La batalla de Chile
En el 52 aniversario del golpe militar de Pinochet: La insurrección de la burguesía; La lucha de un pueblo sin armas; El poder popular.
La Batalla de Chile Parte 1 La Insurrección de la Burguesía
En marzo de 1973 se celebran elecciones parlamentarias en Chile con una alta participación que alcanzó el 81% de los inscritos en el censo. La Confederación de la Democracia, que agrupaba al bloque de la derecha, (Partido Demócrata Cristiano, Partido Nacional, Democracia Radical, Partido de Izquierda Radical y Partido Democrático Nacional) obtuvo 149 diputados y 22 senadores. El bloque de izquierda, representado por la Unidad Popular, logra 141 diputados y 17 senadores. La Unión Socialista Popular, una escisión del Partido Socialista, alcanza 32 diputados. La correlación de fuerzas resultante de la contienda electoral impedirá que el Senado pueda acusar constitucionalmente al Presidente Allende y lograr su destitución, algo que provocó una enorme frustración en la derecha y la inmediata denuncia de existencia de fraude electoral.
Para el bloque de la derecha la vía electoral ya no resultaba útil para alzarse con el poder. Su estrategia será entonces la del golpe de estado. Pero antes, la burguesía chilena desarrolla una intensa actividad insurreccional preparatoria. Este primer documental de la trilogía «La Batalla de Chile» lo visualiza de manera extraordinaria. La película se rueda en medio de los acontecimientos. El rodaje de todo el material se prolongó hasta el mismo día del golpe de estado.
Acaparamiento y mercado negro, boicot parlamentario, asonada estudiantil, ofensiva de los gremios patronales y finalmente la huelga del cobre, constituyen las fases previas que recorre la derecha chilena, con amplio apoyo del imperialismo, al golpe militar de Pinochet en septiembre de 1973.
El documental arranca con unas preguntas a los manifestantes de la derecha (movilizados en coche) en plena campaña electoral y el periodista les pregunta: ¿cree usted en la vía electoral o en otro tipo de camino? De una u otra forma, todos contestan en el mismo sentido: ¡Por supuesto, solo en la vía electoral! ¡Derrotaremos a la Unidad Popular en los comicios!
Mientras esto decían, la derecha reaccionaria promovía y organizaba los escuadrones de choque, financiados por la patronal y por la CIA, destinados a generar violencia y caos social. En una gran marcha de trabajadores organizada por la Central Única de Trabajadores cae asesinado José Ahumada, víctima del terror fascista. Al sepelio del obrero caído acuden más de 300.000 chilenos.
Los hijos de la burguesía acaudalada, que acuden a la Pontificia Universidad Católica de Santiago de Chile, se solidarizan con los huelguistas contrarrevolucionarios de la minería del cobre. Uno de sus agitadores, Guillermo Medina, será más tarde Jefe sindical del gobierno golpista.
Los trabajadores chilenos consiguen derrotar esta manifestación sediciosa de un sector de la aristocracia obrera aliado al fascismo. Una impresionante movilización popular agrupa a más de 500.000 trabajadores y muestra su total apoyo al gobierno de la Unidad Popular y su repudio al fascismo. ¡Crear, crear, milicia popular! ¡Apoyar, apoyar, al gobierno popular! ¡Allende, Allende, el pueblo te defiende! son algunas de las consignas que la multitud corea con desgarradora fuerza.
La revista norteamericana Cineaste definió este gran documental como «uno de los diez mejores filmes políticos del mundo».
La Batalla de Chile. La lucha de un pueblo sin armas
Salvador Allende: «Tienen la fuerza, podrán avasallarnos, pero no se detienen los procesos sociales ni con el crimen ni con la fuerza. La historia es nuestra y la hacen los pueblos. Sigan ustedes sabiendo que mucho más temprano que tarde se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre para construir una sociedad mejor.»
