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Debate: ENCRUCIJADA ESTRATÉGICA DEL PC/DILEMA EN EL PCE; ¿GESTOR DEL RÉGIMEN EN EL PCE O PARTIDO DE CLASE?

La irrupción y consolidación de la ultraderecha no puede entenderse al margen de esta realidad. Su capacidad para conectar con sectores populares responde, en buena medida, a las carencias de la izquierda institucional y a la frustración acumulada ante la falta de respuestas efectivas. La extrema derecha canaliza el malestar mediante discursos simplificadores, pero lo hace sobre una base real de descontento. Negar esta base o reducir el fenómeno a un problema comunicativo impide abordar sus causas profundas y, en consecuencia, combatirlo con eficacia.

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El Partido Comunista de España atraviesa hoy un momento decisivo que interpela directamente a su militancia y al conjunto de quienes siguen reconociéndose en el horizonte histórico del comunismo. La etapa reciente ha estado marcada por decisiones políticas que, vistas en perspectiva, exigen una revisión crítica sin concesiones. No se trata de un ejercicio retórico ni de una autocrítica formal, sino del reconocimiento de que las respuestas dadas en los últimos años no han estado a la altura de los desafíos. Esta constatación se vuelve especialmente relevante en un contexto atravesado por la agudización de las contradicciones del capitalismo y por una creciente desorientación de la clase trabajadora.

El escenario internacional contribuye de manera decisiva a esta situación. La proliferación de conflictos armados, la consolidación de bloques geopolíticos en disputa y la normalización de la guerra como instrumento de reorganización del orden mundial configuran un marco de inestabilidad permanente. A ello se suma una percepción cada vez más extendida de que el futuro no garantiza ni mejora material ni estabilidad vital. La crisis de expectativas no es un fenómeno abstracto: se traduce en una sensación de bloqueo que afecta directamente a la capacidad de la izquierda para articular proyectos políticos con credibilidad.

En el plano interno, la clase trabajadora se enfrenta a una acumulación de problemas estructurales que configuran un escenario de precariedad generalizada. La crisis de la vivienda se ha convertido en un factor central de exclusión social, mientras el estancamiento salarial y el aumento sostenido de los precios erosionan el poder adquisitivo. A su vez, el deterioro de los servicios públicos, fruto de décadas de políticas de ajuste, debilita los mecanismos de protección social.

En este contexto, amplios sectores sociales se ven obligados a instalarse en una lógica de mera supervivencia cotidiana.

La irrupción y consolidación de la ultraderecha no puede entenderse al margen de esta realidad. Su capacidad para conectar con sectores populares responde, en buena medida, a las carencias de la izquierda institucional y a la frustración acumulada ante la falta de respuestas efectivas. La extrema derecha canaliza el malestar mediante discursos simplificadores, pero lo hace sobre una base real de descontento. Negar esta base o reducir el fenómeno a un problema comunicativo impide abordar sus causas profundas y, en consecuencia, combatirlo con eficacia.

El papel del gobierno de coalición merece, en este sentido, una evaluación rigurosa. Aunque se han producido avances parciales, también es evidente que muchas de las expectativas generadas han quedado incumplidas. La distancia entre el discurso y la práctica ha contribuido a erosionar la credibilidad de la izquierda, alimentando la percepción de que las promesas de transformación se subordinan sistemáticamente a los límites institucionales. Este desgaste no es menor, pues incide directamente en la capacidad de movilización y en la construcción de alternativas políticas.

En este marco han comenzado a abrirse debates de fondo sobre qué debe ser la izquierda en la actualidad. Son discusiones imprescindibles que no pueden reducirse a la reorganización de siglas o a cálculos electorales. La cuestión central es cómo traducir un análisis riguroso de la coyuntura en una práctica política capaz de intervenir en la realidad. Sin embargo, existe el riesgo de que estos debates queden atrapados en dinámicas superficiales o se desvíen hacia disputas internas sin proyección estratégica.

