Las ciencias, ¿rehenes o abiertas a debates con fundamento? (3)

Esta entrada es la parte 3 de 4 en la serie Del miedo

Frente a la opacidad que ha caracterizado la gestión de las crisis actuales, son necesarios amplios debates, sin cortapisas ni tabúes y abiertos a la ciudadanía. Sin eludir el empobrecimiento de importantes instituciones científicas por años de sometimiento a criterios de rentabilidad empresarial.

Espantajos y culpabilizaciones

A diario se nos repite que el diagnóstico y las respuestas a las dos crisis aquí tratadas  ̶ la climática y la sanitaria ̶  se dan en nombre de la «ciencia y de los científicos». Al mismo tiempo, se agita todo el arsenal de espantajos milenaristas, predicciones casi-proféticas y todas las culpabilizaciones posibles: ciencia domesticada, de un lado, y creencia irracional, del otro, componen una combinación eficaz para sembrar la duda. Sin embargo, nunca se ha invocado tanto la «verdad científica» a la que todos deberíamos someternos. En suma, una ciencia triunfante, que impondría sus soluciones a la sociedad y al poder político: ¿acaso no hemos oído a una parte de la sociedad civil (más concretamente, del ámbito empresarial) reprochar a nuestros dirigentes que cedan ante el «poder médico»?

Desde la escasa perspectiva que ahora tenemos, cabe plantear dos cuestiones:

• La relación entre lo verdadero y lo falso: la idea dominante de quienes nos gobiernan y en los medios de comunicación es que la verdad científica está contaminada por rumores y tesis erróneas o incluso malintencionadas. De ahí las campañas machaconas, con fuerzas redobladas aunque de escaso efecto, contra las fake-news, informaciones falaces o que deberíamos tomar por tales, en las que se mezclan mentiras de los orígenes más diversos y opiniones y análisis excluidos por los grandes medios.

• La relación entre ciencia y política: al margen de las polémicas que nos inundan  ̶ a menudo contestables ̶ , el análisis y la gestión de estas dos crisis por el poder político han suscitado algunos problemas pertinentes.

De hecho, lo que se nos presenta como verdad, ya sea en materia climática o sanitaria, tiene tanto que ver con la ciencia como con la política, y podríamos designarla como verdad oficial, una categoría que se aproxima a la de pensamiento único [1]Véase a este respecto: Serge Halimi, Le grand bond en arrière, comment l’ordre libéral s’est imposé au monde (El gran salto atrás. Cómo se ha impuesto en el mundo el orden liberal), … Seguir leyendo. Su interés esencial es el de esconder las verdaderas controversias, con demasiada frecuencia disimuladas, minimizadas, negadas o relegadas a las publicaciones, webs y medios «alternativos», que la propaganda oficial califica en bloque de conspiracionistas, y algunos hasta son presentados por Wikipedia como «colaboradores de la fachosfera». Pero los ciudadanos deseosos de contar con una información completa deben poder consultarlos. Con toda la prudencia necesaria, por supuesto.

En lo que respecta a las dos crisis que nos interesan, nos encontramos, unas veces, con una única verdad oficial, y otras, con distintas verdades oficiales, variables en el tiempo y en el espacio. Mi propósito aquí es examinar cómo el análisis y el tratamiento de ambas crisis, climática y sanitaria, han podido estar sometidos a correlaciones de fuerzas y a influencias, a la vez, exteriores e internas a la ciencia, susceptibles de desnaturalizar el propio enfoque científico e impactar gravemente en las decisiones que de él derivan.