En las elecciones presidenciales de 4 de septiembre de 1970, Salvador Allende, candidato por la Unidad Popular, obtiene el 36,63% de los votos, seguido muy de cerca de Jorge Alessandri con el 35,29% de los sufragios. Logra una mayoría relativa, insuficiente para acceder de manera directa a la Presidencia de Chile. De acuerdo a las previsiones constitucionales, al Congreso le competía decidir entre los dos primeros candidatos con mayor apoyo electoral. Siguiendo una práctica tradicional, el 24 de octubre siguiente, los congresistas eligen al primero de los dos candidatos y otorgan el apoyo a Salvador Allende con el voto favorable, aunque con muchas reservas, de los diputados de la Democracia Cristiana.
Entretanto, la derecha reaccionaria, junto con la organización fascista Patria y Libertad, intenta impedir el acceso de Salvador Allende a la Presidencia de Chile y organiza el secuestro del general constitucionalista y comandante en jefe del ejército, René Schneider, el 22 de octubre anterior. La resistencia al atentado terrorista de este alto militar, que en legítima defensa hace uso del arma reglamentaria, se salda con el impacto de tres balas en su cuerpo y muere el 25 de octubre, un día después de que el Congreso eligiera a Salvador Allende como nuevo Presidente de la República.
La segunda parte de la trilogía «La Batalla de Chile» narra los acontecimientos que se producen en aquel país entre los meses de marzo a septiembre de 1973. Los acontecimientos se precipitan y el documental los refleja con precisión.
La Democracia Cristiana, cada vez más opuesta al gobierno de Salvador Allende, se radicaliza y conforma con la extrema derecha y las organizaciones patronales una alianza resuelta a desalojarle del poder, utilizando indistintamente la vía legal de la mayoría en el congreso mientras siembra el caos social y económico en el país, haciendo caso omiso a los llamamientos a la paz que exhortan los altos dirigentes de la Iglesia Católica.
En este contexto es asesinado el 27 de julio de 1973 por bandas fascistas el comandante de la Armada Arturo Araya Peeters, ayudante de campo y hombre de confianza del Presidente. Mantenía contacto permanente con los sectores militares constitucionalistas. En fechas anteriores, los máximos dirigentes de la Democracia Cristiana habían mostrado cierta predisposición a un acuerdo con el Presidente de la República que evitara la ruptura constitucional y la contienda civil, lo que provoca enorme inquietud en los grupos de extrema derecha financiados por el imperialismo.
Impactantes resultan las escenas del documental (m. 52) que registran las honras fúnebres del comandante asesinado en la ciudad de Valparaíso, presididas por Salvador Allende. Mientras la cámara se mueve entre la oficialidad presente en el acto, se escucha la marcha fúnebre de Frédéric Chopin interpretado por una banda militar. La pieza musical, siempre sobrecogedora, domina la escena y parece presagiar el fatal desenlace de los acontecimientos en desarrollo.
A las ocupaciones de fábricas y centros comerciales que se realizan con cobertura legal, destinadas a combatir el desabastecimiento, el acaparamiento de materias primas y de los productos de primera necesidad y, finalmente, las huelgas contrarevolucionarias que promueven la patronal junto a la oposición, le suceden los allanamientos de centros de trabajo ocupados por los obreros que organizan los sectores militares y policiales golpistas con la excusa de la búsqueda de armamento. Los oficiales que participan en estas actividades intimidatorias, con el beneplácito de los diputados opositores, persiguen conocer el terreno, estudiar la reacción de los trabajadores y acostumbrar a la tropa a enfrentarse con la población civil, al mismo tiempo que vigilan el comportamiento de sus propios soldados. Nunca se encontró armas en los allanamientos. Es la lucha de un pueblo sin armas.
Memorable es también la grabación de una asamblea de trabajadores que debate el curso de los acontecimientos. Sus rostros, sus palabras y el modo de comunicarse con esa solemnidad propia de los momentos trascendentes, expresan con exactitud la gravedad de la situación y lo difícil que resulta, en medio del campo de batalla, acertar y además hacerlo con la premura que los hechos demandan.
