Los judeoconversos (3)

Esta entrada es la parte 3 de 4 en la serie La Inquisición

Un sector de la historiografía ha considerado que fue la avaricia la que impulsó sobre todo a Fernando el Católico a actuar contra la comunidad judía y judeoconversa, para quedarse con sus bienes, como también la de eliminar la competencia para muchas de las actividades económicas o profesionales, ventaja que gracias a la destrucción del núcleo converso obtenían los cristiano viejos.

Juan Luis Vives, nacido en Valencia en 1492 y fallecido en Brujas, gran humanista español y de familia judeoconversa, es enviado en otoño de 1509 por sus padres a estudiar al extranjero, decisión en la que tiene mucho que ver el proceso inquisitorial que se les ha incoado por judaizar, y que no presentaba buen cariz. Se marcha a París, y una vez alcanzado el grado de doctor, a Brujas.

Es en esta ciudad donde recibe en 1524 la noticia de que su padre ha sido condenado y quemado por la Inquisición. Los restos mortales de su madre, Blanca March, que había fallecido antes de finalizar el proceso, son desenterrados y sus huesos quemados en 1530. Esta forma de proceder era la habitual en dicho Tribunal cuando los luego condenados a muerte no habían sobrevivido al largo proceso.

Sin duda, resulta comprensible que Luis no quiera volver a España nunca más, pese a las diversas ofertas de trabajo que recibió de varias universidades.

Discípulo de Erasmo, siguió con interés los asuntos de España durante toda su vida, con la esperanza, nunca demasiado ingenua, de que entre la barbarie, algún progreso se alcanzara en asuntos de religión, de política, de costumbres, en su país de origen.

No parece que la misma inquietud anidara en Michael de Montaigne, el insigne y celebérrimo intelectual francés autor de los Ensayos, al que le dio tiempo también para ser alcalde de Burdeos. Su familia materna, los judeoconversos aragoneses López de Villanueva, también habían sido perseguidos por la Inquisición, que quemó a su bisabuelo, Pablo López.

Los crímenes cometidos en las personas de los familiares de ambos intelectuales citados tienen pues en común, el ser producto de la principal ocupación de la Inquisición Española durante sus primeros cincuenta años de vida: la liquidación de los llamados judeoconversos.

Como hemos visto en artículos anteriores, la Inquisición Española se funda en 1478 por los Reyes Católicos, y en 1492 se acuerda la expulsión de los judíos mediante tres documentos, el primero de Torquemada, firmado el 20 de marzo de 1942, y los dos restantes, uno para Castilla, suscrito por Isabel y por Fernando, y otro exclusivamente por este, respecto de la Corona de Aragón, ambos de 31 de marzo del mismo año.  Acordamos de mandar salir, decían, «a todos los judíos y judías, de nuestros reinos y que jamás tornen ni vuelvan a ellos ni alguno de ellos», sin excepciones, y se les daba un plazo de cuatro meses, que luego se ampliaron a diez, para salir de sus dominios. Los que no lo hicieran, o volvieran después, serían castigados con pena de muerte y confiscación de sus bienes.

En estos cuatro meses podrían vender sus bienes y llevarse el producto en forma de letras de cambio, no en moneda acuñada o en oro ni plata, y tampoco podrían portar armas ni caballos, que pasaban a quedar en manos de la Corona. La alternativa implícita era abandonar su fe y convertirse al cristianismo.

Uno de los miembros más destacados de la comunidad judía, Abraham Seneor, decidió convertirse, y con él un buen número de miembros de la misma. Otros optaron por abandonar el país, encabezados por Isaac Abravanel. Tuvieron que malvender sus bienes, aceptando las cantidades ridículas que les ofrecieran, sin que las letras de cambio que contenían su valor les fueran de mucha ayuda ante los enormes intereses que les exigían para su negociación los banqueros italianos y portugueses. Este mismo líder de su comunidad organizó la partida, contrató los barcos, sufriendo precios también desorbitados, y los sufrimientos de todo tipo no necesitan mayor descripción, pues son fácilmente imaginables.

Es importante destacar que para esa fecha eran muchísimos los ya judeoconversos, que más de fuerza que de grado, habían optado por convertirse al cristianismo como medio para llevar una existencia tolerable, desde muchas décadas antes.

La comunidad judía había sido protegida por los Reyes Católicos hasta fechas relativamente recientes. Los dos hombres de negocios citados habían gestionado las cuentas reales, financiado la propia guerra de Granada y junto con otros, incluso el viaje de Cristóbal Colón, rumbo a las Indias…

Actualmente se considera que fueron unas cien mil personas las que abandonaron los reinos hispanos.