Recuadro
Muchos amigos y compañeros se resisten a entrar en debates que les superan y que quedarían reservados a los investigadores concernidos. Esta modestia les honra. Efectivamente, la responsabilidad de distinguir lo verdadero de lo falso incumbe a los especialistas de las diversas disciplinas interpeladas. Pero no nos está prohibido plantearles preguntas, preferentemente pertinentes, lo que nos conduce a adentrarnos  ̶ con la debida cautela ̶  en un terreno donde somos receptores de las respuestas que los científicos puedan aportarnos. Algunas precauciones previas:
• Ciencias del clima y ciencias médicas tienen objetos diferentes: unas son ciencias físicas de la tierra y de la atmósfera; las otras, ciencias biológicas de la vida y de la salud. Se desarrollan según unidades de tiempo diferentes: de un lado, semanas y meses, obligando a reaccionar a muy corto plazo y hasta al día; de otro, años y décadas, para acciones a medio y largo plazo.
• Unas y otras estudian fenómenos naturales, biológicos o físicos, con una dimensión predictiva donde pueden interactuar lo inerte y lo vivo. Sus métodos son próximos: tratamiento masivo de datos y creciente recurso a técnicas de modelización, a menudo oscuras para el profano y en las que no es sencillo diferenciar causalidad y correlación.
• Ciencias relativamente recientes y más o menos «maduras» están confrontadas a fenómenos novedosos, con grandes incógnitas y zonas oscuras: incertidumbres persistentes se dan la mano con avances desiguales de los conocimientos. Lo que obliga a los especialistas  ̶ y a sus críticos ̶  a una gran modestia.
Verdades oficiales de geometría variable

Entre consenso y cacofonía, la fabricación de estas verdades sigue vías muy diferentes:

→ En cuanto al clima, después de un tiempo dominado por los debates de fondo, se ha impuesto una ortodoxia por la vía del consenso científico, afirmado y reafirmado por la mayoría de los especialistas. Pero consenso no quiere decir unanimidad. Entre las dos grandes escuelas climatológicas que desde hace más de un siglo atribuyen el calentamiento observado, bien a factores naturales (esencialmente astronómicos), bien a factores de origen humano (emisiones de gases de efecto invernadero), se ha operado una elección. A raíz de los trabajos del GIEC (Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático), la tesis «antrópica» se ha erigido en dominante y ha sido oficialmente reconocida como única verdadera por los acuerdos de París de 2015. Se opone radicalmente a la otra tesis, hasta el punto de rechazar cualquier idea de síntesis.

→ Se diría que en el caso de la epidemia de coronavirus se da una situación distinta, pasándose aparentemente de la profusión a la cacofonía: ya se trate del origen, de la evolución o de la gestión de la pandemia, son muchas las hipótesis que han sido emitidas, dando lugar a sucesivos edictos de un pensamiento oficial que varía según el lugar, el momento y las circunstancias. En Francia (que no es una excepción), el fenómeno bordea los límites de la caricatura: tests, mascarillas, tratamientos y vacunas no han dejado de alimentar controversias y conflictos. Día a día, las instituciones oficiales emiten la verdad del momento, establecida  ̶ según testigos ̶  mediante un compromiso en el seno de las distintas instancias que sirve de base para un consenso, en este caso provisional, que a su vez se impone por tan oscuras razones como la preocupación de «no desmovilizar a la opinión pública».

¿Qué crédito conceder a tales consensos? El diccionario Larousse define este término como «acuerdo y consentimiento de la mayoría, de la opinión pública (…) Procedimiento que consiste en superar un acuerdo sin proceder a una votación formal, lo que evita la aparición de objeciones y abstenciones». Más bien entroncado con la «ciencia» política, este concepto parece extraño a la ciencia propiamente dicha, donde la verdad difícilmente es una cuestión de opinión, y menos aún de votos. En tales condiciones, cabe preguntarse por la validez misma del consenso científico. En el mejor de los casos, sería un objeto híbrido, a caballo entre ciencia y política.

En todos los casos, el establecimiento de la doxa climática  ̶ o de la verdad del momento en materia sanitaria ̶  se basa en opciones, en un filtrado entre datos variables según los instrumentos de medida que se utilice, las interpretaciones que se haga y la publicidad que se les dé, casi siempre buscando reforzar las inquietudes.

Medios similares les aseguran la hegemonía:

→ El primero es el bombardeo mediático: sitios webs, prensa y publicaciones en línea reproducen incesantemente las informaciones inquietantes, las únicas que se hacen virales, silenciando aquellas otras que, siquiera a modo de duda cartesiana, permitirían cuestionar las certezas proclamadas.

