Frei Korps, los arditi y los bolcheviques (a los cien años de la entrada en vigor del Tratado de Versalles)

En Rusia, la diferencia esencial que venía constituida por un actor revolucionario como era el partido bolchevique, impidió esta misma regresión autoritaria de Alemania e Italia y posibilitó el triunfo de la revolución obrera y campesina.

El 11 de noviembre de 1918 se firmaba en Compiegne, Francia, el Armisticio entre los aliados y el imperio alemán. La primera guerra mundial aún continuó hasta que se suscribió el Tratado de Versalles, el 28 de junio de 1919, en vigor  desde el 10 de enero de 1920.

Hábilmente, el ejército alemán se desmarcó de los acuerdos, lo que le permitió comenzar a poner en circulación de manera próxima a la firma, la teoría de la «puñalada por la espalda», según la cual los alemanes no habían sido vencidos en el campo de batalla, sino como consecuencia de la traición de socialdemócratas y judíos, dando lugar a uno de los bulos más canallescos del siglo XX y de fatídicas consecuencias.

Italia formaba parte de la coalición aliada, y dirigió sus esfuerzos militares contra el Imperio Austro-Húngaro; se inició la contienda en agosto de 1914, y tenía como objetivo esencial la recuperación de una serie de territorios que habían pasado a Austria desde el congreso de Viena en 1815, y finalmente  con la batalla de Vittorio Véneto consiguió en noviembre de 1918 la victoria definitiva, contribuyendo al  desmembramiento del mosaico de territorios aún bajo la soberanía de los Hasburgo. A su vez la Rusia zarista entró en guerra junto con los aliados en agosto de 1914, y cuando se puso formalmente fin a la misma, con el Tratado de Brest Litosvsk en marzo de 1918, el Gobierno ya estaba en manos del partido bolchevique, que tras el destronamiento de  los Zares para esa fecha ya había  tomado el poder en lo que pasaría a ser la URSS.

El último ataque de los alemanes, en agosto y septiembre de 1917, ocupando la Galitza Oriental y Riga, fue la gota que desbordó el hartazgo  de la población y de los soldados rusos, pésimamente equipados y que sufrían un trato brutal por parte de sus oficiales. Los efectos de la guerra fueron importantes para el éxito revolucionario.

Nunca es plato de gusto contemplar el regreso de un ejército derrotado, nos dice Eric D. Weitz en su tratado sobre la Alemania de Weimar. Los alemanes sufrieron extraordinariamente las consecuencias de la guerra, agravadas por la serie de prestaciones y compensaciones que les impusieron los aliados, como indemnizaciones por los daños que habían provocado, lo que constituía una pesadísima losa sobre un país ya devastado. Habían perdido territorios. Habían sido humillados.

Cayó la monarquía, y las contradicciones sociales se exacerbaron hasta el punto de ebullición, con varios intentos revolucionarios.

La respuesta a esta agitación social se conformó con todo el bloque derechista más el partido socialdemócrata, cuyo apoyo fue decisivo. Ambos desarrollaron la fuerza de los «Freikorps», organismos paramilitares formados fundamentalmente por veteranos de la reciente guerra, que asesinaron con la complicidad del Partido Socialdemócrata Alemán (SPD) a muchos militantes revolucionarios, entre ellos los más recordados, Karl Liebknecht y Rosa Luxemburgo, anticipando lo que estos mismos «cuerpos» harían después con sus valedores socialdemócratas, cuando pasaran a ser parte esencial del partido nacional socialista y sus vanguardias armadas.

Los veteranos de guerra, resentidos, traumatizados, frustrados en sus ansias nacionalistas, envenenados por la calumnia de la  «puñalada por la espalda» de la que les decían habían sido víctimas,  fueron la base de los «Freikorps», creados  por el ejército, subvencionados enseguida por el gran capital alemán, y contaron con la complicidad socialdemócrata, para hacer frente a los sectores obreros revolucionarios, pasando a la generalización del asesinato como arma esencial de su actuación, con la benevolencia del aparato de estado, en particular de los jueces, que eran extraordinariamente benévolos con ellos.