El mandato del inquisidor Torquemada, consigna como razón de la expulsión, la de proteger a los conversos de la mala influencia de los restantes, y el de Fernando, junto a motivaciones similares, formula ya un llamativo ataque contra esta minoría, a la que acusa de usura.

A partir de este momento, la Inquisición se centra, aún con más celo si cabe, en la vigilancia y persecución de los conversos. Se calcula que a final del siglo XV había unos seiscientos mil en estos territorios.

Según Ricardo García Cárcel, en su estudio intitulado «La Inquisición», biblioteca El Sol, 1990, «el 50% de todos los procesados por la Inquisición fueron judíos, un 12% moriscos, un 30% por delitos ideológicos -protestantes, erasmistas, iluminados-, y un 8% por otros conceptos… Evidentemente, el principal objeto de atención fueron las peculiaridades culturales judeo-moriscas, en segundo se atacó la tentación de pensar, en sus muy diferentes formas (escribir, leer, hablar) y por último, en mucho menor grado, la tentación de sentir, los pecados sexuales… que siempre fueron juzgados con relativa benignidad por el Santo Oficio».

En el periodo 1480 a 1530 se procesaron un mínimo de sesenta mil personas por delitos de judaísmo. A partir de 1620 se produce una reactivación, por la alarma causada por la llegada de judaizantes portugueses.

Estos procesados provienen del medio urbano, y se conocen muy bien las profesiones que desempeñaban. La inmensa mayoría son hombres de negocios, comerciantes, mercaderes, administradores públicos y privados, estanqueros, contadores arrendadores, agentes de negocios, comisionistas, cambistas, zapateros, lenceros, sastres, sederos, tejedores de sedas, escribanos y médicos, sombrereros, merceros, confiteros, carniceros, pescaderos, joyeros, cirujanos y barberos… costureras, tenderas, mercaderas… comadronas, hilanderas… No hay jornaleros ni trabajadores del campo; sí músicos y cómicos.

Julio Caro Baroja señala que: «… la persecución fue dirigida contra una clase que hoy está constituida por la burguesía y el elemento obrero artesano, mejor dicho, una clase antecesora de lo que hoy se llama clase media…».[i] En este aspecto coinciden todos los autores prácticamente.

La gran fijación del Santo Oficio fue el judaísmo. La mitad de los judeoconversos procesados por la Inquisición valenciana antes de 1530 fueron condenados a muerte. (García Cárcel, obra citada). Una de las familias afectadas, como se ha indicado, fue la de Luis Vives. Desde su bisabuelo a sus padres, pasando por sus tíos y primos, todos van cayendo en la red. En la carta que escribe a Erasmo el 10 de mayo de 1534, dice que: «Estamos pasando por tiempos difíciles, en que no se puede hablar o callar sin peligro. Los asuntos de España son tristísimos… la fortuna continúa siendo fiel e igual a sí misma, contra mi padre, contra todos los míos, y aún contra mí mismo, pues lo que hacen con ellos pienso yo que lo hacen conmigo».

Como en artículos anteriores hemos aludido al procedimiento infame que se seguía por la Inquisición, a los abusos, a la barbarie, en lugar de efectuar ahora calificativos ni explicaciones sobre el proceder del siniestro tribunal, nada ilustra mejor su actuar que acudir muy brevemente a las fuentes, para poner de manifiesto la realidad de aquél.

En el proceso a un apellidado Franco, por causa de inhabilitación, consistente en que no podía ejercer determinados trabajos como consecuencia de la condena sufrida por  su ascendente Luis Franco, y que se le acusaba de querer realizarlos, el Fiscal licenciado Ortiz de Funes, realiza su escrito de acusación de 1537, y dice literalmente en castellano antiguo: «por ser este delito de heregia tan grande y enorme por respecto de contra quien se comete que es nuestro Salvador Jesucristo Dios y hombre verdadero y desta traición y delito que cometen de ynfidelidad contra nuestro señor de apartarse, los hijos y nietos le son herederos en tal manera que el delito del padre acompaña al hijo y nieto y le suceden en aquella sangre aun de la herencia paternal y de otra cualquiera que los haze… en el delito del padre y aguelo presumen los dichos de ser partícipes por la naturaleza que entre ellos está, y que el hijo había de perecer por el delito del padre y los derechos le sexan la vida de especial misericordia con que los acompañe la infamia de los padres y aguelos y siempre biban en gran mengua y perpetua pobreza y no sean recebidos a honores algunos, y finalmente entre la gente biban de tal manera que la muerte les sea consolación y la vida pena porque se presume que seran tales los hijos y nietos cuales fueron sus padres y aguelos»[ii]

Para situarnos mínimamente ante la barbarie que suponen estas consideraciones, efectuadas de manera oficial por un representante de la Inquisición, debemos tener en cuenta que en esa fecha ya ha florecido el humanismo en Europa. Erasmo había escrito toda su obra, pues fallece en 1538, y las teorías sobre la libertad de conciencia tenían carta de naturaleza. El anacronismo del razonamiento acusatorio del fiscal no puede ser más brutal.