→ Desprecio y demonización golpean entonces a cuantos se atreven a contestar la doxa establecida o la verdad del momento. Se recurre para ello a etiquetas descalificativas: charlatanes y hasta complotistas. La climatóloga Valerie Masson-Delmotte denuncia como «negacionistas»  a los «escépticos climáticos». Colmo de la injuria, se niega a eminentes investigadores la condición de científicos. Se imponen sanciones: en 2015, fue despedido el meteorólogo de la cadena de televisión France 2, Philippe Verdier; en 2020, el Doctor Christian Perrone fue cesado como jefe de servicio del hospital de Garches.

→ Al reducir los temas en discusión a meras querellas de egos o a prejuicios regionalistas o políticos, los medios dominantes contribuyen a ocultar, minimizar o negar la existencia de verdaderas controversias científicas.

→ Ante la indignación provocada por las múltiples prohibiciones, Macron y su entorno han recurrido a la última de la técnicas comportamentales, el nudge, un método suave para incitar a los individuos o a un grupo humano en su conjunto a modificar sus comportamientos o a hacer determinadas elecciones, sin presiones manifiestas ni obligaciones y sin implicar sanción alguna. La Presidencia de la República ha contratado la provisión de estas técnicas de influencia con la sociedad de estudios y consultoría BVA.

→ Por último, todos los portadores de verdades oficiales coinciden en rechazar cualquier debate público sobre las cuestiones de fondo, en beneficio de los enfoques reductivos que se sirven al común de los mortales: alarmistas contra tranquilizadores, realistas contra calentistas, pro-clima contra anti-clima.

Ciencias bajo influencia

Era cosa sabida que la historia contemporánea [2]Annie Lacroix-Riz, L’histoire contemporaine sous influence, Le temps des cerises, 2004. y, más generalmente, las ciencias sociales están «bajo influencia». Basadas en la observación y la experiencia, las ciencias de la naturaleza y de la vida podían parecer menos sujetas a tales derivas. Sin embargo, los tiempos pasados nos han mostrado cómo las ideologías, y en particular las religiones, han podido cerrar o favorecer vías de investigación, hasta el punto de llegar a invalidar tal descubrimiento o prohibir tal teoría, ignorar y combatir auténticos avances, por ejemplo en astronomía o en biología. Se trate de calentamiento climático o de coronavirus, todos hemos podido advertir las insuficiencias, contradicciones e incoherencias de las medidas adoptadas. En la introducción de su artículo «Une médecine sous influence» («Una medicina bajo influencia», Le Monde diplomatique, noviembre de 2020), Philippe Deschamps señala: «La duda no está ausente de los peritajes médicos, sospechosos de sucumbir a influencias políticas, mediáticas y sobre todo económicas».

Así, pues, subrayaremos, en primer lugar, el peso de los factores extra-científicos:

Entre ellos, la influencia de los grandes intereses es esencial: compañías petroleras y grandes productores y consumidores de carbón han apoyado durante mucho tiempo, y no han dejado de hacerlo, a expertos, políticos, economistas y científicos que minimizan o niegan el cambio climático. Desde el inicio de la pandemia, los grandes grupos farmacéuticos (Sanofi, Gilead, Novartis, Roche, Pfizer, Bayer) no solo han influido en los tratamientos y las vacunas, sino sobre todo lo que, previamente, podía orientar las investigaciones y las decisiones políticas en un sentido que les fuera favorable.

Las vinculaciones de tal o cual experto con tal o cual multinacional del Big Pharma se mantienen por lo general muy ocultas, a pesar de la ley que en Francia obliga a cuantos científicos se expresan públicamente a una «declaración previa de intereses». A ello hay que añadir los conflictos de intereses propiamente dichos, que abarcan los convenios, remuneraciones y otras ventajas de origen privado de los que puedan beneficiarse expertos de organismos públicos, y que son de la competencia de las instancias de lucha contra la corrupción.

