¿Sigue teniendo cosas que decirnos la Comuna de París?

Barricade de la Rue de Flandres. Fuente: http://socpopu.over-blog.com

Una colaboración de Francis Arzalier, historiador y miembro de la Association Nationale des Communistes (Francia).

Han pasado ya 150 años desde que la Comuna de París existiera durante algunas semanas, desde el 18 de marzo hasta los últimos tiroteos del 28 de mayo de 1871: solo 72 días y un final trágico. Miles de obreros, artesanos e intelectuales parisinos ejecutados sin juicio, deportados y cubiertos de oprobio por parte de todos los «grandes escritores» franceses, incluidos los considerados «republicanos», como Flaubert, Zola, etc.

Puede resultar sorprendente que este acontecimiento fugaz de la historia de Francia continúe conmemorándose hoy y hasta se le festeje en nuestro país y a veces en todo el mundo. Lo que no está exento de ambigüedades, ya que a menudo se conoce tan mal la Comuna de París que incluso ha engendrado curiosos herederos. Así, se ha visto a intelectuales de la derecha extrema reivindicando su antiparlamentarismo, como si la Comuna se resumiera en este rasgo. Otros, menos nocivos pero igualmente falsarios, se mofan de nosotros por glorificar un no-acontecimiento que, dicen, nada habría aportado a la historia de Francia, aparte de dos meses de furia y sangre, transformados, según ellos, en mito fundador de las utopías contemporáneas.

Pues bien, por mucho que no sea del agrado de estos manipuladores liberales de toda laya, y por muy corta y derrotada que fuera, la Comuna fue hace 150 años un acontecimiento fundamental de la historia mundial, y basta que la estudiemos algo para darnos cuenta de hasta qué punto prefigura nuestro porvenir, el que queremos construir para reemplazar el presente capitalista.

Una coyuntura histórica excepcional

Lo paradójico es que fueron los avatares de la historia los que hicieron posible este poder obrero en París: el emperador Napoleón III se creyó un gran estratega político buscando una guerra estúpida con Prusia, con la esperanza de ahogar a una oposición republicana agitada, ofreciéndole como diversión una victoria militar. El muy torpe solo consiguió una paliza de unos alemanes que pugnaban por su unidad y la proclamación en París de una República provisional en septiembre de 1870. Una República de burgueses y abogados timoratos, apoyados por los diputados conservadores elegidos poco después, y cuyo único deseo era firmar la paz con el ocupante prusiano, lo más pronto posible y a cualquier precio: ¡un rescate de 5.000 millones más Alsacia y Lorena para el teutón vencedor! París, donde las empresas industriales habían proliferado durante las décadas del Segundo Imperio, había conocido el hambre a lo largo de varios meses de sitio. Un castigo del que buena parte de los burgueses y aristócratas de los mejores barrios de la capital se habían librado abandonándola para recalar en sus residencias de provincias, a veces en la propia región de Île de France, todavía rural, en sus «castillos» del valle de Montmorency o sus palacetes de Versalles.

Por ello, en marzo de 1871, la población parisina era mayoritariamente obrera, concentrada en los barrios del norte y el este de la ciudad, desde Belleville a Montmartre, y esta mayoría de trabajadores está organizada en la Guardia Nacional en armas. Está indignada por el derrotismo del Gobierno Provisional, tras los sufrimientos de los meses precedentes. Su rechazo al desarme ordenado por los «capituladores» que se habían refugiado en Versalles fue lo que provocó la insurrección de la Guardia Nacional el 18 de marzo y la proclamación de la Comuna. En primer lugar, pues, por un sentimiento patriótico humillado, pero también por un reflejo de clase.

El primer Estado proletario

Lenin no se equivocaba cuando, en 1917, declaró que la Comuna era el modelo de su República de los Soviets, el gobierno con el que soñaba para Rusia y para el mundo. La Comuna fue, efectivamente, el primer gobierno obrero, no de la burguesía poseedora, que intentó poner en práctica las reformas drásticas esperadas por los trabajadores de modestos ingresos, muchos de ellos reducidos a la miseria por la guerra, imponiéndoselas a los poseedores del capital, que no se lo perdonarían: moratoria y bloqueo de alquileres, control de algunos salarios y de la jornada de trabajo, apropiación colectiva de las empresas paralizadas por la huida de sus patrones, condonación de las deudas de los más pobres con el Monte de Piedad…

Unas medidas que eran anuncios de otras (laicidad del Estado, escuela pública, gratuita y obligatoria, etc.) que la Comuna, atacada por el ejército versallés, no tuvo tiempo de aplicar. Más que un Estado obrero, la Comuna pretendía ser el del proletariado, un conglomerado social más amplio constituido por todos aquellos que no tienen más que su fuerza de trabajo (manual o intelectual) para «ganarse la vida». Muchos militantes de la Comuna eran obreros, asalariados de fábricas y talleres, pero también había periodistas, como Vallés, maestras como Louise Michel, o artistas como Courbet.

