Sacudida electoral en 2024: ¿hacia dónde va Europa?

Pocos sectores de la izquierda europea están sabiendo estar a la altura de las circunstancias. Europa está secuestrada por los intereses del gran capital y las necesidades geopolíticas de los EE.UU. Hasta que se desarrollen alternativas firmes a este modelo, Europa solo podrá generar monstruos.

El eje fundamental de estas elecciones al Parlamento Europeo lo ha marcado, sin lugar a dudas, el conflicto en Ucrania. En primer lugar, como reflejo inmediato de la posición comunitaria al respecto de la pugna geopolítica en curso; y en segundo lugar, porque gran parte de las problemáticas sociales e incluso político-ideológicas que se están generando son consecuencias directas de la misma.

La guerra en Ucrania es el resultado de la instrumentalización de EE.UU. y algunas potencias europeas de los conflictos internos de esta nación para favorecer un golpe de Estado, que tuvo como primera consecuencia el inicio de una guerra civil en 2014, con el único fin de crear una amenaza directa a la Federación de Rusia en medio de la actual pugna geopolítica mundial.

No obstante, este conflicto, a diferencia de otros escenarios similares de clara instrumentalización geopolítica en otras partes del mundo, es de carácter regional, debido a que se desarrolla de forma directa en territorio europeo. En ese sentido no es de extrañar, en primer término, el temor en los Estados europeos limítrofes a que el conflicto pueda escalar hacia sus fronteras.

Igualmente, la agudización de este conflicto supone una nueva llegada masiva de refugiados.

Mientras vemos a Emmanuel Macron y a otros líderes de la Unión Europea (UE) aumentar la tensión contra Rusia, las voces que en Europa han exigido frenar toda posibilidad de escalada a través de negociaciones han sido perseguidas, tachadas de prorusas, y silenciadas.

Desde una perspectiva económica una alianza euroasiática sería beneficiosa para Europa; desde una perspectiva política, la paz entre los vecinos garantiza estabilidad y prosperidad; y finalmente, desde una perspectiva narrativa, el lenguaje amenazante de las potencias europeas comienza a generar rechazo y hartazgo.

La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, en Berlín, 10 de junio del 2024.Gettyimages.ru

Ursula Von der Leyen, del Partido Popular Europeo que resultó vencedor en las elecciones, ha llamado a hacer un cordón sanitario contra la extrema derecha, donde está dispuesta a incluir a la extrema derecha siempre y cuando esta sea partidaria de incrementar la presión contra Rusia y el clima de histeria belicista en Europa.

En este momento histórico donde los políticos occidentales cambiaron el debate, el análisis y los datos por la construcción de relatos y narrativas, definitivamente podemos sospechar que gran parte de la clase política europea se encuentra afectada por una huelga de guionistas o atravesados por una crisis aguda de creatividad. 

Vemos cómo el proceso de ‘ucranización’ de Europa llega a estas elecciones donde el uso irresponsable del neonazismo y el neofascismo en el continente es considerado una herramienta legítima oportunista con la que jugar para poder garantizar así la obtención de unos resultados geopolíticos determinados.

En este sentido, la contradicción generada por la guerra en Ucrania debemos entenderla sobre todo cómo la escenificación de algo más profundo: Europa debe elegir su lugar en el mundo.

Desgraciadamente muy pocos, tampoco las llamadas “extremas derechas”, están abordando con seriedad está cuestión. Y, desgraciadamente, pocos sectores de la izquierda europea están sabiendo estar a la altura de las circunstancias, aun cuando en este escenario también está detrás de consecuencias sociales que se manifiestan en una merma en la calidad de vida y sobre todo en la proyección futura sobre las condiciones de la clase trabajadora en Europa.

El sector agrícola, fundamental en la economía comunitaria, se ha visto afectado en sus capacidades durante años por los distintos acuerdos de libre comercio y las facilidades para la deslocalización productiva, que han generado un fuerte choque entre la gran industria agroalimentaria y los pequeños agricultores.