La dimensión internacional de las contradicciones se expresa con especial claridad en la actuación de las potencias occidentales. Estados Unidos continúa desempeñando un papel central en la configuración del orden global, mientras la Unión Europea actúa en muchos casos de forma subordinada a esa estrategia. En este contexto, los conflictos armados no son episodios aislados, sino expresiones de una lógica estructural. Las posiciones adoptadas por los distintos gobiernos reflejan su alineamiento en este tablero geopolítico.

La política exterior del Estado español ha oscilado entre gestos puntuales de diferenciación y una adhesión general a las posiciones dominantes. Esta ambivalencia dificulta la construcción de una línea coherente basada en principios sólidos. Ejemplos como el apoyo a la continuidad de la guerra en Ucrania, sin un cuestionamiento real de sus costes humanos, evidencian los límites de una estrategia que pretende compatibilizar posiciones difícilmente conciliables.

Ante este panorama, resulta ineludible abordar la cuestión del papel del Partido Comunista de España en el nuevo ciclo histórico. No se trata únicamente de una discusión identitaria, sino de una definición estratégica que condiciona su capacidad de intervención. Las respuestas que se articulen en el corto plazo serán determinantes para la viabilidad del proyecto comunista y para su capacidad de incidir en los conflictos sociales más allá del ámbito parlamentario.

Uno de los aspectos que requiere una revisión más profunda es la orientación adoptada en relación con el gobierno de coalición. La participación en el Ejecutivo ha condicionado de manera significativa la actividad política del PCE, tanto en términos estratégicos como en su proyección pública. Se ha producido un desplazamiento desde una posición de apoyo crítico hacia una dinámica de subordinación que limita la autonomía política.

Este proceso ha contribuido a diluir su perfil propio, dificultando su identificación como un actor diferenciado dentro de la izquierda.

La centralidad otorgada a la acción institucional, especialmente en el marco del Consejo de Ministros, ha reducido el margen para desarrollar una estrategia independiente. La política ha quedado en gran medida circunscrita a la gestión de lo existente, en lugar de orientarse a la transformación de las condiciones que lo sostienen. Este desplazamiento afecta al núcleo del proyecto comunista, históricamente vinculado a la superación del orden capitalista y a la construcción de alternativas de poder popular.

La relación con el Partido Socialista constituye un elemento clave en este análisis. La experiencia reciente muestra que la estrategia de influencia desde dentro presenta limitaciones evidentes. El PSOE ha demostrado una notable capacidad para absorber propuestas de la izquierda, incorporarlas a su discurso y gestionarlas en función de sus propios intereses. En muchos casos, esto implica la desactivación de las medidas más ambiciosas o su adaptación a los márgenes del sistema.

Este funcionamiento plantea un problema estratégico: la dificultad de condicionar la acción del gobierno sin quedar subordinados a su lógica. La experiencia acumulada sugiere que la subordinación no garantiza avances significativos y, al mismo tiempo, erosiona la identidad política propia. Sin embargo, la alternativa no puede reducirse a una retirada de la acción institucional sin más, sino que exige la construcción de una estrategia capaz de combinar intervención institucional y acumulación de fuerzas en el plano social.

En este sentido, resulta imprescindible recuperar una concepción de la política que trascienda el ámbito institucional. La construcción de una alternativa transformadora requiere el fortalecimiento de los movimientos sociales, la organización de la clase trabajadora y la generación de dinámicas de conflicto que cuestionen las relaciones de poder existentes. Sin este componente, la acción institucional corre el riesgo de convertirse en un fin en sí mismo.

