La solidaridad en la lucha no se detiene en los Pirineos

Desde Francia, un testimonio evocador de internacionalismo. (1)

Está muy extendida en Francia la idea de que los Pirineos constituyen una barrera infranqueable entre dos pueblos destinados a no comprenderse y condenados a vivir historias diferentes: centralista y republicano al norte de la barrera y obstinadamente monárquico y proclive a romperse en países dispares al sur. Ni la emigración del Sur hacia los empleos industriales o agrícolas del Norte, ni los flujos hacia el Sur de turistas en busca de un bronceado exótico han acabado del todo con estos clichés. Y sin embargo, se trata exclusivamente de prejuicios. La realidad es bastante diferente.

La República de la que alardean nuestros liberales dirigentes (hasta el punto de bautizar su último proyecto represivo contra el pueblo pobre y en gran parte inmigrado de las periferias urbanas, acusado de «separatismo», como «Ley de Defensa de los valores republicanos») es, en realidad, desde 1958, una «Monarquía Republicana», como la llamaban sus fundadores gaullistas. Macron, que apenas cuenta con la aprobación de un tercio de los franceses según las encuestas, legisla gracias a una Asamblea masivamente compuesta por amigos suyos y con un respaldo aún menor de la opinión pública. Las mismas Cortes españolas no dejan de tener más peso. Y aunque los Prefectos [delegados de gobierno] siguen velando por la aplicación de las mismas leyes desde Dunkerque a Perpiñán, las reivindicaciones de las «provincias», a menudo olvidadas por las «élites» autoproclamadas de las metrópolis, no dejan de manifestarse, enfundada en Chalecos Amarillos o cubierta con gorros rojos, desde Córcega a las costas bretonas. Los años 1789-1793 quedan lejos de la Francia actual, y la misma crisis social y política, que tiene mucho más que ver con el capitalismo que con el COVID, golpea a nuestros dos países, favoreciendo a ambos lados de los Pirineos el descrédito de los políticos y el resurgimiento de xenofobias de extrema derecha.

Estas convergencias no son nuevas. Fueron especialmente intensas a partir de 1936, cuando España y Francia eligieron simultáneamente mayorías parlamentarias llamadas de Frente Popular, de las que nuestros dos pueblos esperaban más igualdad social y política. Así fue al norte de los Pirineos, cuando los obreros en huelga impusieron a los patronos permisos pagados y alzas de salarios. No pudo ser así en España, donde los jefes del ejército, apoyados por las oligarquías y la Iglesia, al frente de grandes contingentes de tropas coloniales y con decenas de miles de soldados y modernos aviones de combate proporcionados por Mussolini e Hiltler, emprendieron en julio de 1936 la «Cruzada» para matar a la República. Y si esta agresión fascista consiguió imponerse al cabo de tres años de feroces combates, fue en buena medida gracias a la traición del gobierno de Frente Popular francés, que se negó a suministrar al gobierno democráticamente elegido de España los fusiles, cañones y municiones de los que carecía, y prefirió proclamar una hipócrita «no intervención» que dejó las manos libres a los bombarderos de Hitler para ensayar la táctica con que la derrotaría a Francia en 1940, masacrando a las poblaciones civiles, como atestiguan los ejemplos de Madrid o Guernica. Por lo demás, fue esta misma mayoría de diputados franceses del Frente Popular (socialistas y radicales) la que, el 10 de julio de 1940, aprobó dar los plenos poderes al Mariscal Pétain, amigo de Franco y futuro colaborador de Hitler.

Durante estos años en los que nuestros dos pueblos fueron traicionados, el Partido Comunista Francés encarnó el honor de Francia, igual que el PCE el de los pueblos de España. El PCF multiplicó las acciones en solidaridad con los republicanos españoles, mítines, recogidas de víveres y de dinero, acogida de huérfanos, organización y reclutamiento de las Brigadas Internacionales. El PCF estuvo incluso en el origen de la compañía France navigation que hizo posible, gracias a la lejana URSS, el envío clandestino de armas a la España republicana.

Demasiado olvidadas, estas luchas comunes a nuestros dos pueblos dejaron algunas huellas en las memorias. En la región de Île-de-France, el hospital de Eaubonne acogió durante un tiempo a los heridos evacuados del frente republicano, con la complicidad de médicos y enfermeros franceses. Los restos de los que fallecieron allí reposan hoy en el cementerio de esta ciudad del cinturón de París. Tras la victoria de Franco, los refugiados republicanos que cruzaron la frontera con Francia fueron ignominiosamente recluidos por un gobierno radical pretendidamente de izquierdas en los campos de Argelès, Rieucros y otros, antes de que una parte de ellos fueran entregados a los nazis por Pétain.

Pero la fraternidad franco-española en el combate prosiguió en la Resistencia antinazi: en 1945, fueron españoles que combatieron en las filas de la Resistencia francesa quienes expulsaron a las fuerzas de ocupación alemanas de Nimes, y otros, poco después, entraron con los blindados franceses y aliados en el París liberado por su pueblo insurrecto, al mando del comunista Rol-Tanguy, que a su vez  había combatido en las Brigadas Internacionales.