En el actual escenario, las políticas que han privilegiado al grano ucraniano agudizaron esta crisis y hemos visto durante los últimos años cómo las protestas de este sector recorrían distintos países europeos. Recordemos que parte de las supuestas “ayudas” occidentales al régimen de Kiev, han estado condicionadas a la exigencia de reformas al gobierno ucraniano que facilitasen el control sobre las ricas tierras de esta nación para grandes empresas de la agroindustria europea y estadounidense.

El líder del régimen ucraniano, Vladímir Zelenski, en Berlín, 11 de junio del 2024.Gettyimages.ru

Priorizando el privilegio de unos pocos frente a los derechos sociales de la mayoría, mientras se refleja, de nuevo, la hipocresía del supuesto apoyo de la Unión Europea al pueblo ucraniano, al que, una vez más, está dispuesto a sacrificar y expoliar por intereses geopolíticos y económicos.

Las crisis migratorias y de refugiados han sido otro de los elementos recurrentes de la fricción en Europa.

La política exterior de la UE en connivencia con los planes atlantistas, desarrolló modelos de neocolonialismo que provocaron crisis extremas humanitarias en distintos países, escenarios que durante años han impulsado grandes movimientos migratorios hacia Europa. Además del rol que estas potencias europeas han tenido en conflictos armados en distintos países como Libia o Siria, que han reforzado el auge de movimientos takfirís y de violencia desatada en regiones cercanas como el Magreb, el Sahel u Oriente Medio, ha provocado nuevos movimientos masivos de personas.

Sin embargo, a la hora de abordar la problemática de las migraciones, muy rara vez alguien señala la relación directa que se establece entre la política exterior occidental y las migraciones forzosas derivadas de todo ello.

El auge de una extrema derecha populista o de fenómenos de ultras aupados por las redes sociales, como el caso de Alvise Pérez en España, se aprovecha de todo este escenario de inconsistencias e incoherencias narrativas del sector “oficialista” para incendiar emociones en la población.

Si bien los partidos de la guerra no tienen un discurso coherente, los neofascistas sí lo tienen. Las mentiras oportunistas de estos sectores se rigen por una primitiva y simplista idea de coherencia. La culpa es del inmigrante, del ocupa o del que sea más pobre que tú y con eso ya “explican” toda la realidad.

Estamos en un contexto donde el llamado Occidente (EE.UU. y Europa) están perdiendo su hegemonía y ante esto hay dos opciones: una guerra contra el mundo o bien aceptar este cambio geopolítico y tratar de integrarse con dignidad en un mundo multipolar.

Si Europa sigue en la senda de la guerra, ya estamos viendo cómo se está fortaleciendo el complejo militar industrial frente a otros activos económicos, y también cómo merman nuestros derechos civiles, porque en guerra – aunque oficialmente no lo estemos- eso ocurre de forma natural e incluso “legitimada”. 

Esta opción de enfrentamiento contra el mundo también va a suponer cerrar puertas para obtener materias primas, lo que va a afectar incluso a la llamada transición verde o energética en el continente. Las sanciones contra Rusia, la salida de EE.UU. del Acuerdo Nuclear con Irán y la vuelta a las sanciones contra esta nación, han supuesto una merma de la capacidad de Europa para obtener los recursos naturales que necesita.

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¿Derrumbe del eje franco-alemán en la Unión Europea tras las elecciones?

La alternativa ha sido comprarlo todo a EE.UU., lo que encarece de forma notable el proceso y, además, genera una evidente incomprensión en la ciudadanía que ve como se encarece su vida cotidiana.

De manera paradójica, hasta la agenda 2030, que muchos han convertido en su buque insignia, no se podría desarrollar bajo estas circunstancias. Esa incoherencia e inconsistencia del discurso de los sectores guerreristas europeos es percibida -si no de manera intelectual, al menos de forma intuitiva- por gran parte de la población, que, no obstante, no sabe muy bien cómo actuar al respecto.

Europa está secuestrada por los intereses del gran capital y las necesidades geopolíticas de los EE.UU. Hasta que se desarrollen alternativas firmes a este modelo, Europa solo podrá generar monstruos.

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