Más ampliamente, estos mismos intereses son defendidos por una multitud de  «grupos de presión» perfectamente legales, los famosos lobbies [3]El término  ̶ y su asunto ̶   vienen de Londres, donde, desde hace siglos, los contactos entre los diputados y el mundo económico, en principio prohibidos en la sala de … Seguir leyendo que, con sus miles de lobistas, hacen por influenciar en París, Bruselas o en la ONU a todo responsable de una parcela de poder público [4]Un caso interesante de lobbying público en Francia es el que proporcionan a la ortodoxia climática el Comisariado para la Energía Atómica (CEA) y las asociaciones dependientes de él, sobre todo … Seguir leyendo. Denunciar a estos lobbies se ha vuelto trivial, pero con demasiada frecuencia se olvida señalar a los que les emplean y les pagan.

→ Entre las otras correlaciones de fuerzas exteriores a la ciencia que también cuentan, están las políticas: cotidianamente, el poder político selecciona entre numerosos estudios aquellos que son susceptibles de apoyar sus decisiones y reforzar la comunicación gubernamental.

Asimismo, se aplica un filtro geopolítico, según países. Logros probados de la lucha contra la pandemia se reconocen sin dificultad si son de Taiwán, Corea del Sur o Tailandia, pero son ignorados o denigrados si vienen del Estado indio de Kerala, de Vietnam o de Cuba, siempre sospechosos de «totalitarismo» y de violaciones de los derechos humanos. La nueva guerra fría emprendida por la triada (USA, Europa y Japón) contra Rusia y China  se ha extendido a la fabricación, acreditación y difusión de sus vacunas.

También en el ámbito internacional, la credibilidad otorgada a los grandes organismos político-científicos próximos de la ONU no es la misma en todos los casos: desde hace tiempo se vierten dudas sobre la Organización Mundial de la Salud, que es una agencia de la ONU, acusada de complacencia con China en su gestión del inicio de la epidemia. Por el contrario, el GIEC goza de gran confianza y sus informes se dan por expresión de la pura verdad científica. Sin embargo, su historia [5]La historia del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático es elocuente. El GIEC fue creado a raíz de la catástrofe de Chernóbil como «organización intergubernamental … Seguir leyendo, la designación de sus expertos y su resumen para los encargados de decidir  ̶ redactado bajo control de los poderes establecidos ̶  dejan claro que no se le puede suponer políticamente neutro, especialmente después de 2015. ¿Omnipotencia de la ortodoxia climática? [6]En 2015, el filósofo, sociólogo y antropólogo de gran proyección mediática, Bruno Latour, había declarado en Nueva York durante las manifestaciones por el clima: «el debate está cerrado». … Seguir leyendo

Los determinantes de la doxa, ya sea climática o sanitaria, también son internos

Las «comunidades científicas» no están libres de parcialidad, efectos de moda y querellas de escuelas. La realidad de las ciencias no escapa a las certezas prematuras ni a las contingencias contaminantes. La primera fuente de la profusión de hipótesis, métodos y resultados, a veces contradictorios, radica en la diversidad de especialistas, cada cual con su sistema explicativo propio: de un lado, médicos, epidemiólogos, inmunólogos, virólogos, infectólogos, sociólogos y economistas de la salud; del otro, físicos, climatólogos, meteorólogos, paleo-climatólogos, glaciólogos y también economistas. Esta diversidad es útil para el progreso de los conocimientos.

Pero no son lo mismo los sabios reconocidos y los otros: existe una jerarquía de saberes. Encuadrados en algunas de las disciplinas mejor situadas, virólogos, epidemiólogos e infectólogos han relegado a un segundo plano a médicos y sociólogos, lo que no deja de tener consecuencias. En lo que respecta al clima, son los climatólogos los que han tomado la delantera, imponiéndose como los únicos legitimados, hasta el punto de llegar a descalificar a las ciencias de la tierra o a minimizar las aportaciones de los historiadores del clima.

La investigación y los propios procedimientos de prueba pueden verse alterados, no solo por la ausencia de protocolos serios o de cautelas suficientes, sino también por reglas y criterios formales, tales como los ensayos randomizados por el sistema de doble ciego [7]La randomización es un procedimiento de ensayo en el cual las personas participantes son distribuidas aleatoriamente en distintos grupos de tratamiento. El doble ciego implica que tanto médicos … Seguir leyendo, que se dan como los únicos válidos, cuando estudios observacionales, hospitalarios y apoyados en los historiales clínicos, podrían completarlos útilmente. Esta problemática se prolonga en el debate persistente sobre el papel que debe asignarse, o la prioridad que se dé, al trabajo de campo o a la modelización.

