El Gran Hermano: ¿hijo de la pandemia y el capitalismo?

Covid 1984

Hoy, con el pretexto de la epidemia, se perfila la amenaza de una sociedad capitalista todavía más brutal y amordazada, un Big Brother que podría ser aún peor que los fascismos del siglo pasado.

Los futuros historiadores describirán asombrados los meses de pandemia COVID en países supuestamente a la vanguardia del progreso. Este virus recorre los continentes, como otros que le precedieron, sin que por ahora se sepa verdaderamente porqué afecta menos a unos países que a otros. Evidentemente, los gobiernos tienen su parte de responsabilidad. Con sus decisiones incoherentes, un Poder como el de Francia ha contribuido notablemente a la extensión del contagio, encarando la pandemia como un medio para crear una «unión sagrada» que apagara las protestas sociales del año pasado, después de haber asfixiado desde hace mucho tiempo a la sanidad pública.

Pero esto no lo explica todo. En los países más severamente golpeados, como Francia, Italia o España, son las regiones más urbanizadas y económicamente más modernas las más afectadas: Ile de France, el Norte y el Este más que el Macizo Central o Bretaña; Lombardía más que Calabria o Sicilia; Madrid y Barcelona más que Andalucía. Más, también, que la mayor parte de los países africanos, a pesar de sus economías en ruinas y de sus Estados desfallecientes. Nadie tiene hoy día una explicación certera.

Más que intentar responder ahora a interrogantes que solo trabajos científicos ulteriores podrán tal vez aclarar, conviene inquietarse por el futuro calamitoso que nos preparan los ideólogos liberales que nos gobiernan. Porque el pánico, a veces rayano en la histeria irracional, que llevan meses difundiendo a través de los medios que controlan, no carece de objetivos precisos. Por no salir del caso de Francia, noche tras noche el presidente, ministros y «expertos» a su servicio nos han venido a repetir la letanía de los muertos del día, a colmar a la audiencia de consejos y a endosarle la culpa de los contagios si nos los seguía, blandiendo cifras discutibles. ¿Se ha comparado una sola vez el número de defunciones anunciado con los de los años anteriores en las mismas fechas?

Todo para obtener un confinamiento general atemorizado que jamás se vio en epidemias de siglos pasados. En el siglo XIV, cuando no se conocía ningún tratamiento médico contra la peste, se confinaba exclusivamente a los enfermos para preservar a los que no lo estaban. Siete siglos después, los responsables franceses han descartado obstinadamente este proceder que los tests actuales permiten, y han encerrado juntos a enfermos y sanos, ¡a despecho de todo sentido común terapéutico y económico! El balance, por ahora, son cerca de 30.000 muertes reconocidas y un desastre económico y social que sufrirán los más débiles.

¿Qué será el «mundo de mañana»?

El objetivo de nuestros dirigentes era acabar con el movimiento reivindicativo anterior: chalecos amarillos, huelgas, etc. Lo lograron. Pero su ambición va más allá: persigue que de este episodio inédito de «Gran Miedo» salga lo que llaman un «mundo nuevo» y que, en realidad, es una pesadilla adornada de verde y de modernidad, al servicio de un capitalismo sin límites, gracias a la «inteligencia artificial».

Como de costumbre, la vanguardia de esta ofensiva ideológica viene de los Estados Unidos de América. En Francia no le faltan sus apoyos habituales, aunque se conduzcan con algo más de prudencia que del otro lado del Atlántico. En una entrevista reciente, la ensayista anticapitalista canadiense Naomi Klein lo ha denunciado de manera firme y lúcida.

El futuro «radiante» que nos espera a la salida de la pandemia, según estos ideólogos, es el que ahora formulan sin ambages políticos como el gobernador de Nueva York, Como, o los grandes magnates de la multinacionales norteamericanas de la tecnología informática. En el anuncio de una asociación con la Fundación Bill Gates ˗ese visionario˗, Como declaró: «la pandemia ha creado un momento en la historia en  el que podemos hacer que avancen sus ideas» (las de Gates). Bajo su padrinazgo, Sonalker, director general de Steer Tech, poetiza su análisis del contagio: «los humanos son riesgos biológicos, las máquinas no lo son». Entre los más activos teóricos de un futuro de conexión total figura un tal Schmidt, presidente ejecutivo de Alphabet Inc, la sociedad matriz de Google, en la que controla una cuota importante (más de 5.000 millones de dólares). Con gran influencia en Washington, en el seno del Electronic Privacy Information Center ˗una especie de lobby de la Silicon Valley ante las instancias federales˗, Schmidt lleva tiempo abogando por una respuesta más fuerte a la creciente competencia china en el campo de la Inteligencia Artificial. Pero también ejerce como propagandista de las aplicaciones de vigilancia «sanitaria» de los ciudadanos, que ya han contratado con Amazon países como Australia y Canadá, a la espera de nuevos clientes en este mundo asustado.

