Francia: «El Partido Comunista hizo posible la afirmación en el espacio público de categorías sociales dominadas»

Extractos de una entrevista realizada por Maxime Coumes en Le vent se lève (21/11/2020) al sociólogo Julian Mischi, autor de una historia del PCF que acaba de publicarse[i].


[i] Julian Mischi, Le parti des communistes : histoire du Parti communiste français de 1920 à nos jours, Marsella, Hors d’atteinte, 2020. Extractos de la entrevista traducidos del francés a partir de http://canempechepasnicolas.over-blog.com/2020/11/le-pcf-a-permis-a-des-categories-dominees-de-s-affirmer-dans-l-espace-public-entretien-avec-julian-mischi.html. A propósito de un anterior trabajo del mismo autor ver, en Hojas de Debate, https://hojasdebate.es/opinion/cuando-aparato-se-aleja-su-base/


El PCF celebra sus 100 años de existencia. Adherida a la IIIa Internacional en el congreso celebrado en la ciudad de Tours en 1920, la Sección Francesa de la Internacional Comunista se escindió de la SFIO (Sección Francesa de la Internacional Obrera) convirtiéndose en el PCF.

En unos tiempos en los que las clases populares se abstienen masivamente de votar, la historia del PCF podría hacer reverdecer el ideal de emancipación colectiva.

Le vent se lève (LVSL).- Desde la introducción de su libro usted afirma que «el intento de comprender la historia del movimiento comunista conecta con fuerza con las preocupaciones políticas y teóricas de aquellas y aquellos que hoy rechazan el orden neoliberal». En su opinión, ¿cómo podría la historia del PCF infundir fuerza y energía, precisamente cuando la importancia de los partidos en la vida política francesa parece desvanecerse?

Julian Mischi (JM).- Efectivamente, aunque el mío sea un libro de historia, trata de problemas políticos plenamente actuales, particularmente del papel de las clases populares en nuestra sociedad. Hay que recordar que el PCF ha sido un potente partido de masas que dominó la izquierda del paisaje político francés desde la Liberación a los años 70 del siglo XX.

Desde los años 1930, el PCF supo desarrollar redes militantes en el mundo obrero urbano, pero también en los ámbitos rurales y entre las fracciones intelectuales de la población. Justamente, la capacidad de tomar en cuenta y promover los intereses de las capas sociales dominadas constituye uno de los principales desafíos a los que debe hacer frente hoy una izquierda radical y ecológica que en gran medida carece de vínculos sólidos con los medios populares.

Thorez retratado por Nadia Leger

En esta y otras direcciones, considero que hay que sacar lecciones de la historia centenaria del movimiento comunista en Francia. Si, como Ud. dice, en el periodo reciente tiende a reducirse el papel de los partidos políticos, ello en buena parte se debe a que éstos se muestran incapaces de tejer relaciones fuertes con las poblaciones de los barrios populares y de los espacios rurales. A los partidos les cuesta hacerse el receptáculo eficaz de aspiraciones al cambio expresadas por una movilización como la de los Chalecos Amarillos.

Ahora bien, la organización comunista supo encarnar la protesta popular y ofrecer un altavoz a las reivindicaciones sociales y políticas que venían de la base. En mi libro abordo, por ejemplo, cómo se aseguró la conexión con el mundo del trabajo mediante una articulación estrecha con las redes sindicales y la potenciación de la militancia en las empresas. Las células comunistas constituyeron un crisol político excepcional, reuniendo, según los lugares, a obreros fabriles, enseñantes, mujeres dedicadas al hogar, ingenieros, campesinos, universitarios, oficinistas, técnicos, etc. Una integración social de este tipo está ausente hoy de una izquierda política muy aburguesada y circunscrita a profesionales de la política.

Volver a reflexionar sobre la historia del comunismo francés es cuestionarse también sobre las lógicas burocráticas de los partidos que reducen la democracia interna: un problema que atañe a los militantes actuales frente a organizaciones en las que el poder es monopolizado por algunas personas.

El PCF fue una formidable herramienta de emancipación individual para unos militantes, hombres y mujeres, que pudieron luchar contra las élites sociales en sus lugares de trabajo y en sus municipios de residencia. Pero es verdad que no dejó mucho espacio a las voces discordantes: toda divergencia era apagada en nombre de la necesaria unidad del partido.

Basándonos en esta historia, parece esencial volver a formas de organización no autoritarias, pero teniendo a la vez muy presente que el modelo de partido encarnado por el PCF permitió promover y formar a militantes de extracción popular. Para una izquierda de transformación social que se preocupe no solo de oír, sino también de ser portavoz de las clases populares, el reto es conseguir un modelo organizativo que facilite el ingreso y la promoción de militantes de variados horizontes sociales sin asfixiar la democracia interna.