→ El continuo recurso a un selecto y reducido grupo de expertos contribuye a grabar en las cabezas simplificaciones abusivas e incluso errores (todo el mundo puede cometerlos). Erigidos en ineludibles estrellas mediáticas, se benefician de las connivencias entre pares, dispuestos siempre a compromisos consensuales.

Michel Collon [8]Periodista y ensayista belga, Michel Collon comenzó su carrera en el periódico del Partido del Trabajo de Bélgica, el semanario Solidaire, antes de crear el colectivo independiente … Seguir leyendo escribió el pasado mes de febrero: «Desgraciadamente, se nos encierra en un falso dilema: o nos creemos la versión oficial sin plantear preguntas o creemos a los charlatanes. Pero esta crisis muestra precisamente que hay que cesar de ‘creer’. Lo que necesitamos es ciencia. Y esta exige debate democrático sin tabúes, estímulo de los intercambios y de las buenas controversias para analizar todos los fenómenos humanos y encontrar soluciones a los problemas. Marx y Engels lo comprendieron bien. También Einstein que en su célebre artículo de 1949 demostró que el capitalismo estaba superado, pues era incapaz de resolver sus problemas» (entrevista a Drapeau Rouge, «Nuestros dirigentes no tienen espíritu científico y no han hecho el esfuerzo de comprender», 6 de febrero de 2021).

Seamos claros: no se trata de idealizar a la ciencia ni de alistarse a ella, y tampoco de hacer tabla rasa de todos los conocimientos acumulados. No partimos de cero. Es, justamente, todo este conjunto de conocimientos lo que debe pasar por la criba de debates fundamentados.

El insustituible debate científico

El 10 de septiembre de 2020, 35 científicos, investigadores y profesionales de la salud publicaban una tribuna de opinión: «No queremos ser gobernados por el miedo». Quince días después, el 27, fueron más de 300 los que presentaron al Journal du Dimanche un texto titulado «Urge cambiar de estrategia sanitaria frente a la covid-19». Ante la negativa de este periódico, el llamamiento aparecerá en línea, en el sitio de Mediapart. El repunte de los contagios y el segundo confinamiento cortaron de nuevo su difusión, pero sus principales puntos siguen siendo plenamente pertinentes: «la pretensión del poder de basar científicamente su estrategia es contestable. Por el contrario, pensamos que el miedo y la ceguera gobiernan la reflexión y que conducen a interpretaciones erróneas de los datos estadísticos y a decisiones administrativas desproporcionadas, a menudo inútiles y hasta contraproducentes». Por lo menos, merecerían un examen.

Un año antes, 500 científicos de 13 países habían suscrito, bajo el título «No hay ninguna emergencia climática», un manifiesto dirigido al Secretario General de las Naciones Unidas en el que afirmaban: «Las ciencias del clima deberían estar menos politizadas, mientras que la política climática debería ser más científica. Los científicos deben abordar abiertamente las incertidumbres y exageraciones en sus previsiones de un recalentamiento planetario, y los dirigentes políticos deben evaluar desapasionadamente los beneficios reales y los costes previstos de la adaptación al calentamiento climático, así como los costes reales y los beneficios esperados de su atenuación». Tras recordar que la acción política debe respetar las realidades científicas y económicas, concluían: «Les invitamos asimismo a organizar con nosotros, a comienzos de 2020, una reunión de alto nivel, constructiva, entre científicos de reputación mundial posicionados a ambos lados del debate sobre el clima».

No hubo respuesta a pesar de que planteaban problemas de auténtica relevancia que podrían suscitar un gran debate científico, en mi opinión, insoslayable.

