Carta a la generación víctima de la dictadura

Jorge Molina homenajea a su padre y a todos aquellos que sufrieron la dictadura y la represión franquista.

Esta entrada se la quiero dedicar a mi viejo; un hombre tranquilo, generoso y cómplice de un silencio cuyo aire desprende un perfume de reconciliación y plenitud que yo jamás lograré alcanzar. Un tipo singular que, a sus tiernos 14 años, tuvo que emplearse en un taller como aprendiz de pintor de cerámica nazarí-granadina y trabajar durante más de 40 años para «sacar» a una familia hacia delante en aquella realidad hostil de una España grisácea en la que el pan era un bien escaso que había que pelear cada día. Un trabajador constante que cada día se levantaba sobre las 7 de la mañana para regresar a casa a las 7 de la tarde. Tranquilo, en silencio y con media sonrisa que regalaba a sus tres vástagos; Servidor, Neyva y Diana. Un hombre bueno y gentil que capeó mil y una tormentas y crisis económicas de esas que, cada 15 años, asolan España. Aún hoy, a mis treinta y tantos, cuando regreso roto y deshecho de uno de mis viajes poéticos y extraños hacia el absurdo, al calor del hogar que, con tesón construyó junto a mi vieja, siempre me recibe con su sonrisa limpia, una caja de cervezas y una sutil complicidad que se resume en un «arqueo» de cejas y un silencioso «ya estás otra vez con tu rollo de niño atormentado». Un hombre que, desde que era pequeñajo, me inculcó fuertes valores de la dignidad obrera, la izquierda que no se domestica, el sindicalismo (una tarde me contaste como ibas con los compañeros a las obras para informar de sus derechos a los trabajadores y de aquella tu cooperativa frustrada), la lucha del día a día, constante, sin excesos ni aspavientos, cumpliendo con su tarea. Mi viejo, uno de los imprescindibles. Que te quiero mucho páaaaaa, que eres mu grande Jorge Molina y que, hoy, exiliado en la jodida Francia, me pongo a Carlos Puebla, Víctor Jara o Carlos Mejías Godoy (músicos que tú me enseñaste) y me acuerdo de ti, mucho, y de esas mañanas de fin de semana en las que cantabas a esos rojeras con guitarra y te enorgullecías por haber nacido en la misma fecha de la Revolución Cubana. Pero qué grande eres viejo, todo un espejo en el que mirarse. Nos veremos pronto, aquí, allí o en cualquier manifestación donde la dignidad sea nuestra única bandera.

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