En Italia, por el contrario, el que volvía a sus ciudades no era un ejército derrotado, sino vencedor, y a pesar de ello también fueron los soldados una de las claves para desestabilizar la situación, derrotar a los trabajadores y a los campesinos revolucionarios, y formar las escuadras de combate del partido fascista.

Los Arditi -los osados- constituían las unidades de asalto del ejército italiano, tuvieron cierto éxito en la guerra, y fueron desmovilizados en 1920. Con la adrenalina a flor de piel, la idea de que también habían sido traicionados, pues no habían conseguido anexionarse todos los territorios que consideraban italianos, mecidos por la propaganda muy elaborada y desplegada por los intelectuales reaccionarios italianos, como Marinetti, y sobre todo Gabriele D. Annunzio a la cabeza, con su estética modernista, su simbología extravagante, sus odas al bel morire, acabaron engrosando mayoritariamente de manera clave el partido de Mussolini, aportando su sistemática actuación violenta contra las fuerzas populares y posibilitando el  éxito del fascismo en Italia.

Proceso facilitado por  la tremenda parálisis del nutrido partido socialista italiano -salvo honrosas excepciones-, que era la principal fuerza política electoral con mucha diferencia, y ante el desconcierto a que se vio sometida la clase trabajadora, que como en Alemania, había protagonizado situaciones de calado revolucionario.

El jefe de policía de Milán, Giovanni Gasti, señalaba en su informe de 21 de noviembre de 1919, refiriéndose a los fascios, que se constata la presencia  de «una organización de tipo militar, con una jerarquía… que la modalidad de las reuniones, el tenor de las órdenes, los medios bélicos de señalización, tienen carácter militar, que muchas de las armas son militares…».

A lo largo de estos primeros años de postguerra, en la Llanura Padana, principal zona agrícola de la península italiana, el campesinado había conseguido una organización extensa, y una capacidad combativa de primer orden.

En el norte industrial, la clase obrera había madurado su capacidad combativa y a partir del 28 de septiembre de 1920 y tras una serie de cierres patronales que se producen en la zona de Milán, todas las fábricas son ocupadas por los trabajadores, «y durante 20 memorables días la clase obrera suple el dinero, la organización, la técnica, con una profusión de energía moral…en busca de formas superiores de actividad humana (…) pero la revolución, una vez más, no acaba de llegar, los dirigentes socialistas deciden, una vez más, posponerla». (Antonio Scurati, M., El Hijo del Siglo).

En Bolonia, en Ferrara, y en las zonas rurales, protegidos por la Asociación de propietarios agrícolas, las escuadras paramilitares fascistas comienzan a descargar sus golpes, desde Ferrara, a las distintas zonas campesinas, amenazando, matando, haciendo víctimas de sus ataques a muchos de los líderes campesinos, que se van encontrando desprotegidos e incapaces de organizar una respuesta contundente, ante la parálisis que los ataques generan en el partido socialista, principal fuerza popular.

Los ataques escuadristas se suceden a lo largo y ancho de las zonas agrícolas, sin respuesta y con la complicidad y pasividad de las autoridades. En las ciudades industriales se va repitiendo este mismo guión: ataques a las concentraciones obreras, liquidación física de dirigentes revolucionarios, ocupación de ayuntamientos socialistas contando con la pasividad, cuando no la franca ayuda del aparato de estado, sin la necesaria respuesta por parte de las organizaciones populares.

El 3 de abril de 1921, en la asamblea que organizan en Bolonia, los fascistas  ya pueden decir que celebran un año de victoria, y los ataques y ocupaciones de ciudades se suceden a lo largo de 1921 y 1922.

Pese a los posteriores intentos de movilización social, ya a la defensiva,  contra la violencia fascista, el 29 de octubre el rey encargó a Mussolini la formación de  gobierno, y en el Parlamento se aprobó favorablemente la moción de confianza que presentó.

Los acontecimientos posteriores son de sobra conocidos.