Su objetivo sería reexaminar las verdades oficiales y desmontar los catecismos pseudocientíficos, poniendo en su sitio a las creencias y emociones amplificadas por las llamadas redes sociales. Para ello será preciso salir de las polémicas personales y querellas estériles aireadas en el mercado mediático, que no conducen más que al cuestionamiento de la palabra científica y al descrédito de la ciencia en general. Este es el primer peligro: el necesario enfoque crítico de la ciencia no debe llevar al relativismo posmoderno que pretende que todas las opiniones son igualmente válidas, aunque se trate de ciencia. La idea a menudo expresada de «no dejar la ciencia en manos de los científicos» es engañosa. No cabe ninguna duda de que los problemas que se plantean a la ciencia serán resueltos por los científicos [9]De ahí que la idea, a priori simpática y potencialmente positiva, de una ciencia ciudadana, pueda favorecer el espejismo  ̶ un tanto demagógico ̶  de una ciencia popular o … Seguir leyendo. Otra tentación extendida entre los que saben es la de encerrarse en el debate interno. Un aislamiento imprudente e insostenible cuando está en juego la vida y el futuro de todos. Tarde o temprano, no se escapará a las controversias públicas, a los debates bien informados, sin exclusiones ni apriorismos. Cuanto antes mejor. Y admitiendo que los ciudadanos de a pie tenemos derecho, con el apoyo de los científicos dispuestos a dárnoslo, no solo a participar en tales debates, sino también a tener la iniciativa de ellos y a precisar su marco y sus condiciones.

«Ciencia Ciudadana». Fuente: INTEF
«Ciencia Ciudadana». Fuente: INTEF

Se nos objetará que el carácter extremadamente técnico y sofisticado del tratamiento de datos y de las modelizaciones que caracteriza a las investigaciones contemporáneas haría tales debates inaccesibles al común de los mortales. Es innegable que suponen un gran esfuerzo de divulgación y de explicación por parte de los investigadores, de los sabios, y un considerable esfuerzo de formación científica del público. Pero renunciar a ello de antemano equivaldría a condenar a los ciudadanos al estatus de sujetos dependientes, metódicamente potenciado por la infantilización y la culpabilización ambientes. No podemos conformarnos con conferencias ciudadanas limitadas a una pequeña élite debidamente aleccionada. Los debates deben ser abiertos al conjunto de la nación y examinar sin tabúes las hipótesis, las interpretaciones y las acciones que se deriven. Su horizonte es el retorno a la razón que se necesita para construir un futuro común. La enormidad de la tarea no se me escapa. Nunca seremos demasiados para ponernos manos a la obra.

Para evitarnos crueles desilusiones, convendrá asimismo no perder de vista que las respuestas aportadas por la investigación son cada vez menos simples y raramente definitivas. Hay razones objetivas para ello, como, por ejemplo, las evoluciones contrastadas e imprevistas de las temperaturas, o el carácter novedoso y poco previsible de la propagación del virus y de sus variantes, ignorados demasiado tiempo por la ortodoxia sanitaria. Los análisis dominantes dejan poco espacio para cuestionamientos aparentemente alejados del tema. Es el caso de los factores geográficos que intervienen tanto en las manifestaciones del calentamiento climático como en las condiciones de la expansión del covid-19: diferencias observadas de un continente, país o territorio a otro siguen a la espera de dilucidación. La historia de las epidemias encierra enseñanzas que no se han sacado siempre ni en todas partes: especialmente la del SARS-CoV-1 (que hizo estragos en el sudeste asiático en 2003) o la gripe llamada de Hong Kong (30.000 muertes en Francia durante el invierno de 1968-69). A su vez, es posible que la amplitud y la duración de la pequeña edad de hielo hayan sido ignoradas o subestimadas (a sabiendas o no). El análisis concreto de las situaciones concretas exige que las ciencias más directamente interpeladas por las crisis que conocemos salgan de la compartimentación dominante entre disciplinas y entre investigadores, y, muy particularmente, su apertura a las ciencias humanas y sociales: historia, geografía, economía, pero también sociología, psicología e incluso filosofía. Sin duda, unas y otras contienen por lo menos parte de las explicaciones pendientes.