Acudiendo a las fuentes, esta vez nada menos que a un escrito del propio Inquisidor General Fernando Valdés, conocemos de primera mano la política penal que había de seguirse: «Pero sobre todo, si se vacila en condenar a fuego a reos de ilustre cuna, la Inquisición se quedará con la carga d ellos presos y penitentes indóciles, sostenidos por su familia y su clientela». Por esta razón Valdés solicita del Papa instrucciones en que se ordene a los inquisidores y consultores mostrarse sin piedad frente a los inculpados, cuyo castigo tiene que ser ejemplar… aunque fuesen personas constituidas en cualquier dignidad seglar o pontifical o eclesiástica o de cualquier orden, hábito, religión o estado que sea.[iii] En definitiva, la hoguera ahorraba gastos posteriores.

Y en cuanto a la práctica de la tortura, los teóricos denominados casuistas por Julio Caro Baroja, que estudiaban el procedimiento inquisitorial y contribuían a su fundamentación, emitían opiniones como la siguiente: «Los Inquisidores deuen ser más inclinados al tormento que otros juezes, porque el crimen de heregía es oculto y dificultoso de probar». Y añade que: «como la confesión del reo es provechosa no sólo para la república, sino también para el alma del mismo, el tormento debía aplicarse con toda confianza».[iv]

Torquemada arroja un crucifijo contra un judío en el cuadro "Expulsión de los judíos en España" de Emilio Sala, Museo del Prado.  Fuente: ABC, 27 de enero de 2015.
Torquemada arroja un crucifijo contra un judío en el cuadro «Expulsión de los judíos en España» de Emilio Sala, Museo del Prado. Fuente: ABC, 06.12.18

Y así se generaliza el terror, con el concurso de delaciones anónimas, por motivos fútiles, con el protagonismo de los temibles familiares de la Inquisición, más de veinte mil en España, que constituían una gigantesca red de delatores que resultaba sumamente provechosa para crear ese clima que se acrecentaba por la gran importancia de los personajes de elevado rango que caen en la red. Uno de estos, el Obispo Bartolomé de Carranza, primado de España y arzobispo de Toledo, dominico desde los 16 años, examinador de los predicadores, amigo de Carlos V, protagonista en el Concilio de Trento donde acude por orden del emperador, próximo después de Felipe II, al que incluso acompaña en su viaje a Inglaterra… es apresado por la Inquisición el 23 de agosto en Torrelaguna, por orden del Consejo , juzgándosele desde 1559 a 1567, llevado a Roma donde ingresa aún en prisión, dictando sentencia  el Papa declarándolo sospechoso de herejía el 14 de abril de 1576, y siendo finalmente absuelto poco antes de morir. Estuvo 17 años preso por la Inquisición. La sospecha residía en la influencia protestante de alguna de sus proposiciones. Otro, el buen Obispo de Granada, primero nombrado en la ciudad tras la conquista, Hernando de Talavera, de familia conversa, que había sido confesor de la Reina, y se opuso a toda violencia contra los moriscos, instando a los sacerdotes a aprender árabe para convertir mediante la predicación, se le inicia proceso inquisitorial en los últimos años de su vida, impulsado por el Inquisidor General y el propio Rey Fernando. El Papa le evitó la prisión, se inmiscuyó en el proceso y lo declaró inocente en 1507, el mismo año en que murió con 80 años, probablemente sin llegar a conocer la resolución del Pontífice.