Y este aspecto nos hace más cercana la Revolución de 1871, en una Francia de 2021 mutilada de sus industrias, y donde un futuro Estado Socialista no podrá ser sino el de todo el proletariado. Por lo demás, la ciudadanía francesa de 2021 haría bien en retener otra enseñanza de 1871: la burguesía dirigente, por muy «liberal» y «demócrata» que se presente, está siempre dispuesta a un giro autoritario apenas se siente incapaz de controlar la oposición.

Una verdadera democracia

En la visión fantasmagórica de los comuneros que desde hace 150 años propalan nuestras «élites» liberales, se trataría de unos brutos a menudo borrachines que se hicieron con el poder en París por medio de las armas, despreciando a los votantes. ¡Es una completa falsedad!

Los insurrectos del 18 de marzo, en respuesta al golpe de mano intentado por las autoridades partidarias de la capitulación frente a los prusianos, tomaron inmediatamente la decisión de convocar elecciones a todos los cargos de la Comuna parisina, incluidos alcaldes y funcionarios de cada uno de los distritos de la capital, mediante sufragio universal. La Comuna se apoyará hasta el final en esta conquista política democrática, al igual que la Guardia Nacional (los «Federados») que eligen a sus oficiales. Más aún: desde el primer momento, la Comuna hace público por medio de carteles un programa político enteramente nuevo. Una República Francesa de Ciudadanos iguales ante la ley, en sus 36.000 municipios administrados por cargos elegidos por sufragio universal. Ciertamente, un sufragio universal exclusivamente masculino; no había sonado aún la hora del feminismo político. Pero el tiempo de vida de la Comuna fue uno de los pocos episodios del siglo XIX en que las mujeres tuvieron un importante protagonismo, tanto en las asambleas populares como en las barricadas. Por otra parte, y sobre todo, los administradores electos de la Comuna serían controlados por los ciudadanos y revocables por ellos, única forma de impedir la deriva monárquica y burocrática que gangrena todo sistema parlamentario o presidencial, toda delegación de poder político.

La Comuna no murió por ausencia de democracia. Al contrario, la burguesía dirigente francesa la aplastó sangrientamente porque la Comuna había querido inventar una democracia verdadera, insoportable para esa clase.

Patriotismo e internacionalismo a la vez

Como, 70 años después, sus émulos de los FTP (Francotiradores y Partisanos: movimiento de resistencia contra el ocupante alemán creado por el Partido Comunista Francés, en la segunda guerra mundial), los comuneros fueron patriotas, combatientes por la independencia de la nación francesa abandonada al ocupante por el entreguismo de sus dirigentes. Ello no les impidió practicar la fraternidad revolucionaria, por encima de las diferencias de origen y culturales. Uno de los jefes militares elegidos por los Federados fue el polaco Dombrovski, y el Delegado de Trabajo de la Comuna (¡no se decía Ministro!) fue el obrero joyero Frankel, de origen húngaro y judío. El primero cayó en una barricada durante la represión, y el segundo, herido, consiguió escapar y exiliarse. Dos revolucionarios al servicio de la Comuna francesa.

Diversidad revolucionaria

Como han puesto de manifiesto los historiadores, los actores y dirigentes de la Comuna fueron muy diversos desde el punto de vista ideológico y político. La Asociación Internacional, impulsada por Marx, gozaba de influencia entre ellos, pero incluía también a los anarquistas, como Louise Michel que se mantuvo adepta a ellos en su exilio y hasta su muerte. Otros dirigentes de la Comuna se veían sobre todo como continuadores de 1793, como Delescluze. Solo uno de ellos, Frankel, puede considerarse marxista. Y conoció a Marx en el exilio… Esto no les impidió apoyar unánimemente la mayor parte de sus medidas más trascendentes, antes de la caída final.

Los historiadores soviéticos, muy atentos a la Comuna, solían insistir en la idea de que esta diversidad fue una de las debilidades del movimiento. No cabe duda.

Pero, hoy en día, cuando el movimiento revolucionario está por reconstruir después de un largo periodo de fracasos y derivas diversas, ¿no se podría invertir nuestra mirada sobre la herencia de la Comuna? ¿No habría que abordar el renacimiento de un movimiento revolucionario, comunista, a partir de su diversidad actual? ¿No habría que reconstruirlo a partir de las enseñanzas de la Comuna de 1871, olvidadas con demasiada frecuencia, a la vez que las de las sucesivas experiencias de la URSS, de Cuba, de China y de otros pueblos?

Francis Arzalier

24 de marzo de 2021 Traducción: Hojas de Debate.

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