Desde una perspectiva de emancipación colectiva, pretender representar a las capas sociales dominadas (mujeres, víctimas del racismo, trabajadores manuales, etc.) no puede quedarse en expresarse en lugar de los primeros interesados. Ello implica promover a estas mismas categorías, en el seno de una organización de lucha reforzada y radicalizada (en el sentido positivo de abordar los problemas desde la raíz) por militantes que sean portadores de las distintas experiencias de dominación. Probablemente la forma partido siga siendo hoy una herramienta insustituible para coordinar la lucha anticapitalista, a condición de articularse bien con otras redes asociativas y sindicales.

Congreso de Tours

Aparte de esta cuestión del modelo organizativo, esta historia del PCF aborda otros problemas con resonancias actuales en movilizaciones recientes, como, en particular, el de la articulación entre combate político y luchas sindicales o, también, la constitución de una solidaridad internacional superadora de los «egoísmos nacionales».

(…)

LVSL.- El compromiso del PCF en tiempos del Frente Popular y su participación en el gobierno tras la Liberación permitieron grandes avances sociales que continúan marcando el ritmo de la organización de nuestra sociedad (vacaciones pagadas, seguridad social, creación de la función pública, reducción del tiempo de trabajo, etc.). Sin embargo, se tiene la impresión de que este legado comunista se ha negado en la estructuración de las instituciones nacionales. ¿Cómo explicarlo, ahora que intelectuales como Alain Badiou o Bernard Friot intentan rehabilitar la noción de «comunismo»?

JM.- La amenaza del comunismo en los países capitalistas condujo a reformas que mejoraron las condiciones de vida de las clases trabajadoras en el transcurso del siglo XX. En toda Europa se desplegaron legislaciones progresistas por la presión más o menos directa de los comunistas, sobre todo después de la Segunda Guerra Mundial. El desarrollo del Estado de Bienestar aparece como una manera de evitar la revolución social.

En Francia, las conquistas del Frente Popular en 1936 (con los comunistas apoyando al gobierno de León Blum) o de la Liberación (con participación de los comunistas en el gobierno desde septiembre de 1944 a mayo de 1947) deben mucho a las presiones del PCF y de la CGT (Confederación General del Trabajo). La memoria militante reconoce y prolonga esta herencia, pero es cierto que este aspecto está en gran medida borrado de la memoria común. Desde fuera, el comunismo es a menudo percibido como un movimiento de oposición, una fuerza de contestación a las instituciones, tendiendo a olvidarse los mecanismos de solidaridad nacional y de protección social que contribuyó poderosamente a establecer al más alto nivel del Estado.

(…)

LVSL.- Usted evoca en sus trabajos la «desobrerización» que se produce en el PCF en los años 1970. A pesar de la desindustrialización de Francia, cabe preguntarse si el PCF no habría podido acompañar estos cambios, en unos tiempos en que la propia identidad obrera se difumina.

JM.- En los años setenta el PCF empieza a perder su carácter obrero. No solo se reduce el peso de los obreros en las filas militantes, a la vez que aumenta sobre todo el de los enseñantes y los miembros de profesiones intermedias, sino que, además, los nuevos liberados, cuyo número no había sido nunca antes tan elevado, tienen cada vez menos experiencia obrera.

Como Ud. dice, esta evolución tiene que ver, primero, con cambios sociológicos profundos que suponen una reducción del grupo de los obreros de las grandes fábricas. Sin embargo, el mundo obrero sigue siendo muy importante numéricamente: en lugar de desaparecer se ha diversificado, con un auge de los trabajadores de los servicios y una feminización del conjunto de los asalariados.

La recomposición en curso de las clases populares fragiliza a un partido poco preparado para abrirse a nuevas figuras populares: trabajadores procedentes de la inmigración norteafricana, empleadas en el sector de los servicios a las personas, trabajadores temporales en la logística, etc. Probablemente la focalización en las figuras industriales y masculinas de la clase obrera no ha ayudado a la renovación por el movimiento comunista de su base popular desde los años 1970-1980.

Por otra parte, en los años 1990-2000 la dirección abandona una política de cuadros hasta entonces favorable a los militantes de origen popular, formados en el partido y promovidos a sus puestos de dirección. El movimiento de desobrerización fue reforzado por estrategias organizativas que favorecieron a los cargos públicos en detrimento de los activistas sindicales. En un contexto de continua caída de la actividad militante, los cargos electos y su entorno desempeñan un papel cada vez más central en el aparato del PCF, lo que lleva consigo una profesionalización del compromiso comunista en torno a las colectividades locales.

Sin duda, la evolución del estilo de vida de las clases populares, de su inserción profesional y de su anclaje territorial contribuye a alejarlas de la organización comunista y, en general, de la acción militante, concretamente de la de carácter sindical. Su cultura de clase se ha debilitado. Pero estas clases no han desaparecido y siguen abrigando aspiraciones de cambio, como ha puesto de manifiesto la movilización de los Chalecos Amarillos. A este respecto, los sindicalistas, como asimismo los activistas de asociaciones y los animadores de barrio representan puentes preciosos con las fracciones más frágiles de la población.

La animación social constituye en estos tiempos un vivero de renovación de un comunismo popular enraizado en las realidades urbanas…           

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