La relación de los perseguidos, entre los cuales se buscaban personas ricas y de elevada posición, es extensa, y acabaría consiguiendo lo que Fray Luis de León y Luis Vives, entre otros, que se encuentran entre los más eximios intelectuales que ha tenido este país, señalasen: «En España ya no se podrá pensar, ni hablar, ni callar

Así lo advirtió Cervantes, por boca de su personaje Humillos, en La elección de los Alcaldes de Daganzo, hablando del mucho leer, «que son quimeras, que llevan a los hombres al brasero y a las mujeres a la casa llana», y Rodrigo Manrique, hijo natural del Inquisidor General, en carta a Luis Vives: «Cada vez resulta más evidente que ya nadie podrá cultivar las buenas letras en España  sin que al punto se descubra en él un cúmulo de herejías, de errores, de taras judaicas…», añadiendo respecto del juicio a Fray Luis de León el propio padre Juan de Mariana que: «quebró los ánimos a muchos aquel suceso, considerando en riesgo ajeno la tormenta que amenazaba a quienes libremente afirmaran lo que pensaran».

Las consecuencias en forma de desertización de la cultura española, no tardaron en llegar.

Muchas son las páginas que se han escrito sobre las causas de expulsión. Intentemos resumirlas en unas pocas líneas, resultando lo más prudente pensar que no fue una sola de las apuntadas, sino que todas pudieron concurrir en mayor o menor grado. La primera que habrá de considerar es la oficial: evitar la heterogeneidad religiosa, una vez conseguida cierta unidad política y territorial tras la toma de Granada. Sin duda, los judeoconversos, obligados a convertirse, mantenían contactos y costumbres con sus amigos y familiares que se habían mantenido fieles a su religión originaria, y probablemente muchos judaizaran, lo que no es extraño dado que la conversión era forzosa.

Un sector de la historiografía ha considerado que fue simplemente la avaricia la que impulsó sobre todo a Fernando el Católico a actuar contra la comunidad judía y judeoconversa, para quedarse con sus bienes. Sin duda, la Corona se beneficiaba de esta actividad represiva, y era la destinataria última de los bienes incautados, pero tenía que sufragar también los gastos, que eran cuantiosos. Existen datos de los costes de los Autos de Fe, que en su afán de impresionar al pueblo, eran desorbitados. Llamativa sí sería al respecto la serie de exacciones ilegales que se hacían a los detenidos: chantajes, exigencia de sobornos. Encerrados en cárceles secretas, cualquier aviso que quisieran dar a su familia les costaba pagar al familiar de turno, cada gestión que obviara mínimamente el aislamiento de la prisión, exigía una dádiva, está documentado que se pagaba en ocasiones al verdugo para que aplicara el tormento con menos rigor… La situación de indefensión de los encarcelados sugiere, sin mucho esfuerzo, el calvario de exacciones ilegales que sufrían.

Por otra parte, hay que considerar otro de los motivos esgrimidos como muy probable para entender los designios de la Corona y el apoyo de que gozaron. No era otro que el eliminar la competencia para muchas de las actividades importantes que se realizaban en la sociedad, en los ámbitos económicos, culturales, en la corte, en la Universidad… ventaja que gracias a la destrucción del núcleo converso obtenían los cristiano viejos.

Por último, la historiografía moderna portuguesa y española considera objetivo de Fernando el Católico y de la monarquía portuguesa en su caso, la destrucción de la clase social emergente, burguesa, sólidamente anclada en las ciudades, dinámica, con capacidad económica e intelectual y lazos internacionales, que conformaba este grupo social.

José Luis Villacañas señala: «La inquisición hispana, como tribunal destinado a destruir a los conversos y apoderarse de sus bienes, y de este modo impedir que las ciudades dispusieran de élites políticas capaces de constitucionalizar el reino…», [v] y relata cómo Alonso de Palencia observó que el Rey aceleró sus objetivos al visitar Sevilla y ver la riqueza de sus estratos urbanos.

Ya hemos visto que en parte coincide con esta observación incluso Caro Baroja, en parte, y García Cárcel, posición que había sido adelantada por el historiador portugués Antonio José Saraiva.

Alberto  García


[i] Julio Caro Baroja, Los judíos en la España Moderna y Contemporánea, Tomo I, págs. 374-375, Istmo, 1990.

[ii] Julio Caro Baroja, pág. 399 libro citado.

[iii] Bataillon, Erasmo y España, págs. 708 y 708. Edición 1966.

[iv] Julio Caro Baroja, pág. 332 libro citado.

[v] Jose Luis Villacañas, Imperiofilia y el populismo nacional católico, pág. 145, 3ª edición, 2019.

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2 thoughts on “Los judeoconversos (3)

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  • 11 de junio de 2021 en 12:36
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    Interesantísimo artículo, gracias, en el que he conocido historias que no conocía. Como la de la familia de Luis Vives o la familia paterna de Montaigne. He encontrado a faltar alguna referencia a la persecución de mujeres acusadas de brujería. Salen comadronas, costureras y otras, pero me parece importante no olvidar a a otras.

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