Naomi Klein resume de este modo el futuro que nos prometen: «un mañana en el cual nuestras casas nunca serán ya espacios exclusivamente personales, sino a la vez, vía conectividad digital de alto rendimiento, nuestras escuelas, nuestros consultorios médicos, nuestras instalaciones deportivas y, si el Estado así lo determina, nuestras prisiones… Un mañana en el que a los privilegiados se les provee de todo a domicilio, ya sea virtualmente a través de streaming y de la tecnología de nube, o físicamente mediante un vehículo sin conductor o un dron, con el acompañamiento de una pantalla «compartida» en alguna plataforma mediatizada… Un mañana que empleará a muchos menos enseñantes, médicos…, con unos transportes colectivos esqueléticos y mucho menos arte vivo… Un mañana en el que cada uno de nuestros movimientos, cada palabra, cada relación son «trazables» y explotables gracias a colaboraciones sin precedentes entre el (los) gobierno (s) y los gigantes de la tecnología».

Bastará añadir a esta acertada descripción que los susodichos gigantes son las sociedades multinacionales de dirección estadounidense.

¡»Complotismo, elucubraciones de multimillonarios norteamericanos»!, exclamarán los escépticos que creen en las capacidades de mejora del capitalismo. De ninguna manera: muy a nuestro pesar, la Francia confinada de abril de 2020 ha tenido ocasión de probar con largueza lo que son las «innovaciones» sociales que algunos liberales franceses sueñan con perennizar. 

1) El teletrabajo que algunos de nuestros «Verdes» alaban, por ingenuidad o hipocresía, por haber reducido la contaminación, al suprimir los desplazamientos en automóvil y en tren, es en realidad un viejo sueño de los patronos: basta de locales que construir y mantener, basta de equipamientos profesionales que financiar… Los empleados utilizan a domicilio su propio material informático y hasta pagan la electricidad que gastan. Todos cuantos se han visto obligados en estos últimos tiempos a pasar por esta experiencia han constatado que los horarios de trabajo son extensibles cuanto requiera la tarea asignada. Se acabaron las pesadillas patronales de la jornada de 35 horas y la remuneración de las horas extraordinarias. Tras la destrucción a finales del siglo XX de las grandes fábricas como Renault-Billancourt, habría llegado el turno de la muerte de los lugares colectivos de trabajo, que son también lugares de vida y de sociabilidad, en los que se tejen solidaridades, de las que se han nutrido desde hace dos siglos sindicatos de clase y partidos comunistas. Suprimirlos sería asfixiar la lucha de clases: exactamente el objetivo perseguido por nuestras «élites».

2) La escuela en casa, que sustituiría el aprendizaje colectivo y el diálogo entre el profesor y el alumno por la repetición machacona de nociones que no se discuten, dictadas por una pantalla de ordenador, sería la destrucción de dos siglos de conquistas de la pedagogía. Se acabaron las «salas de profesores» en las que no hace mucho se celebraban las reuniones sindicales, lugar colectivo de trabajo y de reflexión de los enseñantes.

Docentes transformados en meros repetidores, sumisos a las más nefastas directivas del Poder estatal. Además, este sistema en el que se supone que los padres deben ayudar y dirigir el aprendizaje agrandaría las diferencias sociales y culturales, en perjuicio de los alumnos más pobres y de los de origen extranjero.

3) Las disposiciones votadas por la mayoría macroniana (y por la derecha) en la Asamblea Nacional, bajo el pretexto de «urgencia sanitaria», constituyen evidentes atentados contra las libertades individuales e introducen el seguimiento de los ciudadanos por el Estado y su policía, sin más limitación de tiempo que la que mande el Príncipe. Unos atentados que han provocado pocas protestas a pesar de ser muchos más graves que las granadas del señor Castaner del invierno pasado.

En 1949, el escritor británico George Orwell describió en su libro 1984 una sociedad de pesadilla, que los privilegiados controlaban manipulando la opinión pública, gracias a un sistema llamado Big Brother, el gran hermano que piensa por todos. Hoy, con el pretexto de la epidemia, se perfila la amenaza de una sociedad capitalista todavía más brutal y amordazada gracias a la llamada «inteligencia artificial», avasallada a las sociedades transnacionales que dominan nuestro mundo occidental. Una sociedad liberal y totalitaria a la vez, un Big Brother que podría ser aún peor que los fascismos del siglo pasado.

Es hora de hacer que la opinión pública tome conciencia del peligro y de combatir este nuevo rostro de la «contrarrevolución liberal».

Artículo de Francis Arzalier (ANC), originalmente publicado en http://ancommunistes.fr/spip.php?article2166

Traducción del francés por Arón Cohen.

Imagen: Betevé

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