Del mismo modo, es necesario redefinir el discurso político en términos que conecten con la experiencia concreta de la mayoría social. No se trata únicamente de una cuestión de lenguaje, sino de contenido. Las propuestas deben responder a necesidades reales y ofrecer soluciones que, aun siendo ambiciosas, resulten comprensibles y creíbles. La capacidad de articular un proyecto que dialogue con las condiciones de vida de la clase trabajadora es fundamental para disputar la hegemonía a las fuerzas reaccionarias.El momento actual exige, en definitiva, una reflexión estratégica profunda. El Partido Comunista de España se enfrenta a la necesidad de redefinir su papel en un contexto marcado por la intensificación de las contradicciones sociales y por la crisis de los modelos políticos existentes. Esta tarea no puede abordarse desde la inercia ni desde la adaptación pasiva, sino mediante una apuesta consciente por reconstruir una estrategia propia, capaz de combinar análisis riguroso, coherencia ideológica y capacidad de intervención práctica. Solo así será posible recuperar la iniciativa política y contribuir de manera efectiva a la transformación social en favor de la clase trabajadora.

Julio Casas, militante del PCE en Ciudad Real.

DILEMA EN EL PCE; ¿GESTOR DEL RÉGIMEN EN EL PCE O PARTIDO DE CLASE?

Crítica de Juanjo Llorente al artículo «Encrucijada estratégica del PCE» del camarada Julio Casas.

El Partido Comunista de España vive un momento decisivo. No es solo una cuestión de imagen ni de “relato”, sino el resultado de una orientación política que durante años ha tendido a adaptarse al marco del régimen del 78 y a la gestión del capitalismo. El reciente artículo de Julio Casas “Encrucijada estratégica del PCE”, señala bien algunos elementos de esta situación, pero se queda corto a la hora de concretar responsabilidades y de plantear alternativas. Seguidamente lo analizaremos buscando potenciar un debate necesario en el movimiento comunista, ya iniciado con nuestra entrada anterior sobre el XXII Congreso del PCE que, a su vez, intenta hacer aportacionesa otro artículo (pre-congresual) de dirigentes del sector crítico del PCE: “Hay partido”.

Un marco de crisis y desorientación

Ciertamente, la coyuntura internacional está marcada por el aumento de conflictos armados, el choque entre bloques geopolíticos y la normalización de la guerra como herramienta para reordenar el mundo. Esto se combina con una sensación generalizada de que el futuro no garantiza ni estabilidad ni mejora material para la mayoría social. En el Estado español, la clase trabajadora vive una suma de problemas que se refuerzan entre sí: precariedad laboral, salarios estancados, crisis de la vivienda, subida de precios o deterioro de los servicios públicos.

El camarada Julio Casas describe bien este escenario y la extensión de una lógica de mera supervivencia cotidiana. Y mientras que la ultraderecha crece sobre ese escenario, sabiendo canalizar el descontento mediante un discurso simplificador pero apoyado en malestares reales, la izquierda sigue fuera de juego. Reducir su falta de avance a un “fallo comunicativo” sería peor que un error, porque hay una distancia evidente entre las expectativas generadas y las respuestas ofrecidas a la población trabajadora.

Gobierno de coalición y “peajes” asumidos

El artículo de Julio Casas apunta que el gobierno de coalición ha dejado un balance ambiguo: algunos avances parciales, muchas promesas no cumplidas y una brecha entre el discurso y la práctica. Una brecha que  ha contribuido a desgastar la credibilidad del conjunto de la izquierda y a reforzar la idea de que los límites institucionales se imponen siempre sobre cualquier proyecto de cambio.

Sin embargo, el artículo no profundiza en el papel concreto del PCE en esta dinámica. La participación en el Ejecutivo ha ido desplazando una posición de apoyo crítico hacia una práctica de subordinación que ha reducido su autonomía política. La centralidad otorgada a la acción en el Consejo de Ministros y en los aledaños del poder han dejado en segundo plano la organización por “núcleos” en centros de trabajo, barrios y movimientos sociales para impulsar la movilización.

El resultado es un partido cada vez más identificado con la gestión del “mal menor”, renunciando a ser un instrumento de la clase trabajadora para cuestionar las relaciones de poder existentes. El propio artículo reconoce que la política se ha “circunscrito a la gestión de lo existente”, pero no termina de extraer las consecuencias principales (“estratégicas”) que se derivan de ese reconocimiento.