Entre las condiciones para que estos debates sean posibles y fructíferos, hay una absolutamente esencial, que exigirá de todos la mayor determinación. En su reflexión sobre las causas que han conducido a la «gestión catastrófica de la pandemia» (que compara a La extraña derrota de Francia en 1940, que analizó el historiador Marc Bloch), Barbara Stiegler [10]Barbara Stiegler, De la démocratie en pandémie. Santé, recherche, éducation, Gallimard, Tracts, 2021. ha subrayado la arrogancia y la obcecación de nuestros «responsables», pero con más fuerza aún la responsabilidad de los gobiernos sucesivos en el declive de la universidad y de la investigación pública en Francia. Por su parte, el dirigente empresarial y ex alto funcionario Alain Juillet denuncia «la desaparición de la soberanía sanitaria, no solo por las deslocalizaciones masivas llevadas a cabo desde hace décadas, sino por una quiebra total de la investigación científica. La patria de Pasteur se ha visto obligada a mendigar febrilmente dosis de vacunas que no ha concebido, ni siquiera negociado, delegando el poder comercial en las instancias bruselenses comandadas por Alemania…» .

Barbara Stiegler pone de manifiesto cómo la ley de investigación que fue votada el 20 de noviembre de 2020, pese a la hostilidad de la casi totalidad de los docentes y de los investigadores y de sus organizaciones, la sido «un golpe de gracia (…) En lugar de apoyar a la ciencia en tanto que indagación colectiva sobre las causas de nuestros problemas y sobre los procesos a largo plazo en los que estamos implicados, la ley ha reforzado su tutelaje desde las esferas económica y política, acelerando una deriva que viene generalizándose en Europa desde los años 2000. Al optar por someterla a la lógica cortoplacista de las ‘convocatorias de proyectos’, refrendó precisamente aquello que había desarmado a la investigación francesa sobre el coronavirus, a la vez que sobre las zoonosis, juzgada entonces poco rentable en el mercado de la ‘valorización’. Víctimas del ‘solucionismo tecnológico’, sectores enteros de la investigación fundamental y aplicada, pero también el conjunto de los saberes críticos sin nada que vender en el mercado, fueron, desde hace años, reducidos progresivamente a la miseria por un ‘pilotaje empresarial’ de la investigación que ya había desarmado al hospital, en nombre de la mejora de los rendimientos y de la innovación» (pág. 47).

Movilizaciones contra la nueva ley de investigación en Francia. Fuente: France Culture
Movilizaciones contra la nueva ley de investigación en Francia. Fuente: France Culture

Y concluye: «Sin duda, podemos continuar confinándonos en la tibieza de nuestros despachos y participar activamente, con nuestras pantallas, en la aplicación de las reformas destructoras de las instituciones que habían sostenido nuestros oficios… Pero también podemos intentar unirnos, junto a algunos otros, para constituir redes de resistencia capaces de reinventar la movilización, la huelga y el sabotaje, al tiempo que el foro, el anfiteatro o el ágora (…) Poniéndonos a ello colectivamente aquí y ahora, abriendo de par en par nuestras instituciones a cuantos ciudadanos están convencidos, como nosotros, de que el saber no se capitaliza sino que se elabora en común y en la confrontación conflictiva de los puntos de vista, tal vez pudiéramos contribuir a hacer de esta ‘pandemia’, y de la salud y la vida en general, no lo que suspende la democracia, sino lo que la reclama» (págs. 54-55).

29 de marzo de 2021

(Próximo capítulo: ¡Salir del miedo!)

Pierre Lenormand

Traducción: Hojas de Debate. Versión adaptada por el autor.

