial y con ello la disminución del trabajo necesario para cubrir necesidades humanas, corra paralelo a una aminoración del espacio económico privado –en la actualidad un 50% del proceso de producción general- en beneficio de un incremento del proceso de socialización. Una cuestión decisiva en la que el partido comunista de la República Popular de China juega un papel esencial.

    Sin tiempo ni espacio para entrar en este debate -a nuestro juicio- y relacionado con el párrafo anterior, opinamos que, aun cuando se retroceda, la historia nunca anda para atrás permanentemente. La reimplantación, por ejemplo, del capitalismo en Rusia, y la consiguiente imposición de una Constitución a imagen y semejanza de las constituciones liberales de occidente, fue producto de un proceso contrarrevolucionario que fue gestándose en décadas anteriores tanto dentro como fuera del PCUS.

   Son varias, e influyentes las oligarquías capitalistas que han aparecido en Rusia, pero también ha sido imposible desmantelar completamente el importante sector público creado bajo el socialismo; pero eso no nos debe confundir. Ni la existencia de un sector privado en la economía de China que coexiste con un sector público que abarca el 50% de la producción total, ni la de un sector estatal muy importante en Rusia, nos dice con certeza si ambos países caminaran en el porvenir hacia el socialismo. El futuro no está escrito y dependerá de la movilización de las masas y de las organizaciones políticas que ofrezcan alternativas antiimperialistas y sienten las bases de un desarrollo social que conduzca al socialismo.

   Dejando sentado de que la política exterior y doméstica de todo Estado se ajusta a los intereses de la clase dominante en ese Estado, hoy por hoy, el crecimiento de China ofrece a países de segundo orden o del tercer mundo -al margen de la clase social dominante en cada país- la posibilidad de escaparse de la dependencia del bloque militar-capitalista imperialista que encabeza EEUU. Lo cual debilita las posibilidades de los países capitalistas desarrollados e imperialistas de descargar sus crisis y contradicciones internas en países dependientes. Contradicciones internas entre las que se encuentra la superproducción capitalista y la consiguiente búsqueda desesperada de mercados, el exceso de capitales inversores (ficticios o reales) y la creciente necesidad de materias primas. 

   El retroceso económico del imperialismo norteamericano, le obliga a incrementar la agresividad militar cualquiera que sea su administración, e independientemente de si gobiernan los demócratas o los republicanos. Lo cierto es que el intento de la OTAN de rodear militarmente a Rusia colocando bases militares en Ucrania, ha provocado una guerra de la OTAN contra Rusia en territorio ucraniano que amenaza extenderse por el continente. Guerra que, si bien responde a los intereses económicos del capitalismo europeo y norteamericano, también está siendo aprovechada por ciertos oligarcas rusos relacionados con la industria armamentística como denuncian comunistas rusos, aunque la mayor parte del complejo militar-industrial pertenece o está fuertemente controlada por el Estado a través de grandes conglomerados como Rostec.

   Últimamente la existencia de aparentes contradicciones “no antagónicas” en el mundo capitalista occidental, está escenificando en la Unión Europea un relativo y diplomático alejamiento de Estados Unidos, para ocultar el incremento real de la aportación armamentística europea que Trump exige para beneficio del imperialismo. 

  El aumento del gasto militar europeo responde tanto a la presión histórica de EE.UU. (acentuada por Trump), como a las intenciones de los grandes capitales, alemanes y franceses de participar en el reparto de los recursos ucranianos y eventualmente los de una Federación de Rusia derrotada militarmente. Pero, aunque se presenta como “autonomía europea”, en la práctica sigue muy integrado en la estructura estratégica-militar de la OTAN y el liderazgo estadounidense. Muchos países europeos compran cazas F-35, sistemas Patriot, tecnología militar estadounidense. Así que una parte del rearme europeo termina beneficiando a la industria militar de Estados Unidos. El discurso de “Europa más autónoma” termina materializándose precisamente en aquello que Washington llevaba años reclamando: una Europa más militarizada y con “mayor gasto en defensa” para su particular provecho.

    Sumar (de la que el PCE es fuerza numéricamente mayoritaria) ha asumido en buena medida la idea de una mayor autonomía estratégica europea, aunque intentando disfrazarla con un discurso menos militarista que el de otros sectores europeístas. Sin embargo, la guerra de Ucrania ha empujado -en la práctica- a fuerzas reformistas de izquierda hacia posiciones políticas compatibles con el marco militar de la OTAN.

   Es a partir de este contexto internacional de creciente tendencia hacia la guerra generalizada y desde una óptica marxista-leninista, de clase e independiente de los dos bloques ideológicos que compiten por hacerse con la gestión del capitalismo en occidente, es como creemos que los comunistas tienen que concretar las propuestas políticas para nuestro país.

Programa, organización unitaria y militancia comunista frente a la crisis del capitalismo.

EL XXII CONGRESO DEL PCE
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2 thoughts on “Por un Partido Comunista fiel a los principios del marxismo-leninismo”

  • Roberto Rapalo

    Sumar es una resta, son reformistas en el mejor de los casos, pero ni eso son. La alianza debe ser con Podemos. Ojo, y siempre, siempre , en toda proclamación táctica hay que agregar que nuestro objetivo final es destruir la estructura burguesa e instaurar la dictadura del proletariado. A veces hay comportamientos, que se pueden percibir como dignos de un partido socialista más.

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    • Redstar

      La alianza con Podemos es la que nos ha llevado a estar donde estamos.

      ¿Y quieres repetir?

      Por favor.

      Responder

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