El reportero pregunta a un grupo de madres que en brazos sostienen a sus hijos: ¿hay que armar al pueblo? -por supuesto, claro y eso es lo que tiene que hacer el gobierno. Nosotros somos la fuerza de él (Allende). Él está de presidente por nosotros, nosotros lo sacamos porque los ricos jamás harían nada por nosotros. Aquí, en el campamento nadie tiene un arma y con manos y palos no se puede hacer nada-.
¿Son viables los procesos revolucionarios por la vía de la institucionalidad? ¿Son posibles transformaciones sociales profundas y legítimas cuando el fascismo y sectores amplios del ejército apuntan con sus fusiles al pueblo? ¿Qué hacer entonces? El visionado de «La batalla de Chile», y en particular esta segunda parte, nos dan elementos para reflexionar sobre esta importante cuestión.
El 11 de septiembre se consuma el golpe militar de Pinochet. Salvador Allende defiende la legalidad constitucional y muere de forma violenta en el intento. Antes se dirige a su pueblo y le dice: «Tienen la fuerza, podrán avasallarnos, pero no se detienen los procesos sociales ni con el crimen ni con la fuerza. La historia es nuestra y la hacen los pueblos. Sigan ustedes sabiendo que mucho más temprano que tarde se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre para construir una sociedad mejor.»
La batalla de Chile. El poder popular
Con la derrota de la huelga patronal en noviembre de 1972, se intensifican y extienden nuevas formas de organización y poder popular, incluidas las ocupaciones de fábricas y fincas no siempre legales. La realidad social, en rápido desarrollo, desborda los límites de una legalidad que queda obsoleta.
Ante el caos y la crisis que desencadena la derecha chilena y el imperialismo, las capas populares responden con la organización y la puesta en marcha de originales alternativas comunales, como los almacenes comunitarios para combatir el acaparamiento de materias primas y de primera necesidad y el mercado negro, los cordones industriales que organizan los trabajadores de diferentes fábricas para garantizar la continuidad de los procesos de producción, los comités campesinos encargados de la producción agrícola para el abastecimiento de la capital mediante ocupaciones de fincas no siempre «legales» y los comités de vigilancia para proteger la actividad industrial de las fuerzas de choque fascistas.
Tras 18 meses, el gobierno de Salvador Allende ha nacionalizado las grandes minas de cobre, nitratos, carbón, hierro y cemento y ha procedido a expropiar seis millones de hectáreas cultivables. Este proceso de transformación social resiste la respuesta de la clase dominante y sus organizaciones sociales y políticas, en estrecha alianza con el gobierno de los EE.UU., que organiza y financia la huelga de los transportistas a finales de 1972. El presidente de la Sociedad de Fomento Fabril, que agrupa a la patronal chilena, se dirige al país con un llamado al caos y al paro patronal en boicot al gobierno de Allende. Los grupos de choque atacan a los transportistas que no se han sumado a la huelga, y los trabajadores la combaten desde su inicio con todo tipo de alternativas que garantizan el transporte y la distribución de materias primas y productos de primera necesidad.
La huelga patronal es derrotada en noviembre de 1972 y los trabajadores y capas populares celebran la victoria con una gran manifestación de apoyo al gobierno y la intensificación y extensión de nuevas formas de organización y poder, incluidas las ocupaciones de fábrica no siempre legales. La realidad social en rápido desarrollo desborda los límites de una legalidad que queda obsoleta.
Esta nueva etapa incorpora la necesidad de la participación. Los obreros y los campesinos son llamados a participar en la dirección y administración de la actividad productiva, mecanismo con el que intentar arrebatar a la clase dominante el control de la producción. Una batalla política dirigida a instaurar la planificación económica y romper una de las bases fundamentales en las que se asienta el modo de producción capitalista.
Cualquiera que sea la vía hacia el socialismo, cualquiera que sea el modo y la forma de lograr la revolución social, la condición fundamental que vincula a todas ellas es la ineludible conquista del poder político por la clase trabajadora en un proceso temporal variable y en el marco de una exacerbada lucha de clases, condición sine qua non para poder sustituir la propiedad privada por la propiedad social de los medios de producción y de circulación; premisa indispensable para establecer la organización planificada y democrática del proceso social de la producción.