Imagen destacada: «Liberemos a la investigación». Fuente: We Sign.it

Notas

Notas
1 Véase a este respecto: Serge Halimi, Le grand bond en arrière, comment l’ordre libéral s’est imposé au monde (El gran salto atrás. Cómo se ha impuesto en el mundo el orden liberal), 2004 (reeditado en 2012 por Agone), y Noam Chomsky, «Les 10 stratégies de manipulation des masses», 2012 (en español, 29/08/2017), un resumen sugerente de los métodos de fabricación del consentimiento.
2 Annie Lacroix-Riz, L’histoire contemporaine sous influence, Le temps des cerises, 2004.
3 El término  ̶ y su asunto ̶   vienen de Londres, donde, desde hace siglos, los contactos entre los diputados y el mundo económico, en principio prohibidos en la sala de deliberaciones, se establecían en un vestíbulo del Parlamento, el lobby. El término y los auténticos mercadeos que encierra pasaron a los Estados Unidos, de donde nos han vuelto a través de la Europa de Bruselas.
4 Un caso interesante de lobbying público en Francia es el que proporcionan a la ortodoxia climática el Comisariado para la Energía Atómica (CEA) y las asociaciones dependientes de él, sobre todo después de Fukushima. Los laboratorios del CEA suministran regularmente redactores al GIEC para sus principales informes, y también los más encarnizados polemistas contra quienes se atreven a poner en duda el origen puramente antrópico de la elevación de la temperatura media mundial, de aproximadamente un grado desde 1880.
5 La historia del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático es elocuente. El GIEC fue creado a raíz de la catástrofe de Chernóbil como «organización intergubernamental autónoma, constituida, por una parte, por científicos que aportan su pericia y, por otra, por representantes de los Estados participantes». Esta estructura híbrida fue decidida por el G7, bajo la presión de Ronald Reagan y Margaret Thatcher, inquietos ante la posibilidad de que los dictámenes sobre el clima recayeran en científicos sospechosos de militancia ecológica. Para Nigel Lawson, Secretario de Estado para la Energía y después Ministro de Hacienda del gobierno Thatcher, el objetivo era contrarrestar a los sindicatos de los mineros de carbón británicos, apoyando a la rama nuclear como fuente de energía limpia sustitutiva del carbón. Sus objetivos estaban estrictamente delimitados: «El GIEC tiene por misión evaluar, sin prejuicios y de manera metódica, clara y objetiva, las informaciones de orden científico, técnico y socioeconómico que necesitamos para comprender mejor los riesgos derivados del calentamiento climático de origen humano…».
6 En 2015, el filósofo, sociólogo y antropólogo de gran proyección mediática, Bruno Latour, había declarado en Nueva York durante las manifestaciones por el clima: «el debate está cerrado». Dominique Bourg (Doit-on avoir peur ?, pág. 14) lo confirmaba en 2020: «en materia de clima, conocemos la trayectoria. Lo que anunciaban los primeros modelos en los años 60 y 70 está sucediendo hoy; no se trata de tener o no tener confianza: ¡ocurre!». Habría que verlo con más detenimiento.
7 La randomización es un procedimiento de ensayo en el cual las personas participantes son distribuidas aleatoriamente en distintos grupos de tratamiento. El doble ciego implica que tanto médicos como participantes en los ensayos desconocen el grupo asignado en cada caso.
8 Periodista y ensayista belga, Michel Collon comenzó su carrera en el periódico del Partido del Trabajo de Bélgica, el semanario Solidaire, antes de crear el colectivo independiente Investig’Action, que se apoya en un sitio web de «reinformación» del que se ocupa con un equipo de colaboradores en su mayor parte voluntarios. El 19 de marzo último organizó un encuentro con el Doctor Louis Fouché, anestesista-reanimador en el Hospital de la Concepción de Marsella y fundador del colectivo Reinfo-Covid.
9 De ahí que la idea, a priori simpática y potencialmente positiva, de una ciencia ciudadana, pueda favorecer el espejismo  ̶ un tanto demagógico ̶  de una ciencia popular o democrática, cuyo éxito dependería de la participación de todos. Tampoco es de recibo ceder a la creencia ciega en una ciencia todopoderosa que solucionaría todos los problemas del mundo. La fuga hacia adelante tecnológica, con la innovación y la digitalización generalizada, entronca con esta ideología cientificista, vieja tradición francesa que se remonta al positivismo de Augusto Comte e ilustran las anticipaciones visionarias del químico Marcelino Berthelot (1827-1907). En lugar de dejar la inteligencia artificial en manos de los dueños del capital y de quienes les sirven, convendría contar con la inteligencia colectiva asociando científicos y ciudadanos.
10 Barbara Stiegler, De la démocratie en pandémie. Santé, recherche, éducation, Gallimard, Tracts, 2021.
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