Esta memoria ha sido debilitada estos últimos años por la disolución en el oportunismo de numerosas organizaciones que habían sido revolucionarias. Un número reciente de L’Humanité Dimanche ensalzaba el último libro aparecido en Francia sobre el tema (Mendieta, Histoire retrouvée de la Guerre d’Espagne), una recopilación plagada de análisis falsos y de omisiones lamentables, y sobre todo impregnada de antisovietismo y anticomunismo: ¡60 páginas para «demostrar» (!) el robo por la URSS de Stalin del oro del Banco de España y muy poco sobre el papel militar de los comunistas españoles, presentados como  celosos servidores de los espías soviéticos!

Es verdad que L’Humanité ya no se presenta como el periódico del PCF…

Desde 1956 fui alumno del instituto de Mende, en Lozère [un departamento del sur de Francia], y allí aprendí algunos rudimentos de español, una lengua tan próxima del occitano de montaña que hablaba cotidianamente mi familia. Un refugiado republicano español había conseguido el encargo de algunas horas de clases y me hizo descubrir y amar la cultura hispánica, el inmortal Don Quijote y el Lazarillo de Tormes. Sigo estándole agradecido por ello.

Entre los numerosos héroes de las luchas comunes de nuestros dos pueblos, no puedo olvidar a Francesc (François) Tosquelles, que revolucionó la medicina psiquiátrica. Había nacido en 1912 en la ciudad catalana de Reus (Tarragona), en un medio burgués e intelectual del que se distanció militando desde su juventud por cambiar radicalmente su oficio de «médico de locos», que hasta entonces consistía esencialmente en encerrarlos sin tratarlos para que no fueran un peligro para la sociedad. Tosquelle vio en la República una esperanza de nuevas terapias. Inspirándose a la vez en las ideas de Freud, Marx y teóricos libertarios (fue miembro del POUM de Andreu Nin), ejerció su profesión al servicio del ejército republicano desde el inicio de la guerra.

Defensor de la idea de que los trastornos mentales estaban frecuentemente relacionados con traumatismos sociales, se oponía a la exclusión represiva de los enfermos pues los consideraba curables por medio de su reinserción progresiva en unas relaciones igualitarias de trabajo y de respeto. Desde esta óptica, el joven médico-militante intentó poner en práctica su nueva psiquiatría: indignó enormemente a los reaccionarios locales cuando sustituyó a los guardas que vigilaban a sus pacientes por prostitutas reconvertidas en enfermeras, pues, decía, «ellas conocen bien a los hombres».

La derrota de la República condujo a Tosquelles a abandonar España en 1940, y tuvo la fortuna de ser acogido por los psiquiatras franceses Biavet y Bonnafé que conocían sus trabajos y compartían su defensa de una terapia progresista. Gracias a ellos y pese a no contar con la titulación oficial, fue creciendo su posición en el equipo médico del hospital de Saint Alban sur Limagnole, una aldea de Margeride, en el corazón de una meseta granítica de más de 1.000 metros de altitud, barrida por los fríos vientos de invierno. Desde allí impulsó una verdadera revolución psiquiátrica, suprimiendo el encierro de los enfermos y enviándolos a trabajar a las granjas, a cambio de un salario pagado en alimentos, tan necesarios en aquellos tiempos de penuria y de saqueo de Francia por los nazis. De este modo, los enfermos mentales de Saint Alban fueron los únicos de la Francia ocupada que no sufrieron hambre. Pero para Bonnafé y Tosquelles, inventores de la nueva psiquiatría, llamada de inserción y «de sector», se trataba sobre todo de una terapia, más tarde imitada en todo el mundo.

Solo en 1953, años después de la derrota nazi, Tosquelles se convirtió oficialmente en Director del hospital de Saint Alban, puesto en el que se mantuvo otros diez años, reconocido por fin como pionero de la psiquiatría no represiva. Gracias a Bonnafé y su equipo, el hospital de Saint Alban fue durante toda la guerra un lugar de refugio de intelectuales resistentes perseguidos, entre ellos el poeta Paul Eluard.

En 1956 nuestros destinos se cruzarían indirectamente. En el instituto de Mande tuve como condiscípulo algo mayor que yo a un tal Ourabah, hijo adoptivo del doctor Tosquelles. La insurrección liberadora en la Argelia colonizada por Francia había comenzado dos años antes y se traducía en atentados sangrientos contra la minoría privilegiada francesa. Estos desencadenaban la indignación de muchos franceses, poco informados de las desigualdades coloniales y a menudo racistas. No faltaban las discusiones en el patio del instituto y un día tomé parte en una de ellas al ver a Ourabah rodeado por una jauría que clamaba contra el «salvajismo musulmán», apoyando con él el derecho de los argelinos a elegir sus leyes y su gobierno. No sé qué fue después de este acogido por el exiliado español, pero este encuentro improvisado de la historia de los pueblos de Francia, España y Argelia me marcó y fue uno de los primeros actos fundadores de mi vida militante ulterior, desde el principio impregnada de solidaridad con los pueblos de España y de África.

Una vez más, a ambos lados de los Pirineos y del Mediterráneo, hoy tenemos combates comunes por delante, contra el imperialismo y la desigualdad capitalista.

Francis Arzalier, historiador. Miembro de la Association Nationale de Communistes (ANC de Francia).


(1).- Texto traducido del original en francés enviado generosamente por el autor.

      

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