Una parte fundamental del aparato del Estado es el ejército. Sin el ascenso de las fuerzas revolucionarias a la institución castrense y la ausencia de una milicia antiimperialista bien organizada, las posibilidades de la llamada vía chilena al socialismo quedaron muy mermadas.
Marta Harneckerseñala en septiembre de 2003, en el texto «La lucha de un pueblo sin armas (Los tres años de gobierno popular)», que la dirección de la UP, en el segundo semestre de 1972, había llegado al convencimiento de que el proceso chileno no podía continuar por la vía legal. Estimando contar con el apoyo de un sector del ejército, «se plantea la posibilidad de instaurar una dictadura militar popular que permita parar la ofensiva reaccionaria eliminando de la institución a los oficiales golpistas y atacando duramente a Patria y Libertad y el sector fascista del Partido Nacional y sus órganos de propaganda encabezados por El Mercurio. Tanto la dirección del PC como la del PS estaban plenamente convencidos de que este era el único camino que quedaba y pensaban poder lograr conquistar para estos objetivos a un sector de los oficiales de las fuerzas armadas. Si se actuaba rápidamente y con eficacia se podría evitar el riesgo de guerra civil que implicaba este camino. Sin embargo, las vacilaciones de Allende y de Prats, que vuelve en ese momento de su viaje por el exterior postergan dicha solución.»
En Chile, el proceso revolucionario se detuvo con el golpe de estado de Pinochet. Desde el 11 de septiembre hasta fines de 1973, la dictadura militar de Pinochet asesina o hace desaparecer a más de 1.000 chilenos. Cuatrocientos expertos estadounidenses de la CIA ayudaron a Pinochet en esta macabra tarea. El informe de la Comisión Rettig reportó en 8 de febrero de 1991 un total de 2298 víctimas identificadas por desaparición forzada, o por ejecución, uso indebido de la fuerza, abuso de poder, tortura o atentados, con resultado de muerte.
La dictadura de Pinochet impuso, además, un modelo económico constitucional –artículo 19 de la «Constitución de 1980»- que privatizó prácticamente toda actividad productiva, otorgando al Estado un rol de subsidiaridad que facilitó todo tipo de políticas neoliberales. La seguridad social, la educación, la sanidad, el régimen de pensiones y las empresas estatales fueron privatizadas.
Al igual que en España, el golpe militar fue la respuesta violenta de las clases acaudaladas frente a las demandas de las clases populares. Las semejanzas de lo que ocurrió en Chile con lo que sucedió en España en 1936 fueron muy importantes.
En fecha reciente, las comisiones unidas de Gobierno Interior y Constitución de la Cámara de Diputados de Chile aprobaron el pasado 30 de marzo la propuesta de aplazar para el 15 y 16 de mayo las elecciones municipales, regionales y de los delegados que redactarán la nueva Constitución, previstas inicialmente para el 10 y 11 de abril, debido al agravamiento de la pandemia.
Las amplias movilizaciones que han permitido ahora la apertura de un proceso constituyente deberían continuar para asegurar, desde la ruptura democrática, un texto constitucional que sintonice con las demandas de las masas populares. Volver al quietismo sería fatal. Lamentablemente, este proceso constituyente fracasó.
Esta última parte de «La batalla de Chile» constituye, al igual que las anteriores, un excelente documental sobre un intenso episodio de la lucha de clases, verdadero motor del desarrollo histórico. Arranca el video con una versión orquestal del ¡Venceremos!, himno de la Unidad Popular, pero en tiempo lento, en contraste con los rápidos acontecimientos que inmediatamente después describe la cinta. La vía chilena hacia el socialismo desde la institucionalidad constituye una experiencia histórica de la que todos debemos aprender. Hugo Chávez y el proceso revolucionario en curso en Venezuela la han tenido muy en cuenta y han actuado en consecuencia. De esta nueva experiencia también tenemos que aprender.