A su vez, las terribles penalidades de los soldados rusos, la agitada situación política que sufría el país, inmerso en un radicalizado movimiento democrático y revolucionario, se expresaba en  gran cantidad de luchas obreras, con la participación cada vez más significativa de los soldados, que se amotinaban frecuentemente, mientras se incrementaba la presencia y dirección del proceso por parte de los  bolcheviques, y muchas de las tropas pasaban a depender de la autoridad del Comité Revolucionario Militar, negándose los soldados a combatir a los trabajadores, que tenían como uno de sus objetivos esenciales el poner fin a la guerra.

Es evidente que el papel del partido bolchevique fue esencial, definitivo, para el triunfo de la revolución rusa. Al contrario de lo que ocurría en Alemania y en Italia, dicha organización llevaba curtiéndose desde hacía años en las labores revolucionarias, y a su frente se encontraba una generación de militantes  de gran capacidad, encabezados por Lenin, cuya clarividencia y fidelidad a los principios revolucionarios fueron claves para la derrota de cuantos directa o indirectamente se opusieron a la revolución de octubre, y las posteriores guerras de agresión que la sucedieron. De todo ello hace ahora poco más de cien años, todo esto ocurrió tras los acontecimientos convulsos de la primera guerra mundial, con el protagonismo  de millones de jóvenes,  que habían pasado una gran temporada en el infierno, y fueron sacudidos por los más estremecidos acontecimientos que se sucedieron en el primer tercio del siglo XX, y a los que sucedieron las tragedias que ocuparon su parte central.

En conclusión, las terribles sacudidas que se sucedieron tras la primera guerra mundial, se saldaron de forma diferente en los tres países citados; en Alemania, la presión militarista y reaccionaria de la derecha se vio ayudada por la colaboración decidida de los socialdemócratas que, durante 1918 y 1919, colaboraron estrechamente con ella para evitar la revolución socialista, liquidando el movimiento revolucionario,  y una vez conseguido este objetivo, estas mismas fuerzas empezaron a virar hacia la consecución de objetivos más definitivos, potenciando al partido nacional socialista. 

Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht, asesinados por los Frei Korps

En Italia, la incapacidad de la dirección socialista para dar pasos en el sentido revolucionario que pedían amplios sectores de los trabajadores de la industria y del campo, fue facilitando la ofensiva de los paramilitares fascistas, y acabaron provocando la desmoralización de los sectores populares y los más de 20 años de dictadura fascista.

Finalmente, en Rusia, la diferencia esencial que venía constituida por un actor revolucionario como era el partido bolchevique, impidió esta misma regresión autoritaria y posibilitó el triunfo de la revolución obrera y campesina. España había escapado de la guerra mundial, pero no de la pobreza y las grandes movilizaciones sociales que culminaron con la huelga general de 1917. Teníamos nuestras peculiaridades, como el protagonismo del anarquismo, la creación en Cataluña por Martínez Anido de las bandas de pistoleros que asesinaban a los revolucionarios, y en el ambiente socio-cultural, en vez de modernismo, futurismo,  dadaísmo,  dominaba la rivalidad entre Belmonte y Joselito, hasta la muerte de éste, el 16 de mayo de 1920, en la plaza de Talavera de la Reina, corneado por el toro «Bailaor», de la ganadería de Viuda de Ortega.

Seguíamos a lo nuestro, con la guerra de Marruecos, el terrible desastre de Annual, y en septiembre de 1923, aupado por la monarquía borbónica de siempre, la Iglesia de siempre, el ejército de siempre, los terratenientes de siempre, la oligarquía de siempre y la novedad de los industriales catalanes, se iniciaba la dictadura de Primo de Rivera, de los Primo de Rivera de toda la vida de Jerez de la Frontera.

Para los despistados, ya nos había advertido Valle Inclán de que:

Aquí no danzan amores griegos

En los jardines, bajo los lauros.

Aquí las ninfas no hacen sus juegos

De cabalgadas en los centauros.

Aquí no vuelan, tras los ramajes

Furtivos besos del Trianón.

Con los ramajes de los boscajes

Aquí hace hogueras la Inquisición.

Alberto García

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