Relación con el PSOE y dilución de identidad

Otro punto que el artículo señala, aunque de forma implícita, es la relación con el Partido Socialista. La experiencia demuestra que la estrategia de “influir desde dentro” tiene límites claros: el PSOE tiene una gran capacidad para absorber propuestas, adaptarlas a los márgenes del sistema y rebajar su alcance. El problema no es solo que se frenen medidas, sino que el PCE ve diluido su perfil propio. La militancia y los sectores sociales que miran al partido encuentran dificultades para distinguirlo de una izquierda genérica integrada en la lógica gubernamental. El artículo habla de “dilución” y “subordinación”, pero sin nombrar de forma nítida la necesidad de independencia de clase frente al PSOE y las instituciones configuradas por la constitución del 78.

Del mismo modo, en el plano internacional, el texto recoge la ambivalencia de la política exterior del Estado español: algunos gestos de diferenciación, pero en general alineamiento con la estrategia de Estados Unidos y de la Unión Europea. Cita como ejemplo el apoyo a la continuidad de la guerra en Ucrania, sin cuestionamiento real de sus costes humanos. Pero aquí también falta un paso más. No se aborda a fondo la responsabilidad del espacio político donde se ubica el PCE en la aceptación del marco de la OTAN (recuérdese por ejemplo la declaración del Secretario Enrique Santiago diciendo que mientras sigamos vinculados por la firma del tratado del atlántico norte…), ni se conecta esta política con otros escenarios como Palestina. Sin una ruptura clara con esa arquitectura militar y económica, la palabra “paz” corre el riesgo de quedar vacía.

El artículo igualmente  insiste en la necesidad de “fortalecer los movimientos sociales”, “organizar a la clase trabajadora” y construir “poder popular”. Son formulaciones difícilmente cuestionables de principio, pero que quedan demasiado generales si no se acompañan de una propuesta organizativa concreta. La cuestión clave es cómo se traduce eso en práctica diaria: presencia en sectores estratégicos, comités de empresa, secciones sindicales, plataformas de vivienda, espacios de defensa de los servicios públicos y de lucha contra la carestía. Sin esa inserción real, la idea de poder popular se queda en un horizonte deseable pero difuso.

Hacia una salida de clase para el PCE

Más allá del artículo de Julio Casas, en consecuencia, si aceptamos que el contexto es de crisis del modelo y de desgaste de la izquierda institucional, la encrucijada del PCE no se resolverá con ajustes cosméticos o solo cambiando las correlaciones internas entre oficialistas y críticos, ni con nuevos pactos electorales desde Izquierda Unida. Lo que está en juego es si el partido quiere seguir atrapado en la lógica de la gestión del régimen o si apuesta por reconstruirse como un partido de clase independiente. Eso último implica, al menos, tres cambios de fondo:

  • Recuperar una independencia de clase respecto al bloque de poder, rompiendo con la subordinación al PSOE y con la aceptación acrítica de los marcos de la UE y la OTAN.
  • Reorientar la actividad hacia la organización de la clase trabajadora en centros de trabajo, barrios y sectores productivos, de forma que cada conflicto concreto sirva para acumular fuerza y no solo para negociar mejoras limitadas.
  • Reconstruir el partido como herramienta de militancia consciente: debate interno real, balance crítico de la etapa de gobierno y elaboración de un programa de transición que conecte las necesidades inmediatas (salario, alquiler, servicios públicos) con la perspectiva de superar el capitalismo.

Un PCE que no se distinga nítidamente de la izquierda de gestión acabará siendo irrelevante, por muchos cargos que pueda mantener. Un PCE que recupere su carácter de organización de lucha y movilización, arraigada en la experiencia cotidiana de la mayoría trabajadora, puede convertir esta crisis en una oportunidad histórica para reconstruir un proyecto comunista útil en el nuevo ciclo histórico.

Juanjo Llorente

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